Casados en caos.

Capítulo 32: Colmillo y Tormenta contra el mundo.

Lo que sigue lo reconstruí semanas después, con tres fuentes: las cámaras de seguridad del *Gato Negro*, la memoria olfativa de Tormenta (que Teodoro "tradujo" con la ayuda de un pedazo de salchicha) y el testimonio de Pepito, que habla poco pero con mucha precisión. Colmillo se negó a declarar. Dijo, con un parpadeo lento, que su abogado era él.

Colmillo despertó con un dolor de cuello y una sensación de ofensa personal.

La jaula era de oro macizo. Tenía un cojín de terciopelo violeta, un cuenco de cristal de Bohemia con paté de ganso y una placa en la puerta que decía, en letras góticas: *Suite Nupcial*. Alrededor, en una sala circular con candelabros, cortinas de damasco y una alfombra con forma de huella de gato, se alineaban cuarenta felinos de pedigrí en tronos pequeños, observándolo con los ojos entrecerrados. Era la Corte de Doña Casandra Vex.

—Bienvenido, querido —ronroneó una voz de seda.

Colmillo giró el cuello. Sobre un diván de brocado, con una corona de perlas ladeada y una mirada de emperatriz hastiada, reposaba una gata persa de pelo blanco como la nieve. Se llamaba Cleopatra. Tenía tres títulos nobiliarios, un seguro de vida de un millón de euros y un carácter que haría temblar a un dictador.

—Soy Cleopatra —dijo—. Y tú, mi futuro marido.

Colmillo, que había sobrevivido a una boda, un duelo de cocina, una persecución en yate y un secuestro de dos millones de euros, se sentó, se lamió una pata con una calma terrible y emitió un maullido corto, seco, inequívoco, que en lengua felina significa: «Antes me tiro al mar».

—No fue una pregunta —replicó Cleopatra.

—Maullé que no.

—Lo oí perfectamente. Es una formalidad.

Mientras tanto, en las bodegas del barco, Tormenta descubría que la perrera de Doña Casandra era un hotel de cinco estrellas con una sola desventaja: estaba llena de caniches.

Eran treinta. Todos blancos, esponjosos, con lazos rosas en las orejas, y todos con una expresión de profunda superioridad moral. Lo recibieron en fila, con los hocicos en alto, y el más viejo, un caniche gris llamado Monsieur Fifí, le dedicó una reverencia gélida.

—¿Eres el husky? —preguntó, en un ladrido refinado.

—¡Guau! —respondió Tormenta, que no conocía otra cosa.

—Qué vulgaridad.

—¡Guau, guau!

—Tendrás que aprender modales. Aquí desayunamos a las ocho, comemos a las dos y no mordemos los cojines.

Tormenta lo miró. Miró los cojines. Miró al caniche. Con una sonrisa lenta de lobo, se acercó al almohadón más próximo, lo agarró con los dientes, lo sacudió con un movimiento furioso y lo hizo explotar en una nube de plumas blancas.

Treinta caniches gritaron a la vez.

—¡BARBARIE! —aulló Monsieur Fifí.

—¡Guau! —respondió Tormenta, radiante, y le lamió la cara.

Aquella noche, por primera vez en la historia del *Gato Negro*, la perrera fue una fiesta.

Pepito fue el primero en idear el plan.

Lo encerraron en una pajarera dorada, junto a un loro llamado Plutarco, que repetía constantemente una frase en cuatro idiomas: «¡Este barco es un manicomio!». Pepito, que era pequeño, nocturno y muy curioso, descubrió dos cosas esa primera noche: que los barrotes estaban separados por un centímetro más de lo necesario para un murciélago bebé, y que el ojo de buey de la sala de máquinas estaba entreabierto.

Salió. Voló. Recorrió el barco entero en tres minutos, con la delicadeza de un espía en miniatura, memorizando cada pasillo, cada escotilla, cada cerradura. Al amanecer, regresó a la pajarera, despertó a Plutarco con un chillido suave y le susurró algo al oído.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Teodoro, durante la reconstrucción.

—Dice —tradujo Teodoro, muy serio— que tiene un plan, un mapa y un loro cómplice.

—¿Y el loro?

—Aceptó.

—¿Por qué?

—Porque ya estaba harto del manicomio.

El Plan de Fuga de los Animales del *Gato Negro* constaba de seis fases, redactadas por Colmillo con la pata en la arena de su caja higiénica:

**Fase uno:** Colmillo seduce a Cleopatra para ganarse su confianza.

**Fase dos:** Pepito y Plutarco abren las jaulas con una horquilla que Pepito robó del moño de una criada.

**Fase tres:** Tormenta libera a los caniches (esta fase fue añadida a última hora, porque Tormenta los adoraba).

**Fase cuatro:** Gisselita, el poni, que dormía en una cubierta convertida en cuadra, embiste contra el timón.

**Fase cinco:** Caos.

**Fase seis:** Más caos.

—No hay fase de regreso a casa —observó Plutarco.

—Eso es lo bueno de las fases de caos —respondió Pepito—. Se improvisan.

La Fase Uno fue la más difícil, y no por razones técnicas.

Colmillo, con la dignidad de un general que entrega a su hija a un reino enemigo, se acercó al diván de Cleopatra, se sentó a un metro, sacó la lengua, volvió a esconderla y dijo, en felino clásico:

—Tienes un pelo hermoso.

—Lo sé.

—Y una corona preciosa.

—Es de mi abuela.

—Y una mirada que me recuerda a alguien.

—¿A quién?

—A mi dueña.

Cleopatra, desconcertada, levantó una oreja.

—¿Tienes una dueña?

—Una mujer terrible, de carácter horrible, que me lanza mangos y me viste con capas.

—Qué atroz.

—Pero la quiero. Tanto que haría cualquier cosa por volver a verla.

Hubo un silencio. Cleopatra, que jamás en su vida había oído una declaración de lealtad tan sincera, sintió que algo se le removía en lo hondo de su pecho aristocrático. Alzó la vista. Tragó saliva.

—Nadie me ha querido nunca así —confesó.

—¿Ni tu dueña?

—Doña Casandra me adora porque gano concursos.

—Eso no es amor.

—Lo sé.

—Esto sí —dijo Colmillo, y le lamió, con un cuidado infinito, la oreja derecha.

Cleopatra cerró los ojos. Un ronroneo diminuto, tembloroso, se le escapó del pecho. Y Colmillo, que no era un traidor pero sí un estratega, aprovechó para deslizar con la pata la llave de su jaula, que ella llevaba colgada del cuello con un lazo de seda.




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