Casados en caos.

Capítulo 33: El juicio.

La agente Marisol Duarte llevaba once años persiguiendo a evasores fiscales, contrabandistas de arte y un cártel de queso falsificado, y jamás había tenido que esposar a nadie en una cubierta llena de caniches.

—Quedan detenidos —repitió, a pie del muelle, con la orden en alto y el pelo rojo revuelto por el viento.

—No —dijo Eleonora, interponiendo el remo.

—Señora, es una orden judicial.

—Y esto es un remo de góndola con historia.

—Señora...

—Lo conseguí en Venecia. En una subasta. Contra un conde.

Duarte cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, tenía la mirada de una mujer que ha leído demasiados expedientes de una misma familia.

—Hartwood, McGinigar, Vex. Llevo nueve casos abiertos con ustedes. Una piscina de gelatina sin licencia de vertido. Una góndola sin matrícula. Un barril de whisky de treinta años sin declarar a Aduanas...

—Está vacío —apuntó Oliver.

—Un poni sin cartilla sanitaria.

—Es muy sano —dijo Damián, con ternura.

—¿Quién es el responsable de todo esto?

Hubo un silencio. Treinta pescadores, doce caniches (el resto seguía en cubierta), cuarenta gatos, un obispo, un loro y dos mayordomos sobornados contuvieron la respiración. Y entonces Doña Casandra Vex, con una voz de seda y acero, sonrió.

—Agente, ¿qué tal un juicio en mi casa? Con jurado, fiscal y juez. Todo formal. Y con el acta firmada, podrá cerrar los nueve casos de un solo golpe.

Duarte dudó. Hizo cuentas de papeleo. Pensó en su jefe. Pensó en el queso falsificado, que al menos no ladraba.

—Tres días —dijo.

—Tres días.

—Y los acusados no se separan.

—Lo prometemos —dijimos Brunce y yo, al unísono, y sentí cómo él me apretaba la mano.

Pasamos las dos primeras noches en el sótano de la mansión Vex, bajo «arresto de cortesía», que significaba una bodega de piedra con barriles de vino, una mesa de roble, dos catres y una vigilancia de seis caniches con corbatín.

Mi plan era claro: defender a Margot y a Fabián. Si ellos habían vendido informes, era porque alguien los había enredado en una trama que nosotros mismos habíamos alimentado con gelatinas, ajos y disfraces suecos. Y yo, Gissel McGinigar-Hartwood, dueña del cincuenta y uno por ciento de una naviera, no pensaba permitir que dos personas leales cargaran con la culpa de una guerra doméstica a la que todos nos habíamos entregado con entusiasmo.

—Necesito papeles —dije.

—Aquí tienes —respondió Brunce, y me tendió una caja con contratos, informes y cuarenta y tres notas arrugadas del reglamento.

—¿Para qué las notas?

—Para la defensa.

—¿Qué defensa?

—La del amor como atenuante.

—Eres incorregible.

—Soy un abogado en potencia.

Trabajamos hasta la madrugada, uno junto al otro, sentados en el suelo frío, con una vela entre los dos. Al cabo de una hora, me eché a temblar. Sin decir una palabra, Brunce se quitó la chaqueta y me la echó sobre los hombros. Olía a madera, a sal y a él. Alcé la vista. Tenía la camisa a medio abrochar, el pelo revuelto sobre la frente y una sonrisa lenta, de las que anuncian problemas.

—Estás muy concentrada —murmuró.

—Estoy trabajando.

—Se nota. Frunces el ceño.

—Tengo un ceño muy profesional.

—Y te muerdes el labio.

—Es una técnica de lectura.

—Es una técnica muy cruel.

Se acercó un poco. Su rodilla rozó la mía. Su mano, sobre el papel, apenas a un dedo de la mía, empezó a dibujar círculos invisibles sobre la mesa. Yo seguí leyendo. O fingí leer. Las letras bailaban.

—Gissel.

—Mm.

—La cláusula siete dice «el empleado deberá lealtad exclusiva al empleador».

—Ya.

—Eso nos beneficia.

—Me encanta cuando hablas de cláusulas.

—¿Ah, sí?

—Pones voz de notario seductor.

—No tengo voz de notario seductor.

—Sí la tienes.

—¿Así?

Bajó el tono hasta un murmullo grave, casi un ronroneo, junto a mi oído. «Cláusula ocho: el empleador podrá disponer del tiempo libre del empleado, siempre que el empleado consienta». El aliento tibio me recorrió el cuello. Dejé caer la pluma. Se me escapó un suspiro involuntario que me hizo enrojecer hasta las pestañas.

—Brunce...

—¿Sí?

—Estás haciendo trampa.

—Estoy leyendo un contrato.

—Con la voz de la tentación.

—Es mi voz natural.

—Es tu voz de culpable.

—Gissel.

—¿Qué?

—Tienes un trocito de cera en la mejilla.

Alzó la mano. Con el pulgar, lentamente, me apartó la cera de la piel. Se detuvo un instante de más, con la yema apoyada en mi pómulo, mirándome a los labios, y yo, que me había jurado mil veces no ceder, entreabrí la boca y cerré los ojos.

—*Grrrr*.

Abrí los ojos. Seis caniches con corbatín nos observaban desde la puerta, con los hocicos ladeados. Uno de ellos, Monsieur Fifí, tosió con un gesto de profunda reprobación.

—Estamos trabajando —le dije.

—*Grrr*.

—No hace falta que gruña.

—*Grrr, grrr*.

—Dice que es antiprofesional —tradujo Brunce, riendo.

—¡Tú también lo has pensado!

—Yo lo he pensado con más cariño.

La mañana del juicio amaneció con sol, trompetas y una cola de pescadores en bañador esperando para entrar.

La sala de baile de la mansión Vex había sido convertida en tribunal. Habían colocado una tarima de roble con una mesa de juez y una mazo de madera que resultó ser un rodillo de cocina. En el centro de la sala, una tribuna con micrófono. A la izquierda, doce sillas para el jurado, ocupadas por doce pescadores de gorra, con el gesto serio de quien nunca ha visto un tribunal pero ha visto mucha televisión. A la derecha, la mesa de la acusación, con la agente Duarte, su maletín y una taza de café del tamaño de un cubo. En el fondo, el público: Oliver, Augusto, Eleonora, Isadora, Teodoro, Pepito (sobre una lámpara), Plutarco (sobre el hombro de Teodoro) y una multitud de curiosos que habían comprado entradas a la puerta.




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