Casados en caos.

Capítulo 34: La renuncia de la florero.

Al amanecer, Gissel McGinigar hizo la maleta.

No lo hice con dramatismo. Lo hice con método: tres vestidos, el chaleco de los cuarenta bolsillos (con sardina reglamentaria), el camisón de patitos, la escritura del cincuenta y uno por ciento y una caja de zapatos con setenta y dos notas arrugadas. Colmillo me observaba desde el catre con los ojos entrecerrados, como un abogado que sabe que su cliente está a punto de cometer una genialidad o una estupidez.

—No me mires así —le dije.

Bostezó. Se lamió una pata.

—Es un plan. Tengo un plan.

Me miró con una lástima inmensa y se volvió a dormir.

La noticia de mi marcha corrió por la mansión Vex más rápido que un caniche con una salchicha.

Cuando salí del sótano, arrastrando la maleta por la escalera de piedra, me esperaba en el vestíbulo una delegación completa. Eleonora, con el remo en ristre y los ojos enrojecidos. Oliver, con un pañuelo en cada mano y la mandíbula temblando. Augusto, escondido tras una columna. Margot y Fabián, de la mano, con cara de funeral. Isadora, Teodoro, Pepito y un cangrejo en el bolsillo. Y en lo alto de la escalera, con las gafas de sol puestas y la mano en la barandilla, Brunce.

—Hija —empezó mi padre, con la voz rota—, no te vayas.

—Tengo cosas que hacer, papá.

—Lo del matrimonio nulo es un error administrativo.

—Es una sentencia de un obispo.

—Los obispos se equivocan.

—Este es el mismo de la paloma.

—Entonces, se equivoca más.

—Gissel —dijo Eleonora, avanzando—, ¿es por lo del acta? Porque tengo un notario en Ginebra que lo arregla en dos horas.

—No es por el acta.

—¿Entonces?

—Es por mí.

Alcé la vista hacia lo alto de la escalera. Brunce no se había movido. Tenía la espalda recta, los labios apretados y una calma tan perfecta que dolía. Eso era lo peor. Nada de bromas. Nada de ojos brillantes. Nada de sonrisa torcida. Solo un hombre de pie, esperando con una dignidad heroica a que lo dejaran.

—Brunce.

—Gissel.

—Me voy.

—Lo sé.

—¿No vas a decir nada?

—Eres libre.

—¿Eso es todo?

—Es lo que quiero que sepas.

—¿Ni una estaca, ni un reglamento, ni una cucharada de tiramisú?

—Nada.

—¿Ni siquiera una tentación?

Se hizo un silencio mortal. Brunce tragó saliva. Se llevó una mano a las gafas, como si le pesaran, y con un hilo de voz respondió:

—Me prometí no tentarte más.

—¿Por qué?

—Porque quiero que decidas sin presiones.

—¿Sin presiones?

—Sin colmillos, sin voces de terciopelo, sin manos en la espalda. Quiero que te vayas, si te vas, con la cabeza clara.

Debo confesar que, en ese preciso instante, sentí una necesidad homicida de subir la escalera y estrangularlo con la bufanda. Llevaba meses esquivando sus provocaciones. Meses de huidas, de cerrojos, de bufandas. Y justo ahora que me iba, el muy cretino se ponía noble. Era una injusticia universal.

—Qué considerado —dije, entre dientes.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

—Adiós, Brunce.

—Adiós, Gissel.

Salí por la puerta con la maleta rebotando contra los escalones, Colmillo en un bolsillo y Lupe pisándome los talones. A mis espaldas oí cómo mi suegra soltaba un gemido, mi padre un sollozo y el obispo, desde algún rincón, un «Es mi cruz» cargado de cansancio. Y justo antes de cerrar la puerta, escuché, bajito, una frase que no iba dirigida a nadie:

—Qué mal hombre eres, Brunce.

Era la voz de Margot. Y era la única verdad dicha en voz alta aquella mañana.

Lo que Brunce no sabía es que la maleta estaba llena de planes.

El Cuartel General de la Operación Florero Renuncia se instaló en la cocina de una taberna del puerto, propiedad de un pescador bigotudo llamado Genaro, que nos cedió el local a cambio de una foto con el husky. A las nueve de la mañana, alrededor de una mesa de roble cubierta de mapas, servilletas y dibujos a lápiz, estaban sentados mis cómplices: Lupe y Rosario, en pie de guerra. Fabián y Margot, recién reconciliados con su propia vida. Isadora y Teodoro, con Pepito colgado de una lámpara. Damián, con una venda en la nariz y una gorra de guarda de zoo, sosteniendo la correa de Gisselita. Y, en la cabecera, con el remo apoyado en el hombro y el sombrero de bruja torcido, Eleonora Hartwood, que había llegado por la puerta trasera diez minutos después que yo.

—¿Se ha creído lo de la marcha? —pregunté.

—Hasta el tuétano —dijo Eleonora, con una sonrisa de loba.

—¿Y qué ha hecho?

—Se ha encerrado en su cuarto con un cojín de cisne.

—Qué dramático.

—Es mi hijo.

—¿Todos listos?

—Listísimos —respondió Fabián, abriendo una carpeta con un título en mayúsculas: **PROTOCOLO 211: «ESPOSA RENUNCIA A SER FLORERO Y SE DECLARA A SU MARIDO NULO CON TODOS LOS HONORES».**

—¿Cuántas páginas tiene?

—Cuarenta y dos.

—¿Y qué dice?

—Que hay que hacer ruido.

—Me parece perfecto.

Durante tres horas, repasamos cada detalle. Tormenta y Colmillo, que habían regresado del sótano en una cesta, se encargarían de la logística canina y felina. Los mariachis (que Damián había contratado de nuevo, esta vez con consentimiento) tocarían la serenata. La agente Duarte, que había aceptado oficiar de notaria «por simple curiosidad profesional», redactaría el acta. Oliver y Augusto, castigados a perpetuidad, se encargarían del barril de whisky. Isadora traería orquídeas. Teodoro, murciélagos. Y yo, con un cuaderno lleno de tachones, ensayaba mi discurso en voz baja, frente a un espejo roto que había en el cuarto de baño de la taberna.

—Brunce Hartwood —le decía a mi reflejo—, he venido a decirte que...

—¿Que qué? —preguntó Colmillo, o eso me pareció, desde el borde del lavabo.

—Que...

—¡Que lo quieres! —gritó Lupe, desde la puerta, con un trozo de pan en la boca.

—¡Lupe!

—¡Perdón, señora! ¡Es que lo sabe toda la isla!




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