Eleonora Hartwood organizó la segunda boda con la lista de prohibiciones más larga de la historia del matrimonio.
La pegó en el vestíbulo de la mansión con cuatro chinchetas y un remo de góndola, bajo el título **«NORMAS PARA QUE ESTO SALGA BIEN (aunque sé que no saldrá)»**:
*1. Prohibidas las palomas.*
*2. Prohibidos los pasteles de más de tres pisos.*
*3. Prohibidos los candelabros colgantes.*
*4. Prohibido el hielo seco, el champán en fuente y los husky en general.*
*5. Prohibido todo lo que ya pasó en la primera boda.*
*6. Prohibido que Oliver McGinigar pronuncie la palabra «nietos».*
—Esto último es discriminatorio —protestó mi padre, leyéndola con las gafas en la punta de la nariz.
—Es preventivo —respondió mi suegra.
—Es un ataque a mi libertad de expresión.
—Es un ataque a mis nervios, Oliver. Y mis nervios mandan.
Los preparativos duraron seis días, y en cada uno de ellos ocurrió algo que no estaba en el protocolo.
El lunes llegó Madame Fontaine, mi antigua jefa de costureras, con una maleta de patrones y el mismo acento francés fingido.
—*Mademoiselle*, esta vez haremos un vestido cómodo.
—¿Cómodo?
—Con corsé *suave*.
—¿Cuánto de suave?
—Lo bastante para que respire.
—Eso no existe.
—Lo he inventado esta mañana.
El martes, Lupe y Rosario descubrieron que el jardín seguía cubierto por una película de gelatina de fresa que se había solidificado con el sol. El suelo parecía de cristal rosado. Cada vez que alguien pisaba, resbalaba con un chasquido. Hernando, el jardinero, que había regresado de sus vacaciones con una sonrisa culpable, intentó rasparla con una pala. Se resbaló, atravesó el jardín a veinte kilómetros por hora sobre la espalda y fue a parar a un seto, de donde salió con una rosa en la oreja.
—¡Eso es un récord! —gritó Fabián, cronómetro en mano.
—Es una vergüenza —gimió Hernando.
—Es una vergüenza con medalla.
El miércoles, Tormenta devoró el ensayo del pastel. El jueves, Colmillo, ofendido por no haber sido invitado a la despedida de soltera (que consistió en una tarde de bufandas y té con Isadora), sabotéó el menú. El viernes, Pepito se perdió dentro de la manga de Damián, quien pasó dos horas inmóvil con el brazo en alto y la expresión de un santo martirizado.
Y el sábado, el día antes de la boda, Brunce decidió tentarme.
—No puedes verme —le grité, a través de la puerta del vestidor.
—No te veo.
—Tampoco puedes tocarme.
—No te toco.
—Ni oírme respirar.
—Imposible. Lo hago de memoria.
Llevaba toda la mañana rondando mi cuarto como un gato alrededor de una cesta de sardinas. A las nueve había deslizado bajo la puerta una nota que decía: *«Regla setenta y seis: la novia no debe pensar en su prometido durante la prueba del vestido. Qué difícil es obedecer.»* A las diez, un ramo de orquídeas con una tarjeta: *«Del vampiro que no duerme desde que te quiere.»* A las once, una bandeja de fresas, con otra: *«Para que recuerdes la gelatina. Sin intención. Con muchísima intención.»*
—Brunce Hartwood —dije, dentro del vestidor, con la espalda pegada a la pared—, es de mala suerte ver a la novia antes de la boda.
—No te estoy viendo.
—¡Estás en la puerta!
—Estoy a un metro, de espaldas, mirando un cuadro.
—¿Qué cuadro?
—Uno muy interesante. Hay un barco.
—Mentiroso.
—Es un barco con una vela blanca.
Asomé la nariz. Era verdad. Brunce, vestido con una camisa blanca remangada, las manos en los bolsillos y el pelo revuelto, contemplaba un óleo con una concentración exagerada. Desde atrás, con los hombros anchos y la nuca expuesta, estaba insoportablemente atractivo.
—Gissel —dijo, sin girarse.
—¿Qué?
—Tengo una duda.
—Dímela.
—Madame Fontaine me ha contado que el vestido tiene la espalda descubierta.
—Es un detalle de diseño.
—Un detalle hasta la cintura.
—Hasta donde termina la espalda.
—Y que hay una hilera de botones.
—Doce.
—Y que son muy pequeños.
—Para no perder la dignidad.
—Y que los tendré que desabrochar yo.
Se me cayó el alfiler de las manos. Aterrizó sobre el pie de Madame Fontaine, que lanzó un grito digno de una ópera francesa.
—*Mon Dieu!*
—¡Perdón!
—¡Mi pie!
—¡Lo siento!
—¡Mi pedicura!
Brunce, afuera, se echó a reír con esa risa grave que me recorría la columna como un dedo. Escuché sus pasos acercarse. Se detuvo junto a la puerta. Su voz bajó hasta un susurro de terciopelo, tan cerca de la madera que me hizo cosquillas en la nuca.
—Doce botones, mi caos. Tengo toda la noche de bodas para contarlos.
—¡Brunce!
—Uno por uno.
—¡Fuera de mi puerta!
—Despacio.
—¡FUERA!
—Muy despacio.
Cogí un zapato. Lo lancé contra la madera. Se oyó un golpe seco, una carcajada y unos pasos que se alejaban, silbando.
—Ese hombre —dijo Madame Fontaine, masajeándose el pie— es una *catástrofe*.
—Lo sé.
—Y usted está sonriendo.
—Es la fiebre.
—*Mademoiselle*, es el amor.
El domingo amaneció con un cielo limpio y una bandada de gaviotas sobrevolando la mansión, convencidas de que había comida. Y la había: bandejas de canapés, torres de fruta, un buffet de cuatro metros de largo, una fuente de limonada y, en el centro del jardín, bajo un arco de orquídeas, un altar de madera blanca con dos sillas doradas y un cojín de terciopelo para los anillos.
Trescientos invitados ocupaban las filas de sillas. Había pescadores con corbata, vampiros sin colmillos, mariachis con trajes nuevos, un obispo con una toga limpia, treinta caniches con lazos, cuarenta gatos de pedigrí y una agente de policía fiscal sentada en la última fila, de uniforme, con una sonrisa que decía «hoy no arresto a nadie».
—Atención, atención —anunció Fabián, megáfono en mano—. Comienza la ceremonia. Se ruega silencio, orden y que nadie suelte nada con alas.
Editado: 08.10.2026