Casados en caos.

Capítulo 36: El caos eterno.

Doce botones. Brunce los contó en voz alta, con una paciencia casi litúrgica, y por el camino aprendí que un hombre capaz de llevar una naviera sin pestañear puede perder la cuenta cuando le tiemblan las manos.

—Uno —susurró.

Estaba de pie tras de mí, en la penumbra del dormitorio, con las manos apoyadas apenas en mi espalda desnuda. El vestido de Madame Fontaine seguía en su sitio, con doce botoncitos de perla que me habían parecido un detalle elegante a las siete de la tarde y que ahora me parecían una obra de ingeniería diabólica.

—Dos.

—Vas despacio.

—Es un trabajo de precisión.

—Es una tortura.

—Es una tortura *con cariño*.

Se me escapó una risa temblorosa. Sentí su aliento sobre mi nuca, cálido, lento, como un secreto que se murmura a una puerta cerrada. Cada botón que cedía era una pequeña rendición. Tres. Cuatro. Mi piel se erizaba bajo sus dedos con una traición silenciosa, y yo, que había dedicado meses a esquivar sus provocaciones, descubrí que ya no tenía ganas de esquivar ninguna.

—Cinco.

—Brunce.

—Dime.

—Me estoy muriendo.

—Yo también. Pero lo hago con mucho estilo.

—Seis.

—Siete.

—Ocho...

Un crujido seco. Un maullido. Y un bulto peludo y gris se instaló sobre la cama con una majestuosidad indignante.

—Colmillo —susurré, sin girarme.

El gato no respondió. Se limitó a lamerse una pata con una lentitud ofensiva, los ojos fijos en Brunce.

—Fuera —ordenó Brunce, con la voz estrangulada.

Colmillo bostezó.

—Es nuestra noche de bodas.

Colmillo se tumbó de espaldas, mostrando la barriga.

—Es una noche *de bodas*, amigo.

Un ronroneo suave. Brunce suspiró, cerró los ojos, apoyó la frente en mi hombro y empezó a temblar de risa.

—Quiere asegurarse de que me porto bien —murmuró.

—Es un gato de principios.

—Es un guardián del honor.

—Es un traidor con pelo.

—Es nuestro.

Lo cogió con una mano, lo depositó fuera del dormitorio con la ternura de quien deja a un niño en una guardería, cerró la puerta y giró el pomo. No hubo llave, ni cerrojo, ni pestillo. Pero la puerta, para nuestra sorpresa, cerró. Por primera vez desde que vivíamos en esa casa, la puerta de nuestro cuarto cerró del todo.

—Don Anselmo la arregló esta mañana —confesó Brunce—. En secreto. Como regalo.

—Está llorando de emoción en alguna parte.

—Seguro.

—Nueve —dije yo, quitándole la cuenta.

—Quedan tres —susurró él.

Quedan tres botones y, entre ellos, una cantidad de tiempo que solo existe en las noches importantes. Brunce, con una concentración casi religiosa, desabrochó el décimo. Después el undécimo. Yo conté mentalmente hasta diez, hasta veinte, hasta cincuenta. Sentí que el aire se espesaba en la habitación. Que el reloj de pared se detenía. Que el mundo entero contenía la respiración.

—Doce —murmuró.

El vestido cedió con un suspiro de encaje. Brunce deslizó las manos sobre mis hombros y las dejó descansar allí, sin prisa, como quien posa los dedos en un instrumento antes de tocar la primera nota.

—Gissel.

—¿Qué?

—Me debes algo.

—No me acuerdo.

—Un beso en el cuello.

—¿Ah, sí?

—Con intereses.

—Los intereses eran del siete por ciento.

—Los he renegociado al alza.

Se inclinó. Muy despacio. Sentí su respiración rozarme la piel, subir por la curva de mi cuello, detenerse a un milímetro del lunar que tantas veces había mirado con hambre disfrazada de broma. Cerré los ojos. Me aferré con las dos manos a la tela del vestido. Él esperó. Esperó, con una paciencia asesina, hasta que dejé escapar un suspiro tembloroso, y entonces sus labios, por fin, cálidos, suaves, dulces como la primera fruta de la estación, se posaron sobre mi cuello.

Fue un beso breve. Fue un beso eterno. Me recorrió de la nuca a las plantas de los pies. Y justo cuando mis rodillas empezaban a rendirse y mi cerebro a evaporarse, sonó una trompeta.

—¿Qué ha sido eso?

—No sé.

—Suena a ranchera.

—Suena a mariachi.

—Suena a mi padre.

Abrimos los ojos. Por la ventana, a través de la cortina, llegaba un resplandor de linternas, el eco de una guitarra y una voz de barítono desafinado, entonando con un fervor devastador: *«¡Dueña de mi corazón, ay, ay, ay, ay!»*

Nos asomamos. En el jardín, bajo nuestra ventana, sobre un montículo de pastel que nadie había limpiado, estaban doce mariachis, mi padre, Augusto, el obispo (con una guitarra de plástico), Fabián con el megáfono, Margot con una pandereta y Damián, de gorra de guarda, soplando una trompeta con una concentración triste.

—¡SERENATA DE BODAS! —gritó Oliver, alzando una copa—. ¡PARA LOS RECIÉN CASADOS!

—¡Papá, es medianoche! —grité desde el balcón.

—¡ES LA HORA DEL AMOR!

—¡ES LA HORA DEL SUEÑO!

—¡LAS DOS COSAS SE PUEDEN HACER A LA VEZ!

—¡Oliver! —gritó Eleonora, apareciendo por una esquina con el remo en ristre—. ¡Cállate o te bautizo con la manguera!

—¡Eres una aguafiestas, Eleonora!

—¡Soy una madre!

Brunce, a mi lado, se apoyó en la barandilla con la camisa abierta y la mirada fija en el espectáculo. Y de pronto, sin una sola palabra, empezó a reír. Primero bajito. Después con la boca abierta. Después con todo el cuerpo, doblado, sujetándose el estómago, con las lágrimas rodándole por las mejillas.

—¡Esto... es... lo mejor... que me ha pasado!

—¡Es una invasión de padres!

—¡Es nuestra serenata!

—¡Es un caos!

—¡Es *el* caos!

Me reí con él. No pude evitarlo. Apoyé la cabeza en su pecho mientras abajo cantaban, desafinaban, derribaban sillas y se peleaban por una maraca. Y, en medio de aquel estruendo, sentí que era feliz. Feliz de verdad. De esas felicidades enormes que no caben en una frase.

Pasó una hora. Quizá dos. Dejamos que la serenata terminara (con un obispo llorando y un husky aullando en armonía), despedimos a los intrusos con un gesto de la mano y volvimos a cerrar las cortinas. Brunce me tendió una mano.




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