Casados en caos.

Capítulo extra: Las herederas del caos.

A los nueve meses de embarazo descubrí que huir de Brunce Hartwood a paso de pato era técnicamente posible, aunque socialmente humillante.

—¡Eso es huir, señora Hartwood! —gritó él desde el otro extremo del pasillo, apoyado en una columna, con los brazos cruzados y esa sonrisa que ni los años ni la paternidad inminente habían domesticado.

—¡Es una retirada estratégica!

—¡Vas a 0,3 kilómetros por hora!

—¡Es una retirada *muy* estratégica!

Yo avanzaba con una mano en la espalda, la otra en la barriga y los pies hinchados dentro de las botas de goma amarillas, porque era lo único que me cabía. Detrás de mí, a una distancia prudente, me escoltaba Colmillo, con la dignidad de un guardaespaldas retirado. Brunce se despegó de la columna y echó a andar tras nosotros con una lentitud criminal.

—Gissel.

—No.

—Solo quería decirte...

—No.

—...que nunca te has visto tan hermosa.

Se me aflojó una rodilla. Brunce, que había perfeccionado en nueve meses el arte de tentar a una embarazada con piropos, aprovechó la grieta y me alcanzó en tres zancadas. Me rodeó la cintura por detrás, apoyó la barbilla en mi hombro y susurró, con aquella voz de terciopelo que me recorría la columna como un dedo:

—Y que el lunar de tu cuello está más bonito que nunca.

—Estás insoportable.

—Estoy enamorado.

—Es lo mismo.

—Es peor.

Tomé el mango que llevaba en el bolsillo del chaleco (desde el cuarto mes los llevaba de reserva, ya sin náuseas) y se lo estampé en la frente. Brunce se lo limpió con un dedo, lo probó, asintió con aprobación y dijo:

—Madurísimo.

Y en ese preciso instante, algo se rompió dentro de mí.

No fue un dolor. Fue un *plof* líquido, sonoro, inconfundible, y un charco bajo mis botas amarillas.

Brunce miró el suelo. Me miró a mí. Miró el suelo otra vez. Sus ojos se agrandaron hasta ocupar la mitad de la cara y su piel pasó del blanco al verde, del verde al gris, y del gris a un tono que no figura en ninguna carta de colores.

—Gissel.

—Sí.

—Eso es...

—Sí.

—¿Ya?

—Parece que sí.

—¡Es de noche!

—Son las doce y un minuto.

—¡Hay tormenta!

Había tormenta. Lo supimos cuando un trueno hizo temblar los cristales y las luces de la mansión se apagaron, una a una, con un chasquido de mal agüero.

—¡APAGÓN! —gritó la voz de Fabián desde algún rincón.

—¡PROTOCOLO DOSCIENTOS TRECE! —aulló Margot.

—¡NO PÁNICO! —bramó Eleonora, que se había instalado en la mansión «por precaución» hacía seis semanas, con remo incluido.

—¡TODOS A SUS PUESTOS! —ordenó Lupe.

Porque el Protocolo 213, «Parto inminente de la señora con tormenta, apagón y suegro», existía desde hacía ocho meses, con ensayos trimestrales y un manual de ochenta páginas. Y como todos los protocolos de Fabián, no sirvió absolutamente para nada.

—¡La maleta! —gritó Brunce.

—¡Está en el armario!

—¡La traigo!

Salió disparado, chocó contra la puerta, rebotó, se levantó, corrió y volvió a los treinta segundos con una maleta enorme, verde, cargada de orgullo.

—Esa no es la del hospital —dije.

—¡Es la maleta de emergencias!

—Es la de la gran fuga.

—¿Cómo?

La abrí. Dentro había: un cojín de cisne, tres paquetes de galletas, un termo, cuarenta cabezas de ajo, un bigote postizo de repuesto y una sardina con fecha de caducidad de hacía siete meses.

—¡Brunce Hartwood!

—¡Estaba nervioso!

—¡Es un parto, no una huida en helicóptero!

—¡Es parecido!

Otro trueno. Otro apagón. Una contracción me dobló en dos y solté un grito que despertó a todos los habitantes de la mansión, y a buena parte de los del pueblo. Desde el piso de arriba bajó rodando un caniche. Desde el sótano emergió Tormenta, aullando en tres idiomas. Desde la lámpara, Plutarco proclamó con voz de tenor: «¡ESTE PARTO ES UN MANICOMIO!». Y desde el pasillo, a la luz de una linterna, apareció mi padre, con pijama de cuadros, gorro de dormir y el casco del helicóptero puesto del revés.

—¡HIJA! —gritó—. ¡ME LO HA DICHO UN PÁJARO!

—¡PAPÁ, NO!

—¡VOY POR EL HELICÓPTERO!

—¡NO SABES PILOTAR!

—¡ME HE SACADO EL CARNÉ POR CORRESPONDENCIA!

El viaje al hospital fue una epopeya.

El coche no arrancó porque Tormenta se había comido las llaves (otra vez). La camioneta de los jardineros sí arrancó, con su olor a estiércol y a esperanza, y en ella nos metimos: yo, tumbada en la caja sobre un colchón improvisado, con Colmillo sobre las piernas; Brunce, al volante, con la camisa mal abrochada y el pie hundido en el acelerador; Margot de copiloto, con un cronómetro; Fabián, de pie en el estribo, con el megáfono, dirigiendo el tráfico imaginario; y Eleonora, en el techo, agarrada a la baca, con el remo en alto, como una Atenea con vértigo.

—¡A LA IZQUIERDA! —gritó Fabián.

—¡Es la derecha! —corregí entre contracciones.

—¡He dicho izquierda con cariño!

—¡Brunce, no mires atrás!

—¡Estoy mirando solo la carretera!

—¡Estás llorando!

—¡Es emoción!

—¡Y estornudando!

—¡Es la tormenta!

Dos kilómetros más adelante, la carretera quedó cortada por una marea humana: la flota de pescadores, que había salido en procesión al enterarse del parto, avanzaba por el asfalto con farolillos, banderas, una Virgen de madera y un coro desafinado que cantaba «Ave María» con letra de ranchera. Detrás, abriendo paso, doce mariachis. Detrás, treinta caniches con lacitos. Detrás, el obispo, a pie, con la toga arremangada, murmurando «es mi cruz» con una mezcla de resignación y devoción.

—¡Abran paso! —gritó Brunce, sacando la cabeza por la ventanilla—. ¡Mi mujer está de parto!

—¡Lo sabemos! —respondió Beppe, el gondolero, que no sé cómo se había colado—. ¡Hemos venido a acompañar!

—¡Es una carretera!

—¡Es una procesión de amor!

—¡Mi mujer va a tener un bebé aquí!




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