Casados por la Herencia.

Capítulo 02

“¡Me ibas a matar!”

«Kael Lennox»

Él no reaccionó de inmediato. Dejó que el peso de su nombre causara efecto en el salón.

Naray cerró los ojos durante un segundo y apretó los dientes, conteniendo el impulso de levantarse y gritar que aquello era un fraude. No iba a darle a los Lennox la satisfacción de verla perder el control delante de todos.

—¡Maldito desgraciado! Siempre se sale con la suya —murmuró Victor, rojo de rabia.

Frank le puso una mano sobre el hombro.

—Tranquilo.

Naray apretó la mano de Victor.

—Eres el mejor —dijo, intentando mantener la compostura.

En el escenario, Kael recibió el premio. Todos esperaban el discurso de rigor, pero él se limitó a contemplar el trofeo entre sus manos. Una media sonrisa apareció en su rostro mientras ladeaba la cabeza. Después, bajó del podio y dirigió la mirada hacia los Dixon.

Minutos después, Naray decidió marcharse. Si permanecía un minuto más allí, terminaría haciendo una estupidez.

Atravesó el estacionamiento con pasos firmes, todavía con la rabia latiéndole en las sienes. Abrió la puerta de su automóvil y estaba a punto de entrar cuando escuchó una voz detrás de ella.

—Querida —dijo Elaine, acercándose con una expresión de falsa compasión—. Lamento mucho la derrota. Aunque, siendo sincera, era de esperarse.

Naray cerró los ojos un instante y soltó un suspiro. Luego se giró lentamente.

—Impresionante. ¿Desde cuándo ensayaste esta escena? Casi te quedó perfecta.

Elaine frunció los labios.

—Admite que estás dolida.

—Cualquiera puede comprar un trofeo. Y tu hermano no iba a dejar pasar la oportunidad.

—Qué pena que tengas que recurrir a esos recursos para no aceptar que somos mejores que ustedes.

Naray soltó una risa breve y negó con la cabeza.

—¿Tú mejor que yo? Ni en tus sueños. A mí me pagan millones de dólares solo por mi imagen y a ti te tienen de extra en películas medievales. ¡Qué desdicha la tuya!

La expresión de Elaine cambió durante un segundo. La sonrisa desapareció de su rostro y sus ojos se llenaron de ira, pero Naray ya se había dado la vuelta.

Subió al automóvil, cerró la puerta y arrancó sin esperar respuesta.

La joven permaneció unos segundos mirando las luces traseras del vehículo de Naray alejarse. Entonces vio a Kael acercándose.

Una idea cruzó por su mente.

Sin pensarlo demasiado, se dejó caer al suelo. El golpe le raspó las rodillas, pero no le importó. Se acomodó el cabello, respiró entrecortadamente y dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas.

—¡Kael! ¡Ayúdame! —gritó.

Kael aceleró el paso y la ayudó a ponerse de pie.

—¿Qué pasó? ¿Qué haces tirada en el suelo?

Elaine se tambaleó antes de aferrarse a él.

—Ella me pegó y me empujó —sollozó.

Kael endureció el rostro.

—¿De quién carajo estás hablando?

Elaine lo abrazó con fuerza, escondiendo una sonrisa contra su pecho.

—Naray. No pudo soportar que ganaras el reconocimiento. Me golpeó. Está loca. Acaba de irse en su auto.

Kael sintió que la sangre le hervía. Miró hacia la salida del estacionamiento, pero el vehículo de Naray ya había desaparecido.

—Llama al chófer para que venga a buscarte.

—¿Qué vas a hacer?

Kael se alejó de ella y caminó hacia su automóvil.

—Lo que debí hacer desde el principio.

Subió, cerró la puerta y arrancó. El motor rugió mientras salía disparado del estacionamiento.

Detrás de él, Elaine se quedó observando cómo se alejaba y una sonrisa satisfecha curvó sus labios.

Mientras tanto, Naray conducía de regreso a la mansión.

Le gustaba conducir a alta velocidad, pero esa noche apenas prestaba atención al velocímetro. Tenía el teléfono conectado al sistema del automóvil y hablaba con Taylor, relatándole lo sucedido en la gala.

Un bocinazo fuerte la interrumpió.

Naray miró por el retrovisor. Un automóvil se había colocado detrás de ella.

El conductor volvió a tocar la bocina.

Naray frunció el ceño. Pensó que quizá estaba conduciendo demasiado cerca del centro de la vía, así que se orilló. Sin embargo, el otro vehículo también se movió hacia el mismo lado y volvió a hacer sonar la bocina.

Una sensación desagradable le recorrió el estómago.

—Taylor, hablamos cuando llegue a la mansión.

Colgó y apretó con más fuerza el volante.

La bocina volvió a sonar.

El vehículo se colocó a su lado y la ventanilla del conductor descendió.

El corazón le dio un vuelco.

Kael.

Ella también bajó la ventanilla.

—Detén el auto —ordenó él.

Naray sintió un escalofrío. No entendía qué demonios quería, pero la expresión de Kael no dejaba espacio para dudas. Aun así, aceleró.

—¡He dicho que detengas el auto!

Ella ignoró la orden.

—Si no quieres terminar estrellándote contra un poste de luz, detén el auto.

Naray sintió que el miedo comenzaba a mezclarse con la rabia.

—¡No lo voy a hacer! ¡Voy a llamar a la policía! —gritó, subiendo el vidrio.

Pisó el acelerador.

Kael volvió a ponerse detrás de ella.

Por unos segundos, creyó que conseguiría dejarlo atrás, pero los faros de Kael continuaron pegados a sus luces traseras. El automóvil se acercaba cada vez más, obligándola a aferrarse al volante mientras intentaba mantener el control.

Entonces sintió el golpe.

El vehículo de Kael impactó la parte trasera de su automóvil.

Naray perdió el control. El volante se sacudió entre sus manos y el auto se desvió hacia un costado hasta estrellarse contra un vehículo estacionado junto a la acera.

El cinturón se clavó en el pecho.

—¡Maldita sea!

Durante unos segundos, solo escuchó el latido acelerado de su corazón y el ruido del motor.

Respiró con dificultad y se llevó una mano al pecho. No estaba herida.

Entonces escuchó pasos.

Kael apareció frente a su ventanilla. Golpeó el cristal con los nudillos.




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