“Un auto nuevo”
A la mañana siguiente, todos los miembros de la familia Dixon estaban reunidos en el comedor para desayunar.
Naray fue la última en llegar. En cuanto cruzó la puerta, todas las miradas se volvieron hacia ella. Tenía ojeras, el cabello apenas recogido en un moño desordenado y arrastraba las pantuflas con desgano.
—Buenos días —saludó sin mucho ánimo mientras tomaba asiento.
Issi la examinó de arriba abajo.
—Te ves fatal. ¿No dormiste bien?
—Buen día, hija —intervino su madre.
Naray esbozó una sonrisa apenas perceptible. No podía decirles que había pasado buena parte de la noche despierta, reviviendo el momento en que Kael Lennox la había sujetado del cuello. Eso solo complicaría las cosas.
—Tuve una pesadilla —mintió.
Aunque, en realidad, no era del todo mentira. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir los dedos de Kael alrededor de su cuello.
Tomó el vaso de jugo y bebió un poco, tratando de apartar aquella imagen de su cabeza.
El desayuno continuó durante unos minutos, hasta que Francis dejó el tenedor sobre el plato.
—Vi que tu auto rojo tiene un golpe.
Naray levantó la mirada.
—¿El auto nuevo? ¿Un coche tan costoso? —preguntó Issi, sorprendida.
Maritza dejó de comer y frunció el ceño.
—Hija, ¿estás bien?
Víctor se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿Qué pasó, Naray?
Ella tomó otro sorbo de jugo antes de responder con la mayor calma que pudo.
—Fue un pequeño incidente con un conductor ebrio. Nada que lamentar. Por suerte.
Nadie pareció del todo convencido, pero Naray no dio más explicaciones.
Durante unos minutos, solo se escuchó el sonido de los cubiertos contra los platos. La tensión se disipó poco a poco hasta que Víctor rompió el silencio.
—La semana entrante todos tenemos que asistir a una reunión con el abogado. Se leerá el testamento del abuelo.
La noticia provocó varias reacciones de inmediato. Los Dixon habían esperado durante meses conocer las últimas disposiciones del patriarca de la familia y, aunque ninguno podía saber con certeza qué encontrarían en aquel documento, todos tenían sus propias expectativas.
Naray apretó el tenedor. El testamento finalmente pondría fin a la sociedad con los Lennox.
La idea le devolvió una pequeña chispa de ánimo.
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Al otro lado de la ciudad, los Lennox también estaban reunidos alrededor de la mesa del comedor.
Kael llevaba unas gafas oscuras que cubrían buena parte de su rostro. Desde que había llegado, su madre no había dejado de observarlo con disimulo.
Hasta que Patricia no pudo contenerse.
—Cariño, ¿por qué llevas esas gafas?
Kael continuó desayunando como si la pregunta no tuviera importancia.
—Tengo una alergia.
Elaine, sentada frente a él, torció los labios. No creyó una sola palabra. Había algo en la forma en que Kael evitaba mostrar el rostro que le decía que aquella historia tenía otra explicación.
Y, por alguna razón, sospechaba que Naray estaba involucrada.
Víctor tomó la palabra.
—Kael, la semana que viene tenemos una reunión con el abogado.
—¡Qué bueno! —exclamó Patricia.
Maxi levantó la mirada de su plato.
—¿Creen que la división será justa?
David, el hermano mayor, era autista y aplaudió sonriente.
La abuela Margot dejó la taza sobre el platillo con tranquilidad.
—Su abuelo nunca haría nada para perjudicar a la familia. Sea lo que sea que haya escrito allí, tendremos que aceptar su voluntad.
Kael asintió.
—Por supuesto, abuela.
Nadie volvió a cuestionar el asunto. La conversación continuó con los temas habituales de cada mañana, pero la noticia había dejado algo flotando sobre la mesa: la certeza de que, en pocos días, las familias Dixon y Lennox tendrían que enfrentarse nuevamente.
Y esta vez, lo que estuviera escrito en aquel testamento podría cambiarlo todo.
El día siguió su curso, mientras ambas familias esperaban la llegada de la fecha que habían aguardado durante tanto tiempo.
Después del mediodía, Naray se presentó en la empresa de bienes raíces, Company Lennox & Dixon.
Desde que entró al imponente edificio, las miradas cayeron sobre ella. Era una de las modelos más reconocidas del país, imagen de prestigiosas marcas y presencia habitual en los eventos más exclusivos. Verla allí era un sueño para muchos de los empleados, aunque nadie se atrevía a acercarse demasiado.
Sin embargo, lo que realmente sorprendió a todos fue verla dirigirse hacia una oficina que no pertenecía a ninguno de sus hermanos.
Iba directamente hacia la oficina de Kael.
—Señorita, no puede pasar sin anunciarse —dijo la secretaria, apresurándose detrás de ella.
Naray la ignoró y abrió la puerta sin tocar.
Kael levantó la vista al escuchar el sonido. Las gafas oscuras ya no cubrían sus ojos, pero el enrojecimiento alrededor de ellos dejaba claro que todavía sufría las consecuencias del espray.
—Señor, le dije que no podía pasar —se justificó la secretaria, manteniendo la mirada baja.
Esta vez, Naray se volvió hacia ella.
—Ahórrate el discurso. Puedes irte.
La empleada hizo una pequeña reverencia y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Kael soltó el bolígrafo sobre el escritorio y se reclinó en el sillón. Sus ojos irritados se clavaron en ella.
Naray arqueó una ceja.
—Voy a demandar a la tienda que me vendió ese espray. Me estafaron. Pensé que estarías en una clínica con los ojos vendados y, en cambio, estás aquí firmando papeles.
Él la miró fijamente, con una expresión que dejaba claro que estaba haciendo un esfuerzo por no perder la paciencia.
—Me parece que te equivocaste de oficina.
—No. Estoy justo donde quiero estar.
—¿Qué demonios quieres?
Naray abrió su cartera y sacó el teléfono. Después de buscar algo, lo dejó sobre el escritorio, frente a él.
Editado: 10.10.2026