“Amarga lectura”
En el pasillo, Naray se encontró con Elaine, acompañada de otra mujer. Al parecer, las celebridades habían decidido visitar la empresa, ya que Elaine y su amiga eran actrices muy reconocidas.
—¿Qué hacías en la oficina de mi hermano?
Naray se acercó a ella con una expresión desafiante.
—Tú y yo tenemos una cuenta pendiente. Lástima que no puedo perder el tiempo. Dile a tu hermanito que estaré esperando.
—No deberías estar visitando hombres comprometidos —dijo Nicole.
—¿No me digas que estás celosa? ¡Ay, por Dios! Qué imaginación tan perturbadora.
Se colocó los lentes de sol y siguió caminando con elegancia, sin molestarse siquiera en mirar atrás.
Ambas mujeres entraron en la oficina de Kael. Elaine parecía algo alterada.
—¿Qué te dijo esa mujer?
Kael maldijo entre dientes. Odiaba que entraran a su oficina sin tocar.
—Hola, mi amor —lo saludó Nicole, acercándose a él para darle un beso.
Él hizo un gesto de cordialidad.
—¿Quién?
—Naray. Nos la encontramos en el pasillo —respondió Nicole.
Kael apretó el bolígrafo.
—Nada importante.
Eliane supo que él le estaba ocultando algo.
—Sea lo que sea que te esté pidiendo, dáselo. La conozco mejor que tú. Es capaz de cualquier cosa para conseguir lo que quiere. Hazlo por la familia.
—Eso es cierto. Naray es muy caprichosa y le encanta el drama —añadió Nicole.
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Horas después…
Kael había pasado buena parte de la tarde analizando cuánto había de verdad en las palabras de Naray y cuánto había sido simplemente una estrategia para intimidarlo.
Tomó la tarjeta que todavía permanecía en el mismo sitio y la estrujó entre sus dedos.
—¡Maldición!
Si ella mostraba ese video, tendría que lidiar con su madre y su abuela. Eso sin contar el escándalo mediático y la guerra interminable con los Dixon.
Después de evaluar todas las posibilidades y comprobar que ninguna jugaba a su favor, comprendió que no tenía otra opción.
Abrió la tarjeta y marcó el número.
Naray vio la llamada, pero no reconoció el número. Era su línea personal y solo su familia lo tenía, así que supuso que era él.
No atendió de inmediato. Dejó que la llamada se cortara y, cuando volvió a sonar, contestó.
—Lo quiero rojo.
—Te va a salir caro el chistecito.
—¿Me estás amenazando?
—Cuando tenga la oportunidad, haré que me pagues cada centavo que voy a gastar en ese puto auto.
—Cariño, tú encárgate de que el coche me llegue lo antes posible y deja de imaginar cosas que no van a pasar.
Cerró la llamada y sonrió, satisfecha. Sin embargo, unos segundos después, la sonrisa desapareció y fue sustituida por una expresión mucho más peligrosa.
Un auto no era suficiente. Kael había cruzado un límite. No quería contarles a sus hermanos porque alguien iba a terminar en el hospital o muerto.
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Una semana después…
Había llegado el día de la tan esperada reunión. Ambas familias tenían que estar presentes en el bufete de abogados Silva. Allí, en la sala de juntas, los esperaban dos abogados.
Los Lennox ocupaban uno de los extremos de la larga mesa de reuniones, mientras los Dixon permanecían en el extremo opuesto.
Los abogados estaban a la cabecera, revisando los documentos que tenían frente a ellos.
Kael estaba sentado junto a su madre, con una expresión imperturbable. A su lado, Elaine revisaba su teléfono sin mucho interés.
Los Dixon conversaban en voz baja. La silla destinada a Naray continuaba vacía.
—¿Cuánto tiempo más tendremos que esperar? —preguntó Maxi.
Nadie respondió.
Kael miró su reloj y apretó la mandíbula. La reunión debía haber comenzado varios minutos atrás.
Entonces, unos tacones resonaron en el pasillo.
Todos levantaron la cabeza, excepto Kael. Él no le daría la importancia que ella buscaba.
—Perdón por el retraso.
Naray entró en la sala y, sin prestar atención a las miradas que recibió, se acomodó en la silla vacía.
Una vez todos estuvieron reunidos, uno de los abogados tomó la palabra.
—Ambos testamentos son idénticos. Contienen las últimas voluntades de los señores Lennox y Dixon, y cada una de sus disposiciones deberá cumplirse tal como fue establecida.
«Construimos un imperio con nuestras propias manos y no dejaremos que la codicia lo destruya.
Por eso, hemos tomado una decisión que garantizará que todo lo que construimos trascienda por generaciones. Nuestros apellidos, separados, pueden tener poder, pero juntos somos invencibles.
Y nuestros herederos deberán continuar unidos.
No habrá división de bienes.»
Un murmullo recorrió la sala.
—¿Qué significa que no habrá división? —preguntó Víctor.
—Tiene que haber un error —dijo Maxi, soltando una risita nerviosa.
—No creo que hayamos esperado todo este tiempo para escuchar semejante estupidez —espetó Franniel.
—¿Está seguro de que los dos testamentos son iguales? —indagó Patricia.
—Completamente, señora Lennox.
Kael no reaccionó. Permaneció atento, esperando que continuara.
Naray se mordió el labio inferior. Tal vez aquello no era más que una introducción y, en algún momento, aparecería algo que protegiera los intereses de su familia.
Las abuelas se dedicaron una mirada breve y cargada de significado. Ellas conocían el contenido de los testamentos. Sabían que lo peor aún estaba por llegar.
El abogado carraspeó y pasó a la siguiente página.
—Por favor, permítanme continuar.
Tomó aire y prosiguió:
«Fuimos testigos de discusiones absurdas, de una insaciable sed de poder y de una necesidad constante de control. Todo aquello nos hizo comprender que la solución no era dividir, sino unir.
Y la única manera de resolver las diferencias que ustedes mismos han creado es mediante un matrimonio.»
Las reacciones fueron inmediatas.
Editado: 10.10.2026