Casimiro

CASIMIRO

Casimiro era de una belleza casi perfecta, si bien malograda en su fraguado final por un ribete de paletez que remataba su expresión dándole un acabado defectuoso, aunque probablemente imperceptible para la ávida mirada azul que desde la barra del bar Castilla le dirigía aquella impresionante alemana, con un exceso de alegría de común ajeno a su idiosincrasia y que él recibía con el ánimo dividido entre su “espabilo” cateto y una genuina mogigatería.

El narcisismo que le embargaba ante la desarmante atención de la que era objeto, hizo que obviara casi por completo la debida consideración a Pepa, aprisionada junto a él en la estrechez del banco de una de las mesas simétricamente adosadas a la pared de la minúscula antesala a la pequeña discoteca del bar, que embebida en la tertulia que mantenía con la pareja que les acompañaba, permanecía ajena al descarado coqueteo

No obstante el “tonteo” llegó a tal pico de intensidad que acabó por captar la atención de Conchi, la “Ingrid Bergman” local y amiga de Pepa, que atrapada por la insultante escena fue desligándose paulatinamente de la conversación, a pesar de llevar la voz cantante, hasta quedar totalmente “abducida”, arrastrando en su desconcierto a Jose, su discreto novio y a la propia Pepa, que siguiendo el desvío en la trayectoria de su interceptada atención, se toparon con la enervante estampa en la que Casimiro, lejos de lo que cabría esperar, se recreaba con abusiva complacencia, haciendo gala de una actitud que Garza, la cotilla del bar, que observaba “el percal” Coca Cola en mano sentada en la barra, justo al lado de Frida, propiciadora de la situación, no sabía si calificar de pasmante naturalidad o de insolente cinismo.

Y es que Casimiro tenía esa facilidad que poseen algunos hombres de aprovecharse del matriarcado en lugar de sentirse ofendidos por él. El pequeño de cinco hermanas, criado entre mimos y arrumacos y su noviazgo con Pepa iniciado casi en la niñez, pasando de un cuidado a otro y sin prescindir de ninguno, el aspirante a galán se instaló facilmente en el egoismo de sus caprichos con la impunidad de quien está acostumbrado a ser justificado y consentido, arrullado entre faldas propias y ajenas.

Así, sin chulería pero sin complejos, no tenía reparo alguno en beneficiarse del sueldo de empleada doméstica de Pepa, oficio que ésta compaginaba con sus estudios y cuya bondad, a pesar de no vivir juntos, llevaba varios años dándole cobertura , mientras él, licenciado en historia, estudiaba para una oposición al Ayuntamiento, con empeño pero sin resultados hasta la fecha, con el agravante añadido de que en los últimos tiempos, más inclinado a relajar la disciplina que a aumentar el rigor, su ánimo, cual mariposa embriagada entre aromas florales, escapaba cada vez más a menudo al deber, e iba a posarse durante horas en insustanciales ensoñaciones, tendencia esta que por aquel entonces era catalogaba como “ de una total caradura" y que probablemente a día de hoy tenga algún diagnóstico con nombre y apellidos y su correspondiente terapia.

Y con esa misma actitud desvergonzada y paradójicamente no exenta de remilgos, aunque, dicho sea de paso, más bien estéticos, Casimiro correspondía con una coquetería fuera de lugar a las miraditas juguetonas y a las sugerentes sonrisas de la pelirroja germana, como si sus tres acompañantes de mesa no estuvieran allí.

Pero lo que mantenía a Garza “pegada” al taburete como si se hayara en la primera fila del cine pese a que de la Coca cola solo quedaba la rajita del limón, era su total incomprensión ante el comportamiento de Pepa que actuaba como si aquello no estuviera ocurriendo, como cuando alguien en shock no asume la repentina alteración de su realidad . Sin embargo, como contrapunto a dicha actitud, Conchi y Jose asistían escandalizados a la pequeña trama, si bien en tanto que éste no lo traslucía, manteniendo una expresividad neutra propia de su opaca personalidad, Conchi cuya transparencia extrema hacía de su rostro un calco exacto de su sentir, reprimía a duras penas un monumental cabreo como si fuera ella misma la agraviada.

Y es que Pepa cuya adoración por los niños había motivado su reciente licenciatura en Magisterio, era la sencillez personificada, sentía hacia Casimiro la admiración de quien tiene “nublada” la percepción por exceso de sentimientos y atribuye al objeto de su devoción virtudes inexistentes, y aquella ingenuidad se reflejaba con plena coherencia en un físico de lo más naif que le asemajaba a un dibujo animado insuflado de vida, una Heidi adulta con gafas de aumento, encarnada en un metro sesenta.

Esta inocencia innata en Pepa actuaba como un resorte que activaba en su amiga Conchi, cuya dulce belleza rebosaba desde su interior “desbordándose” a borbotones sobre el rostro, una responsabilidad protectora de hermana mayor a pesar de ser las dos de “la misma quinta”. Pero esta vez su exasperación llegaba a tal grado que deformaba la gracilidad de sus rasgos y ya iba a saltar cuando la discordante altisonancia de la carcajada de Frida la desubicó. Y es que “Mudito”, precedido del silencioso tintineo de sus bucles pelirrojos, revoloteaba con aire guasón alrededor de la alemana provocando su risa al hacer la gracia de que bailaba, a pesar de que era sordo de nacimiento y no podía escuchar la música, que ya empezaba a sonar en la pequeña discoteca, albergada en las entrañas del local como un recóndito útero inseminado de sonoras y etílicas emociones , embrionario de las historias más dispares.

A pesar de que, recien llegada de Alemania solo le conocía de vista, lo cual no era difícil en un pueblo tan pequeño, Frida unió su alegría, único legado de su madre, una emigrante española, a la del improvisado bailarín, amagando junto a él un “vals” de lo más gamberro a un son un tanto arrítmico, del tema de los Burning “¿Qué hace una chica como tú en un sítio como éste?”, en el que Frida parecía ser la “mujer fatal” protagonista de la canción, huída por un momento de sus acordes y materializada en la sala.



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En el texto hay: amor y humor

Editado: 27.09.2026

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