Castillos de arena

1.1

Al día siguiente, solo una idea me mantenía en pie: esto pronto se acabará. Me aferré a ella cuando subí a la cubierta del yate privado, rodeada de otras chicas. Me aferré aún más fuerte cuando vi, cara a cara, a David Markov en persona. Y recé para que la misión terminara cuanto antes, mientras soportaba su mirada escrutadora. Por un segundo, creí que me había reconocido. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, instándome a tomar el arma.

Nos habíamos cruzado antes. Varias veces. O mejor dicho: él me había visto. Yo a él, nunca. La primera vez fue cuando patrullaba en el museo. Las demás, él observaba desde lejos cómo yo intentaba, sin éxito, tenderle una trampa. Se envalentonó tanto que empezó a burlarse: cada vez que desaparecía una joya, dejaba en su lugar una caja de cupcakes. Una forma de reírse en mi cara: la gordita de la poli no puede atraparme.

Cuando me retiraron del caso, caí en una depresión. El “síndrome de la alumna ejemplar” me devoraba por dentro. Adelgacé de puro estrés. Y fue esa misma delgadez la que me devolvió las ganas de vivir. Un día, al probarme ropa, noté que todo me quedaba enorme. Fui de compras, luego al salón de belleza, donde pasé de ser una morena apagada a una rubia llamativa. Después, al oftalmólogo. Gracias a una cirugía láser, dije adiós a mis gafas de culo de botella. Con nueva imagen y nuevas fuerzas, me entregué al trabajo con el doble de intensidad. Trabajo—dormir—trabajo. Ese era mi único ritmo. Nada de vida personal. Ni pasatiempos. Solo una meta clara y directa. Así que, cuando Markov volvió a aparecer, era obvio que yo era la mejor candidata para atraparlo.

Conteniendo el impulso de romperle la cara, tomé una copa de champán y me acerqué a la barandilla, fingiendo que disfrutaba de la brisa marina. No, no me había reconocido. Miraba a las otras chicas con la misma intensidad. Solo estaba comprobando si la agencia había cumplido con su pedido.

—Agente Bikini —escuché en el auricular—. ¿Me copias?

—Ya estamos en aguas abiertas, pero los compradores aún no están a bordo. Supongo que llegarán más tarde.

—Entendido. Mantennos informados.

Andrii se cayó justo a tiempo. El dueño del yate se acercaba. Forcé una sonrisa y me giré hacia él.

—¡Es mi primera vez en un yate! —solté, fingiendo ser una ingenua, tratando de ocultar los nervios—. ¿Es suyo?

—Mío. Igual que tú, mientras estés aquí.

—Claro…

—¿Cómo te llamas?

Cybulyak Hanna Mykolaivna. Pero no nací ayer.

—¿Y tú cómo quieres que me llame?

—Mmm… Hoy serás Casey —ronroneó, mientras sus manos enormes se dirigían sin vergüenza hacia mi cintura. Cerdo.

No sé de dónde saqué la fuerza para no patearle los huevos. Apretando los dientes, le permití abrazarme.

—Las demás chicas… se van a poner celosas.

—Que se unan —rio Markov, acercando su nariz a mi cuello.

Solo podía rezar para que Andrii no dijera nada por el auricular. Bastante tenía ya.

—Qué idea tan… tentadora —susurré, soltándome con elegancia de su abrazo.

—Lástima, tendré que posponer nuestros planes. Pero no por mucho —añadió, apartándose. Se llevó unos binoculares a los ojos y sonrió con satisfacción. Entrecerré los míos y por fin distinguí un pequeño punto oscuro acercándose. ¡El comprador! Por fin. —Tengo que atender unos asuntos. Luego volveré.

—Te esperaré ansiosa.

Markov me dio una palmada en el trasero, dejándome roja como mi bikini. Eso no se lo perdono. Lo juro por Dios, este canalla pagará por todo.

—Andrii… ¡Maldición, Andrew! —susurré—. ¿Me copias? ¿Andrew?

Silencio. Seguro que estábamos demasiado lejos de la costa. Bueno, no importa. Puedo arreglármelas sin su voz chillona en el oído.

Me reuní con las chicas que movían las caderas con despreocupación al ritmo de la música electrónica. Una rubia explosiva y una pelirroja de escándalo… parecían salidas de la portada de Playboy. ¿Por qué demonios Markov se pegó a mí? ¿Habrá sentido en el alma que soy de su misma tierra?

Saqué el teléfono y fingí hacerme una selfie con el mar de fondo. En realidad, empecé a grabar justo cuando una lancha se detuvo al lado del yate y dos hombres subieron por la escalerilla. Markov los saludó con cautela. Seguro él también temía que algo saliera mal. No era para menos: vender una pectoral robada no es tan fácil como vender pantuflas por Amazon.

Tomé algunas tomas para identificar los rostros de los socios de Markov, pero tuve que guardar el móvil enseguida. En un abrir y cerrar de ojos, ya estaban a mi lado.

—David, ¿las chicas vienen incluidas con el producto? —preguntó uno de ellos, burlón.

—Un bonito extra, si la colaboración es de mi agrado —asintió Markov.

Asco. Me dio lástima por mis “compañeras”. ¿Qué tan bajo tiene que caer una persona para convertirse en juguete de tipos como estos?

Los hombres se encerraron en una de las cabinas. ¡Mierda! Tenía que grabar la entrega… ¿Cómo voy a colarme sin que me vean?

En silencio, me acerqué de puntillas a la puerta, pegándome a ella con todo el cuerpo, intentando descifrar lo que decían. La música y el rumor de las olas lo hacían casi imposible. Se alzaban y rompían en miles de gotas contra el casco, como si supieran que yo las necesitaba calladas solo un momento.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.