Cazadores de Leyendas - Los Hijos de la Ruina

Capitulo 6

“No se puede combatir lo que no se comprende. Un cazador debe estudiar las antiguas leyendas, conocer los símbolos y aprender a leer las señales del mundo oculto.”

― Cyrene Evander

La abuela Cyrene era una mujer de una presencia que imponía silencio en cualquier habitación. Aquella mirada profunda y su porte erguido no dejaban lugar a dudas: su simple presencia inspiraba respeto, admiración, y a veces, un ligero temor. No importaba si la conocías o no; su figura era de una autoridad que todo el mundo reconocía.

Su porte erguido y sus pómulos marcados por los años otorgaban a su rostro una nobleza indiscutible, mientras que sus ojos de gris acero emanaban una fuerza casi palpable. Sus cejas altas y bien delineadas realzaban la intensidad de su mirada, que a menudo parecía atravesar a las personas, y sus labios, de grosor moderado, completaban una armonía perfecta que solo una mujer de su estampa podría llevar con tanta naturalidad.

Sin embargo, lo más atrayente de la abuela Cyrene era su temperamento firme, su voluntad decidida, la seguridad con la que se movía y hablaba. No había duda. Era la persona indicada para prepararlos a sus nuevas vidas.

Aquella mañana les había hecho levantar temprano y ellos no habían tenido objeción, no querían molestarla más de lo que ya la habían molestado. Tomaron el desayuno en silencio y a la expectativa de lo que su abuela les diría, había sido clara el día anterior con que seguirían entrenando les gustara o no.

_ ¡Apresúrense! _ Les dijo la abuela levantándose de la mesa. _ Vamos a salir.

Los jóvenes se miraron, desconcertados. Pero no necesitaron que la abuela repitiera la orden. Diana y Chase se levantaron casi al mismo tiempo, como si una señal invisible los empujara. En silencio, caminaron hacia el perchero, tomaron sus chaquetas y gorros, y se prepararon para salir. Solo Jasper permaneció en la mesa, sorbiendo su café con calma, como si nada hubiera cambiado, como si el mundo entero pudiera esperar hasta que él terminara su taza.

Diana lanzó una mirada rápida a Chase. No dijeron nada, pero sus expresiones hablaban por ellos. Sabían que algo estaba por suceder. Podían sentirlo en el aire, como una presión invisible que se acumulaba antes de la tormenta.

Desde el otro extremo de la sala, Cyrene lo notó también. Frunció el entrecejo y golpeó el suelo de madera con la punta de su bastón. El sonido seco reverberó como un eco en la cocina.

—¿No me escuchaste? —dijo en tono severo, su voz cargada de esa firmeza que rara vez admitía réplica.

Jasper levantó la vista lentamente. Su mirada se encontró con la de la abuela y, por un instante, el mundo pareció detenerse. Sus ojos, normalmente claros y serenos como el vidrio, parecían más oscuros, casi líquidos, como si contuvieran algo que no pertenecía del todo a un niño de su edad.

A Cyrene se le cortó la respiración. Sintió cómo un frío sutil le recorría la espalda. La intensidad de esa mirada la atravesó como una lanza invisible. Nunca antes había sentido algo semejante. Era como si, en ese instante, no fuera él quien la miraba. Como si una presencia antigua y poderosa la estuviera examinando desde dentro de su propio nieto.

Y entonces, con la misma facilidad con la que una sombra se disipa bajo el sol, los ojos de Jasper volvieron a aclararse. El brillo familiar, la calidez infantil y ese gesto inocente regresaron a su rostro como si nada hubiera pasado. Sonrió con amabilidad, dulce, casi travieso.

—Disculpa, abuela —dijo con tono alegre, mientras se ponía de pie—. Solo quería terminar mi café. Ya estoy listo.

Cyrene no respondió. Observó en silencio cómo el niño se ponía su chaqueta y caminaba hacia la puerta, con la ligereza de quien no carga secretos. Pero la anciana lo siguió con la mirada, inquieta. Algo había cruzado por esos ojos verdes, algo que no era completamente humano. Y aunque Jasper volvía a sonreír como siempre… ella ya no lo miraría igual.

Los tres caminaron detrás de la abuela por el sendero húmedo del parque, en completo silencio. El crujido de las hojas bajo sus botas y el canto lejano de los cuervos eran lo único que rompía la quietud.

Chase, siempre atento, se acercó un poco más a Jasper, bajando la voz casi hasta convertirla en un susurro.

—Lo volviste a hacer —murmuró con cautela, cuidando que la abuela no los escuchara.

Jasper giró el rostro, frunciendo el ceño.

—¿Hice qué? —preguntó, confundido—. ¿Volver a hacer qué?

Diana, que venía unos pasos detrás, estiró el brazo y rodeó con suavidad los hombros de su hermano menor, atrayéndolo hacia ella en un gesto protector y tierno. Lo abrazó mientras continuaban caminando, sin apartar los ojos del sendero.

—Ya sabes… —susurró con voz baja, apenas audible—. Esa cosa que a veces haces. La mirada. La que asusta a la gente.

Jasper se pasó la mano por la cabeza, aún más desconcertado, como si no supiera de qué hablaban. Bajó la vista y murmuró con cierto tono de culpa:

—No me di cuenta… ¿Ustedes también se asustan?

Chase negó de inmediato, sonriendo con suavidad. Se inclinó un poco para mirar a Jasper de frente, buscando su mirada bajo esos rizos rebeldes.

—Claro que no, tontito —dijo con afecto—. Nosotros te amamos tal y como eres. Las dos versiones de ti. Pero tienes que tener cuidado… creo que la abuela se asustó.




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