Charlotte X Giulia

Capítulo 19. — Sin tocarte.

Charlotte terminó de acomodarse la bata con movimientos lentos, todavía incómodos, todavía conscientes de cada parte de su cuerpo, cuando el sonido de la puerta interrumpió el silencio del apartamento. No fue un golpe fuerte, pero fue suficiente para tensar el aire, y ambas levantaron la mirada al mismo tiempo.

Giulia no necesitó preguntar.

Lo vio.

Vio cómo la respiración de Charlotte cambiaba apenas, cómo sus ojos se abrían un poco más de lo necesario, cómo esa alerta volvía a instalarse en su cuerpo sin pedir permiso, como si cualquier interrupción fuera una amenaza potencial.

Y reaccionó antes de que escalara.

Se movió de inmediato, cruzando la habitación con rapidez contenida hasta la puerta, abriéndola lo justo para salir y cerrarla detrás de sí sin hacer ruido.

Del otro lado, una de las enfermeras la esperaba.

—Sra. Queen —dijo en voz baja, respetuosa—. La señorita Sophia está en el estar… preguntó si podía verla.

Giulia asintió apenas.

—Gracias. Yo me encargo.

No dio más indicaciones.

No hacían falta.

Caminó directo hacia el estar, y apenas cruzó el umbral, Sophia ya estaba de pie, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento, y no le dio tiempo a nada más.

Se lanzó sobre ella.

La abrazó con fuerza.

Sin medir.

Sin contenerse.

Y Giulia, por primera vez en horas, en días, no sostuvo el gesto desde la calma ni desde el control, lo recibió de verdad, cerrando los ojos un segundo, aferrándose a ese abrazo como si lo necesitara más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Y lo necesitaba.

Cuando Sophia se separó, no lo hizo del todo, mantuvo las manos sobre sus brazos, mirándola con urgencia.

—¿Cómo está? —preguntó de inmediato—. ¿Está más tranquila? ¿Puedo verla?

Las palabras salían rápido, atropelladas, y antes de que Giulia pudiera responder, Sophia levantó lo que llevaba consigo, mostrándoselo casi como una justificación.

—Le traje esto… —dijo, enseñando un ramo de flores de colores vivos, una caja de bombones y un libro—. No sabía qué más… el de la librería dijo que esto podía gustarle —añadió, encogiéndose de hombros al mostrar el libro—, es de economía… o algo así.

Giulia no sonrió, pero la miró con una suavidad distinta.

—¿Has estado sola por la ciudad? —preguntó entonces, con un tono que ya no era solo de cuñada, sino de alguien que evaluaba, que necesitaba saber.

Sophia negó de inmediato.

—No. Papá me puso un chofer… y estoy bastante segura de que Stefani aún no lo sabe, pero ya noté a uno de sus guardaespaldas siguiéndome —dijo, rodando los ojos con una mezcla de molestia y resignación—. Está paranoico.

Giulia la observó un segundo más.

Sophia no esperó a que Giulia preguntara nada, porque lo traía contenido desde que había llegado, y en cuanto se sentaron en el sofá, con ese silencio pesado instalándose entre ambas, lo soltó como pudo, sin orden, sin filtro, pero con una claridad emocional que no necesitaba estructura.

—Papá enloqueció —dijo, bajando la mirada un segundo antes de continuar, como si todavía le costara procesarlo—. Estaba tomado… demasiado. Tiró una estatua a la piscina, rompió varios vasos… y si mamá no le quita el bate, destruye la casa completa.

Hizo una pausa breve, no dramática, sino necesaria, como si recordar esa escena le pesara más de lo que quería admitir.

—Lloraba… —añadió después, más bajo—. Como un niño.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí distinto, más denso, más lleno de cosas que ninguna de las dos estaba lista para nombrar en voz alta.

—Fue una noche difícil.

Giulia no respondió de inmediato, no porque no tuviera nada que decir, sino porque entendía que ese tipo de relato no necesitaba respuesta inmediata, sino espacio.

Y entonces Sophia levantó la mirada, sosteniéndola con más intención.

—Lo que me hace pensar… —continuó, midiendo ahora sus palabras con más cuidado— que no fue solo un robo. —La expresión de Giulia cambió apenas, lo suficiente para que Sophia lo notara, y sostuvo esa mirada un segundo más, como si intentara leer en ella algo que no estaba siendo dicho.— Y que no me están contando todo.

Giulia no apartó los ojos, pero tampoco confirmó nada, no porque quisiera mentirle, sino porque entendía que había cosas que Charlotte aún no estaba lista para que existieran fuera de su propio control.

Se limitó a tomar su mano y apretarla con firmeza, anclándola.

—Sabes lo necesario, cariño.

No fue evasión.

Fue contención.

Fue límite.

Sophia no insistió, pero lo entendió, no del todo, no con claridad, pero sí lo suficiente como para no empujar más en ese momento.

Giulia aprovechó ese pequeño espacio para redirigir la conversación, no como evasión, sino como una forma de proteger lo poco estable que había en ese instante.

—¿Stefani ya sabe algo? —preguntó, con un tono más práctico.

Sophia negó.

—No le conté… pero sabe que es raro. Que no aparecieran esa noche no es normal. ¿No ha llamado…? —hizo una mueca leve, encogiéndose un poco de hombros— creo que está fingiendo prudencia, pero no me sorprendería que aparezca por esa puerta en cualquier momento.

El comentario quedó suspendido un segundo, pero ninguna de las dos lo sostuvo más de lo necesario.

Sophia soltó el aire, como si decidiera dejar ir ese tema, y cuando volvió a mirar a Giulia, su expresión ya no era la misma, había algo más suave, más vulnerable, más cercano a la niña que todavía era en ciertos momentos.

—¿Puedo verla? —preguntó entonces, con una timidez que contrastaba con todo lo anterior—. Solo… darle esto.

Levantó un poco las flores, la caja de bombones y el libro, como si necesitara justificar su presencia, como si eso hiciera más fácil que le dijeran que sí.

Giulia dudó, apenas un segundo, pero Sophia lo notó.

—Está en la tina —respondió finalmente—. Va a tardar un poco.




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