El robo de la bicicleta
El teléfono sonó a las diez de la mañana.
Calsetín estaba acostado en un sillón viejo, con los pies encima de una caja de zapatos y una bolsa de papas abierta sobre el pecho. Choro, sentado frente a una computadora que tardaba más en prender que en apagarse, intentaba ver un video de cómo convertirse en detective privado.
—¡Contesta, pendejo! —gritó Choro sin quitar los ojos de la pantalla.
—¡Pues contesta tú!
—¡Soy el jefe!
Calsetín estiró perezosamente el brazo y agarró el teléfono de pasta vieja.
—Bueno.
—¿Hablo con la agencia de detectives?
Calsetín se incorporó de golpe, tirando migajas al suelo.
—Sí, señora. ¿Qué se le ofrece?
—Necesito que me ayuden. Me pasó algo muy feo.
Calsetín miró a Choro con los ojos abiertos.
—Jefe, tenemos un caso.
Choro se quitó los lentes oscuros, dándole dramatismo al momento.
—¡Pásamela!
Calsetín le arrebató el auricular y se lo puso cerca.
—Buenos días, señora. Habla el detective Choro, jefe de operaciones especiales de la agencia.
—¿Operaciones especiales?
—Así es. ¿Cuál es la emergencia?
—Me robaron la bicicleta de mi hija.
Choro guardó silencio.
Miró a Calsetín. Calsetín lo miró a él.
—¿Una bicicleta? —preguntó Choro, frunciendo el ceño.
—Sí, joven. Una bicicleta.
—¿De qué marca?
—No sé.
—¿De qué color?
—Azul.
—¿Azul marino, azul cielo, azul eléctrico o azul turquesa?
La señora se quedó callada al otro lado de la línea.
—Pues azul normal.
Choro se levantó de la silla con aire profesional.
—Entiendo. ¿La bicicleta contaba con algún sistema de rastreo satelital?
—No.
—¿Cámara de seguridad integrada?
—No.
—¿Algún dispositivo de reconocimiento facial?
—¡Era una bicicleta, joven!
Choro se aclaró la garganta, imitando a un inspector de película policiaca.
—Disculpe, señora. Son protocolos de rutina. Necesitamos conocer todos los detalles del objeto sustraído.
—¿Objeto sustraído?
—La bicicleta, señora.
—Ah, sí.
Choro comenzó a caminar de un lado a otro de la oficina polvorienta, con el cable enredado en el brazo.
—¿Cuándo ocurrió el robo?
—Ayer.
—¿A qué hora?
—Como a las cinco de la tarde.
—¿Quién fue el último en verla?
—Mi hija.
—¿Y quién fue el primero en notar su desaparición?
—También mi hija.
—¿Su hija es testigo ocular?
—¡Pues claro! ¡La bicicleta era de ella!
Choro levantó un dedo con solemnidad.
—Calsetín, anota: tenemos una testigo ocular clave.
Calsetín empezó a buscar una libreta entre las cajas de comida grasientas que decoraban el escritorio.
—¿Dónde diablos dejé la libreta?
—¡En tu mano, pendejo!
—Ah, sí.
Choro retomó la llamada.
—Señora, vamos a necesitar su domicilio exacto para la inspección forense.
—Vivo aquí en la Gustavo A. Madero, por la calle de—
—No me diga más. Nuestra unidad móvil se encuentra a cuatro calles de su ubicación.
—¿De verdad?
—Tenemos cobertura táctica en toda la alcaldía.
Choro colgó con elegancia militar.
—¡Calsetín, aliste el equipo!
—¿Cuál equipo?
—¡El de detectives, carajo!
Los dos salieron disparados de la oficina.
La casa de doña Chole estaba efectivamente a cuatro cuadras.
Choro llegó caminando con paso firme y los lentes oscuros bien puestos. Detrás de él venía Calsetín, cargando una mochila negra que tenía un agujero alarmante en la parte de abajo.
—Jefe, se están saliendo las cosas.
—¿Qué cosas?
—Las cosas de la mochila.
—¡Pues agárralas con dignidad!
Calsetín intentó acomodar los chunches mientras caminaba a tropezones.
Llegaron frente a una fachada de dos pisos, con una puerta de metal verde descarapelada y una maceta rota flanqueando la entrada.
Choro tocó el timbre con dos golpes secos.
Una mujer de unos cincuenta años abrió la puerta con desconfianza.
—¿Ustedes son los detectives?
Choro se acomodó los lentes con dos dedos.
—Detective Choro. Jefe de operaciones.
—Y Calsetín, el especialista —agregó el ayudante asomando la cabeza.
—¿Y por qué traen esa mochila toda rota?
—Es equipo táctico de infiltración, señora —respondió Choro sin parpadear.
Doña Chole los escrutó de arriba abajo con la ceja levantada.
—Pásenle, a ver qué ocurrencias traen.
Entraron a la sala. Olía a frijoles de la mañana; había un sillón café con un resorte botado, una mesa cubierta con un mantel de plástico floreado y una televisión de caja que transmitía un programa de chismes a todo volumen.
Choro sacó su libreta arrugada y un bolígrafo sin tapa.
—Bien, señora. Necesitamos reconstruir los hechos con precisión quirúrgica.
—¿Cómo dice?
—La escena del crimen.
—¿Cuál crimen, muchachos?
—El robo de la maldita bicicleta.
Doña Chole parpadeó, resignada.
—Ah, sí.
Choro se puso de pie de un salto.
—Calsetín, prepárate. Vamos a necesitar la cinta perimetral, el kit de huellas y la cámara forense.
Calsetín abrió la mochila y metió la mano. Sacó un rollo de cinta adhesiva de color amarillo brillante.
—¿Esta sirve, jefe?
Choro la inspeccionó con ojo crítico.
—Es cinta de aislar de ferretería.
—Pero es amarilla.
—¡No seas pendejo, eso no impresiona a la ley!
Doña Chole se cruzó de brazos, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
—Oigan, ¿se puede saber qué pendejada están haciendo en mi sala?
—Vamos a marcar el perímetro forense de la escena del robo —explicó Choro con total seriedad.
Salieron al pequeño patio de concreto.
Choro comenzó a enrollar la cinta amarilla alrededor de una maceta solitaria. Calsetín hizo lo propio amarrándola del picaporte de la puerta.
—Jefe, ya quedó blindado.
—Perfecto. Ahora busquemos las huellas dactilares o de calzado del sospechoso.
Calsetín se agachó y pegó la nariz al piso de cemento gris.
—¡Aquí hay unas!
—¿Qué clase de huellas son?
—De tenis piratas.
Choro se acercó con sigilo.
—¡No las respires! ¡Aléjate!
Calsetín levantó la cabeza, asustado.
—¿Por qué?
—¡Porque son evidencia biológica!
En ese momento, doña Chole abrió la puerta del patio con fuerza.
—¡Oigan, par de idiotas! ¿Qué demonios creen que hacen?
Choro se enderezó, ajustándose el cuello de la camisa.
—Estamos peinando la zona del atraco, señora.
—¡Pero si la bicicleta se la robaron ayer en el mercado de la Juárez!
El silencio cayó sobre el patio. Los grillos imaginarios empezaron a sonar.
Choro se quitó lentamente los lentes oscuros.
—¿En el mercado?
—¡Sí, en el mercado, imbéciles! Mi hija fue a surtir la despensa y cuando salió por los aguacates, la bicicleta ya no estaba en el portabultos.
Calsetín miró a Choro con los ojos muy abiertos. Choro miró a Calsetín con cara de póker.
—¿Y por qué carajos no nos dijo eso desde el principio? —reclamó Choro, indignado.
Doña Chole abrió los ojos con incredulidad y soltó una carcajada seca.
—¡Pues porque ustedes pinches monos ni siquiera me preguntaron dónde fue!
Choro cerró la libreta de un golpe seco.
—Calsetín, levanta el perímetro inmediatamente.
—¿Todo, jefe?
—¡Todo, pendejo! ¡Nos mudamos de jurisdicción!
Calsetín arrancó la cinta de la maceta a tirones.
Doña Chole los miró con los brazos en en jarra, dudando si correrlos a escobazos.
—Miren... les voy a dar el trabajo porque mi chamaca está chillando todo el día. Pero si no me encuentran esapinche bicicleta, no les voy a pagar ni un quinto.
Choro extendió la mano con una sonrisa profesional.
—Trato hecho en nombre de la ley.
Doña Chole le estrechó la mano con recelo.
—Y más les vale que no me salgan con otra pendejada.
—Descuide, señora. La justicia nunca falla.
Calsetín se le acercó en voz baja mientras se colgaba la mochila rota.
—Jefe... ¿y ahora a dónde vamos?
Choro se puso de nuevo los lentes y señaló hacia la calle con autoridad.
—Al mercado.
El mercado apestaba a mezcla de cilantro fresco, sangre seca de carnicería, fritanga y naranjas podridas. La gente se empujaba entre los pasillos atiborrados de lonas de plástico multicolores y gritos de vendedores ofreciendo la mercancía a diez pesos.
Choro caminaba entre los puestos con la libreta en la mano, esquivando huacales y señoras con carritos de mercado.
Calsetín lo seguía de cerca, cargando la mochila al hombro.
—Jefe, ¿cómo diablos vamos a encontrar una pinche bicicleta azul entre tanta pinche gente?
—Primero se analiza el mapa mental del criminal, Calsetín.
—¿Y luego?
—Se interroga a los sospechosos potenciales.
—¿Cuáles sospechosos?
Choro se detuvo de golpe frente aun puesto repletos de jitomates maduros.
—Todos.
Calsetín miró a su alrededor y señaló a un hombre fornido que macheteaba chuletas con cara de pocos amigos.
—¿Ese?
—Podría ser el autor intelectual.
—¿Y esa señora que vende tunas?
—Cómplice encubierta seguro.
—¿Y el del carrito de tacos de suadero?
Choro lo analizó con frialdad.
—Ese es el cabecilla de la banda. ¡No lo pierdas de vista!
—¡Calsetín, deja de señalar a los locatarios con el dedo, nos van a linchar! —lo regañó Choro, dándole un codazo disimulado.
Durante una hora entera recorrieron los alrededores del mercado preguntando a gritos por una bicicleta azul normal. Nadie sabía nada, los locatarios los mandaban a volar y el calor comenzaba a pegar duro en el pavimento.
Terminaron sentados en la banqueta de una esquina, con las piernas cansadas. Calsetín se quitó la mochila y suspiró hondo.
—Jefe.
—¿Qué pasa?
—Ya vimos que no tenemos nada de herramienta profesional de alta gama.
Choro lo miró ofendido.
—¿Cómo que no?
—Pues no, jefe. No tenemos cámaras, ni rastreadores satelitales, ni chismes de espionaje, ni nada. Con pura saliva no vamos a llegar muy lejos.
Choro se quedó meditando un momento, frotándose la barbilla con suficiencia. Luego se puso de pie de un salto.
—¡Calsetín!
—¿Qué?
—¡Vamos a equipar la agencia como se debe!
Calsetín recuperó el brillo en los ojos.
—¿En dónde? ¿En una tienda táctica de la Lagunilla?
Choro sacó su celular con la pantalla estrellada.
—En Temu.
De vuelta en la base —un cuarto infames lleno de cajas de cartón, ropa amontonada y el olor rancio a sopas instantáneas—, Choro se instaló frente al monitor de la computadora obsoleta. Calsetín se recargó en su hombro.
—Jefe, ¿qué vamos a comprar para el operativo?
—Tecnología de punta para espionaje urbano.
—¿Y de cuánto es nuestro presupuesto actual?
Choro revisó los bolsillos de su pantalón y sacó dos monedas de diez pesos y un billete arrugado de cincuenta.
—Doscientos pesos cerrados.
Calsetín abrió los ojos con ilusión.
—Con eso nos alcanza para medio inventario de importación china.
Choro abrió la aplicación en el navegador web.
—Paso número uno: un dron de reconocimiento aéreo.
—¿Cuánto sale esa madre?
—Ciento treinta pesos con envío incluido.
—¡No mames! ¡Está regalado! ¿Sí vuela o nomás se cae?
—Dice la descripción que es de alta tecnología con estabilizador cuántico.
—¿Graba en cuatro K?
Choro entornó los ojos para leer las letras chiquitas de la pantalla.
—Dice que graba en cuatro K... o calidad similar que se le parezca.
Calsetín dio un aplauso emocionado.
—¡Jefe, vamos a ser los reyes de la Gustavo A. Madero! Añádelo al carrito.
—También necesitamos un micrófono direccional de espía secreto.
—¿Cuánto cuesta ese?
—Veinte pesos.
—¡Mejor que un café del Oxxo!
—Y unas gafas inteligentes con cámara oculta.
—¿Cuánto?
—Treinta pesos.
Calsetín hizo cuentas mentalmente y frunció el ceño.
—Espérese, jefe... ahí ya nos pasamos de los doscientos pesos con el IVA y el envío.
Choro miró la pantalla con desdén.
—No te preocupes por pequeñeces financieras, Calsetín. Lo ponemos a meses sin intereses con la tarjeta de débito del abuelo.
Calsetín levantó los brazos al cielo en señal de triunfo.
—¡Eso, chingada madre! ¡Así se administra una agencia de élite!
Choro dio clic en el botón rojo de confirmar pago.
La pantalla tardó cinco segundos eternos en cargar, hasta que arrojó el letrero verde:
PEDIDO CONFIRMADO.
Los dos se quedaron mirando el monitor en completo silencio, sintiendo el peso de la gloria sobre sus hombros. Choro se levantó de la silla con lentitud cinematográfica, acomodándose las solapas del saco.
—Calsetín.
—¿Qué onda, jefe?
—La verdadera operación apenas comienza.
(Y la persecución final del ladrón con el remate de las bicicletas)
Choro salió corriendo a toda velocidad detrás de la bicicleta azul que pedaleaba un chamaco despistado.
—¡Alto, maldito criminal! ¡Policía secreta!
El muchacho volteó hacia atrás y soltó una carcajada burlona mientras aceleraba el ritmo.
—¡Ustedes ni son pinches policías!
Calsetín venía resoplando detrás de su jefe, con la mochila negra rebotándole con violencia en los omóplatos y tirando folletos por el agujero.
—¡Jefe, tiene toda la boca harta de razón! ¡No somos policías!
—¡Cállate el hocico y corre, pendejo!
El muchacho dobló bruscamente en la esquina de la calle, perdiéndose entre el tráfico de microbuses.
Choro y Calsetín llegaron unos segundos después, doblados de la risa y escupiendo los pulmones.
La calle estaba completamente vacía.
La bicicleta azul se había esfumado.
Choro se quitó los lentes oscuros lentamente, con aire trágico.
—Se nos peló.
Calsetín se dobló sobre sus rodillas, respirando con la lengua de fuera.
—Jefe... ¿Y ahora qué putas hacemos?
Choro sacó su teléfono con calma olímpica.
—Vamos a buscar un rastreador satelital.
—¿En dónde? ¿En la central de inteligencia?
Choro abrió de nuevo la aplicación de Temu en el celular.
—No. En sección de ofertas relámpago de tres pesos.
Calsetín se asomó a ver la pantalla y parpadeó un par de veces.
—Oiga, jefe... ¿Y si mejor juntamos para comprar unas bicicletas de verdad?
Choro lo miró con desaprobación.
—¿Para qué carajos querríamos bicicletas?
—¡Pues para alcanzar al cabrón en chinga, pedazo de animal!
Choro guardó el teléfono en la bolsa con dignidad fingida.
—Mañana hablamos de logística de transporte.
Los dos emprendieron el camino de regreso a la oficina, arrastrando los pies bajo el sol de la tarde.
El caso apenas comenzaba.