No puedo creer que por fin me haya atrevido a hacerlo.
Cuando se lo comenté a Rúrik, se limitó a decir que era una idea pésima y que solo conseguiría que me matasen. Y tal vez tenga razón. Pero mejor morir entre aplausos que vivir en la irrelevancia, ¿no? Además, empiezo a estar cansada de actuar en su local noche tras noche. Esto no es lo que esperaba para mí. Por eso, cuando me llegó el rumor de que el Coliseo buscaba nuevos grupos para la arena, supe que era mi oportunidad.
Sé perfectamente que lo mío no es pelear, ni mucho menos. Lo mío es dar un buen espectáculo, no en vano soy una Rutkowsky. Y los Rutkowsky no hemos nacido para llevar una vida anodina.
Recorro por enésima vez la sala privada que Rúrik me ha cedido para la reunión. No es la más grande ni la más elegante del Poni Brincador, pero, por suerte, tampoco está decorada con esos cuadros equinos tan horteras que invaden el salón. Esta habitación tiene un aire tan delicado que me hace sospechar que el enano oculta un pasado del que no quiere hablar. Dioses, si hasta tiene un tocador y un precioso biombo que ya querría yo para mí.
Aunque, para eso, primero tendría que poder permitírmelo.
Bajo la vista hacia el anuncio que sostengo entre las manos. Todos mis ahorros, que no eran muchos, convertidos en papel grueso de algodón y brillante tinta azul.
“¡Atención, guerreras!
¿Tienes fuerza, agilidad y ganas de brillar en la Arena?
¿Te gusta la acción, la adrenalina y dar espectáculo?
La Legión Escarlata Rebelde de Amazonas busca luchadoras acrobáticas para formar el show más épico que haya pisado la arena del Coliseo.
Si sabes pelear, tienes espíritu de equipo y te interesan buenos ingresos extra, nos vemos el próximo sábado a mediodía en el Pony Brincador.
Preguntar por Lyra Rutkowsky.”
Legión Escarlata Rebelde de Amazonas. No puedo estar más orgullosa del nombre. ¡Tiene gancho! Aun no entiendo por qué a Rúrik le dio por reírse cuando se lo propuse. No veo nada malo en ello. Ya me imagino los carteles anunciando el espectáculo: letras doradas sobre un fondo de llamas, un grupo de mujeres temibles con mirada resuelta y, en el centro, yo, liderándolas.
Tal vez, incluso, alguien de mi familia se moleste en venir a verme alguna vez, cuando la caravana pase por la ciudad. Si es que algún día vuelve a hacerlo. Imagino que mi madre aun sigue decepcionada conmigo por marcharme. Pero a veces una tiene que seguir su propio ritmo, aunque nadie más lo comprenda.
Nadie entendió que, desde la primera vez que puse un pie en Erat, sentí como si la ciudad tirase de mí. Desde entonces, no dejé de soñar con tener un hogar fijo, calles por recorrer y una ciudad a la que llamar mía. Así que, cuando tuve edad para decidir por mí misma, dejé el circo familiar e ingresé en la escuela de bardos de Erat. Lo demás ya es historia.
Me recuesto en la silla mientras observo el reloj de la esquina. Ha pasado media hora desde las doce y todavía no ha venido nadie. Trato de no desanimarme. No es que sea impaciente… pero esperar sola en una habitación vacía pone a prueba la entereza de una estatua.
Tal vez debería salir un ratito al salón.
Desde aquí escucho que se está llenando de gente. Se acerca la hora del almuerzo y los primeros clientes, la mayoría habituales, ya deben de estar esperando. La comida del Pony Brincador es de las mejores de la ciudad, pero seamos honestos: la mayoría viene a verme a mí, a la graduada con honores por la escuela de bardos, para disgusto de ciertos compañeros que jamás reconocerán mi talento.
¡Jódete, Evans Vanseth!
Bajo la mirada hacia las maracas que descansan sobre la mesa. Odio el nudo en el estómago que se me forma cada vez que recuerdo cómo me la jugó en el examen final, cuando hizo desaparecer mi laúd justo antes de que saliera al escenario. Nunca imaginó que unas simples maracas, abandonadas en un cajón del almacén, acabarían convirtiéndose en el instrumento de mi mejor interpretación hasta la fecha.
Puede que debiera agradecérselo….
Ni en sus mejores sueños.
El murmullo del salón me saca de mi ensimismamiento asi que decido salir y ofrecer alguna canción a los comensales. Las cervezas no se pagan solas y tanta espera me està dando sed.
Me dispongo a salir, no sin antes comprobar en el espejo que estoy lo bastante presentable. Una se debe a su público y eso requiere dedicación. Aunque hoy no me he vestido para impresionar a los clientes de Rúrik, sino a las mujeres que espero ver entrar por esa puerta.
Encontrar el conjunto perfecto no ha sido fácil. Al final he tenido que tomar prestada una armadura de cuero tachonado del atrezo de la escuela de bardos. Me siento bastante rara enfundada en ella, como si llevara un disfraz. Al menos es ceñida, cosa que me encanta, aunque resulta demasiado discreta en lo que a mostrar piel se refiere. Claro que esa es precisamente su función, pero este estilo no va conmigo.
Nada que no tenga arreglo.
Por suerte, el frontal del peto tiene unos botones que sirven para ajustar la presión en el pecho. Tal vez, si los aflojo un poco, consiga aliviar esta sensación de ahogo y, de paso, asomar algo de escote. Lo justo para alegrarle la vista a algún parroquiano con los bolsillos llenos.
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Editado: 26.10.2026