Kyra
El viento en la cima de la montaña de los Antiguos no era aire, era una navaja de hielo que me rebanaba los pulmones con cada bocanada.
Había dejado el auto al pie de la montaña atascado tres kilómetros atrás, cuando las llantas patinaron contra la primera rampa de piedra gris. Subí el sendero sagrado destrozando mis tacones de diseñador contra las rocas volcánicas, ignorando el frío que calaba las costillas a través de la tela del sastre azul marino. Mi moño perfecto se había deshecho hacía rato, los mechones de cabello se me pegaban a la cara, empapados por la aguanieve que caía del cielo plomizo. En este páramo, las leyes de los hombres no eran más que cenizas.
Cuando mis piernas, temblorosas por el esfuerzo y el frío metabólico, me llevaron finalmente al borde del Círculo de Sangre, el corazón se me detuvo.
Draven estaba allí.
El Alfa de la costa este, el hombre que movía los hilos de los puertos y las aduanas con un solo movimiento de ceja, estaba de rodillas en el centro del basalto desgastado. Tenía el torso desnudo, expuesto a la ráfaga helada. A su alrededor, las vendas de lino que Farid le había colocado yacían esparcidas como jirones de una bandera derrotada, teñidas de un rojo tan oscuro que parecía negro. Desde mi distancia, el olor a ozono, a pino quemado y a sangre caliente me golpeó la nariz, activando un resorte atávico en mi propio pecho.
Él no se movió. Tenía las palmas apoyadas en la piedra sagrada y la frente pegada al suelo, en una postura de agonía que jamás le había visto a un ser de su estirpe. Las tres marcas de garras en sus costillas izquierdas supuraban un fluido denso, los bordes, quemados por la plata de Chelsy, devoraban su carne sin que su sistema de regeneración moviera un solo milímetro para detenerlo. Su lobo estaba apagado. Se estaba dejando morir.
Crucé el perímetro del círculo de basalto. Mis pasos, antes firmes ahora eran torpes sobre la roca resbaladiza. Al romper la línea del altar, Draven tensó los hombros. Los músculos de su espalda, marcados por cicatrices antiguas, se contrajeron.
Al quedar a su altura, la densidad de su debilidad me golpeó como un impacto físico. Tenía los labios partidos y la piel grisácea, cubierta de una fina capa de escarcha. Sus ojos grises, siempre tormentosos y dominantes, me miraron de reojo, nublados por el delirio de la infección de plata.
Intenté tocarle el hombro, pero él se apartó milimétricamente, un espasmo de dolor cruzándole el rostro.
Acerqué mis manos a la herida de sus costillas. El calor que emanaba de la carne abierta contrastaba con el hielo de la cima. Mis dedos temblaban. La pasta de ceniza de pino se había disuelto y el veneno de la plata brillaba con un matiz violáceo en el fondo del desgarro.
Draven soltó una risa seca, un sonido amargo que terminó en un quejido ahogado. Apoyó el peso en una sola mano y giró el rostro hacia mí, obligándome a sostenerle la mirada. A esa distancia, pude oler la culpa que lo consumía, una fragancia amarga que no comprendí del todo pero que se filtró en mis propias venas.
Mis manos se congelaron a milímetros de su piel.
El aire pareció succionarse del Círculo de Sangre. El suelo bajo mis pies se volvió inestable. Su luto. Un heredero. Él no estaba hablando de la soberanía de la manada, ni de las penalizaciones millonarias que me había impuesto para retenerme antes.
Draven lo sabía.
El expediente militar, la ambulancia federal, la camilla barata donde me habían dejado vacía mientras él se emborrachaba de orgullo en la ciudad… todo lo que yo guardaba bajo llave en la caja metálica gris acababa de estallar entre nosotros, dispersándose en la niebla del norte.
El muro de hielo que me había construido con tanto esmero durante meses no se agrietó, se desplomó por completo, dejándome expuesta, desnuda y desarmada en mitad del altar ancestral de sus antepasados.