Draven
El silencio que siguió a mis palabras pesaba más que el basalto sagrado del altar.
Había soltado la verdad. El veneno que Farid había desenterrado de los servidores humanos ya no estaba solo en mis venas, ahora flotaba en la niebla plomiza de la cima, tiñendo el aire de un color de tragedia. Miré de reojo a Kyra, esperando el impacto definitivo. Esperando que se pusiera de pie, que recogiera los jirones de su orgullo y se marchara para siempre al lugar donde mis ojos grises jamás pudieran alcanzarla. La había desarmado, sí, pero al hacerlo había violado el único territorio donde mi imperio no podía pisotearle, su secreto. Su dolor.
Un espasmo violento me recorrió el costado izquierdo, arrancándome un gruñido sordo que rebotó en las rocas volcánicas.
La plata de Chelsy estaba ganando la guerra interna. Con mi lobo acurrucado y temblando en los confines oscuros de mi conciencia, las tres marcas de garras se sentían como tres carbones encendidos clavados directamente en el pulmón. Sentía los bordes de la herida endurecidos, necrosados, un frío metálico que contrastaba con la fiebre ardiente que me hacía vibrar las costillas. Sabía perfectamente cómo funcionaba la biología de mi estirpe, sin el lazo, sin la aceptación de la Luna, el Alfa no era más que un trozo de carne esperando el hacha. Estaba listo para que ella me diera el golpe de gracia con su desprecio.
Sin embargo, el golpe no llegó.
A través de la bruma de la fiebre, escuché el crujido de la aguanieve. Kyra no se levantó. Se quedó allí, de rodillas sobre la piedra rústica, con las manos suspendidas a milímetros de mi torso desnudo. Sus ojos, siempre fríos y calculadores como los balances de Nova, se abrieron con una fijeza espantosa. El color se le había retirado del rostro por completo parecía una estatua de sal tallada por el viento. Su armadura que con tanto esmero blindaba su cuerpo de mis garras, parecía de pronto demasiado grande, demasiado frágil para la inmensidad del Círculo de Sangre.
Apreté las palmas contra el basalto, intentando incorporar el torso para no obligarla a mirar a una bestia arrastrada, pero el dolor me devolvió al suelo con una punzada que me nubló la vista por un segundo completo. Gotas de sudor frío se mezclaron con la escarcha de mi frente.
La bestia en mi interior soltó un lamento sordo, un eco atávico de pura debilidad. El olor a culpa me envolvía, denso y amargo como el pino quemado.
Cerré los ojos, esperando la bofetada, el muro final de hielo, la confirmación de que me odiaba lo suficiente como para dejarme morir en mitad de la montaña de los Antiguos. La plata seguía devorando mi carne, hundiéndose hacia el corazón, pero el verdadero veneno, el que me estaba matando en vida, era la certeza de que mi propia ignorancia había completado la destrucción de mi Luna.