Kyra
Las palabras de Draven cayeron sobre el Círculo de Sangre con el peso muerto de una avalancha.
Escucharlo nombrar la ambulancia, el cinturón, la camilla... fue como si una mano invisible me metiera los dedos en la herida del vientre y me la abriera de golpe en mitad de la tormenta. Todo el dolor que había enterrado bajo los balances, toda la agonía que había escondido en la caja metálica gris, quedaba ahora al descubierto, congelándose bajo el cielo plomizo de la montaña. Mi mente, acostumbrada a la precisión de los números, se quedó en blanco. No había gráficos ni contratos que pudieran procesar la imagen de este Alfa colosal, destrozado por la fiebre y la culpa, humillándose a mis pies sobre el basalto ancestral.
Una furia sorda, mezclada con un dolor punzante, me encendió la sangre.
Miré las tres marcas de garras en sus costillas. El fluido denso seguía brotando, negro, necrosado por la plata. Su piel grisácea y el temblor de sus hombros me recordaron que el tiempo se estaba agotando. Si Robert bajaba del norte y encontraba a la manada Amarok sin su Alfa, la matanza sería inevitable. Y peor aún, la conexión biológica que tanto me había esforzado por reprimir comenzó a tironear de mi propio pecho, una náusea violenta, un pánico animal que me gritaba que el hombre frente a mí se estaba apagando.
Apreté los dientes, tragándome las lágrimas de rabia. Me acerqué más, arrodillándome directamente sobre los jirones de lino ensangrentados.
Extendí las manos. Mis dedos, congelados por el aguanieve, tocaron finalmente la carne ardiente de sus costillas.
El impacto biológico fue inmediato. Un chispazo de energía atávica me recorrió los brazos, haciéndome jadear. Al sentir mi contacto, el cuerpo de Draven se tensó por completo, y un jadeo ronco escapó de sus labios partidos. Forcé la conexión, obligué a mi propio sistema, a la Luna que mi sangre se negaba a aceptar en los papeles, a abrir los canales de energía hacia su herida. El lazo biológico, latente y furioso, despertó. Vi cómo la pasta de ceniza y la sangre negra comenzaban a reaccionar; los bordes necrosados por la plata soltaron un vapor tenue y el flujo espeso empezó a aclararse, volviéndose del rojo brillante de un Alfa. Su lobo interno dio un débil pero perceptible soplido de alivio en su conciencia.
Mantuve mis manos firmes sobre su costado, sintiendo cómo el calor de su regeneración regresaba lentamente, consumiendo mi propia energía en el proceso. Lo miré fijamente a los ojos grises, que comenzaban a recuperar su brillo tormentoso a través de la bruma de la fiebre.
El Alfa me miró, con la respiración aún entrecortada, asimilando la dureza de mis palabras.