Kyra
El esfuerzo biológico me vació los pulmones, mi biología no estaba diseñada para ello. Mantener los canales de energía abiertos para contener la infección de plata requería una fuerza que mi cuerpo humano apenas lograba sostener. Sentía los dedos entumecidos, clavados en los bordes de sus costillas mientras la carne de Draven, espoleada por el regreso forzado de su lobo, comenzaba a tejerse en un proceso de curación lento. El calor de su piel quemaba mis palmas frías, un recordatorio físico de que el Alfa de la costa este estaba regresando del abismo.
Cuando la sangre negra dejó de supurar por completo y los bordes necrosados adquirieron el tono rosado de la regeneración activa, retiré mis manos de golpe, como si me hubiera quemado con carbón.
Me puse de pie con torpeza, tambaleándome sobre la piedra volcánica. Mis piernas temblaban bajo el sastre azul marino, desgarrado en las rodillas. Draven se quedó tumbado de lado en el centro del basalto, respirando con una lentitud profunda y pesada. Sus ojos grises me seguían, fijos, cargados de una tormenta de emociones que ya no tenía la energía para descifrar. El hielo en mi pecho se había vuelto a sellar, la tregua biológica había terminado en el segundo exacto en que sus costillas dejaron de sangrar.
Caminé hacia el borde del Círculo de Sangre, donde el viento del norte rugía con menos fuerza y busqué en el bolsillo interior de mi saco. Mis dedos tropezaron con el plástico rígido del radiotransmisor militar que Farid me había entregado después de haberlo obligado a qué me diera las coordenadas del paradero de Draven.
Oprimí el botón de frecuencia encriptada con el pulgar tembloroso. La estática siseó antes de que la voz tensa del beta cortara la línea.
Hubo un segundo de silencio absoluto del otro lado de la línea pude escuchar el sonido lejano de unos papeles moviéndose rápido.
Solté el radiotransmisor y lo guardé en el bolsillo de mi ropa sin volver a mirar a Draven. El reloj de mi mente seguía corriendo, mi jornada estándar aún no terminaba pero las reglas del juego en las tierras altas se habían reescrito bajo la aguanieve. Empecé a bajar el sendero de piedra gris en dirección a mi auto atascado, dejando al Alfa atrás en la cima, custodiado únicamente por el luto compartido del que ya ninguno de los dos podría escapar.
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