Cien cartas perdidas

Desconocido

 

Me molestaba verla tan débil o fingir que lo era, porque sin duda ella sabe que no lo es, una máscara para ocultar su perversión. A pesar de haber quemado las cartas, no iba a liberarse tan fácil de mí, Paraíso acababa de desatar algo que no se esperaba o tal vez sí.

Le doy una calada a mi cigarro, me deshago de el para entrar a mi cita con el psicólogo. Odiaba este lugar, todo estaba finamente ordenado y tan blanco, con una pureza característica. Me daban ganas de cortar cuellos y embadurnar las paredes de sangre, hacer de este aburrido lugar una obra de arte. Suspiro alejando esos pensamientos que suelen ponerme caliente, pero es imposible porque me imagino la escena y eso solo basta para aumentar mi excitación.

Ojalá que este bastardo me atienda rápido, no tengo tiempo de sobra para andar desperdiciando, lamentablemente tengo que venir a estas sesiones de forma obligatoria, si me salteaba una me sancionaban. 

La impuntualidad era algo que me molestaba, suelo llegar dos minutos temprano, así también es como siempre tengo el privilegio de verla; como se frena en el espejo y se acomoda el cabello, a pesar de que no le importe mucho su apariencia. Sus hijos son grises, sin vida y siempre están cristalinos, como si se mojara el rostro antes de salir o llorara todo el tiempo, igual así te cautivan y te atrapan. De cerca, uno de ellos, exactamente el izquierdo, tiene una pequeña manchita verdosa, como si eso fuera un anuncio de que se puede hallar una pizca de vida.

Una voz me desconcentra de mis pensamientos, volteo rápidamente a ver al doctor Sadovsky, quien es asquerosamente hermoso. Ella diría que es un hombre salido de un cliché —pienso—, es muy predecible. Viste formal, su postura es recta, tiene una barba de días que le queda perfecta y unos ojos oscuramente asesinos, una sonrisa de publicidad. Todo un muñeco que me gustaría tener en mi cama.

Tengo gustos bastantes abiertos, por lo que tener una aventura con mi propio doctor no sería algo inesperado de mi parte.

Me paro de mi asiento, caminando a paso lento por la sala de estar y entrando a su consultorio, que igual esta todo finamente arreglado con un estilo minimalista. Estas paredes necesitan urgentemente mancharse rojo, de crimen, de atracción, fuerza, deseo y placer.

—Bien, la vez pasada me hablaste de una chica ¿quieres seguir contándome cómo te sientes al respecto con ella? — le hice creer que era un acercamiento normal y no uno en el que la acoso a la lejanía, que le envió cartas con historias y misterios. Si se entera de la verdad me encerraría en un loquero.

No podía decirle lo repugnante que me parecía todo, las ganas de apretujar su cuello y verla lagrimear hasta quedarse sin aire, de sus ojos pidiendo clemencia. Como mi pasatiempo favorito era tomar a la primera muchacha o muchacho que me cruzara y follarmelos hasta cansarme, para luego acuchillarlos y embadurnarme en la sangre. No claro que no podía decirle eso, tampoco podía decir que me encantaba masturbarme mientras él se folla a chicas muertas mientras gemía mi nombre y luego acababa sobre un cuerpo inerte.  No podía, tenía que fingir.

—La invité a salir para tomar el té— fingí una sonrisa.

En realidad, antes de venir le deje una carta sobre su almohada que la invitaba a volver al juego o sufriría las consecuencias. Sabía que las quemaría, que intentaría retirarse y que luego se arrepentiría, así que hice una copia de las cartas quemadas y las guardaría para cuando ella decidiera volver.

Lo haría, tendría que hacerlo por las malas.




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