Eva se encontraba debajo de la lluvia, con reflectores de colores y varias pulseras de intercambio en su muñeca izquierda. Ahorró por meses, para conseguir una entrada. Durante tres horas, olvidó la monotonía, sus limitaciones y el estancamiento de vivir en una ciudad pequeña.
Esa noche, se hizo una promesa a sí misma: ser más amable. Una meta que tendrá subidas y bajadas; Eva tendrá que navegar en aquello que duele, y a expresar sus sentimientos sin lastimar.
El viento cambió, y entró el verano. En agosto, en la boda de un amigo,
Eva conoce a Colton: un economista de Ohio, adicto al azúcar.
Las probabilidades de haberse encontrado, eran mínimas. Pero ahí estaban;
Eva cediéndole la última rebana de pastel a un completo desconocido.