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CAPÍTULO 67: El tren-2

CAPÍTULO 67: El tren-2

Fénix comenzó a recorrer nuevamente los pasillos de Enid Corp. Cada puerta que abría conducía a una oficina perfectamente normal. Los empleados continuaban trabajando, los teléfonos sonaban, las impresoras funcionaban y las conversaciones se desarrollaban con absoluta naturalidad. Incluso podía escuchar el ruido de los teclados y el murmullo constante de las personas hablando entre ellas. Era precisamente aquella normalidad la que comenzaba a inquietarlo. Había esperado encontrar una grieta en aquella realidad, algún detalle que revelara la existencia de una ilusión, pero cuanto más buscaba, más auténtico parecía todo.

Intentó abrir una de las paredes con sus propias manos. Golpeó el concreto, recorrió la superficie buscando alguna irregularidad y finalmente trató de concentrar su energía para crear una grieta. Nada. La pared permaneció intacta. Fénix retrocedió y observó sus nudillos durante unos segundos.

—Perfecto...

Siguió caminando.

Revisó oficinas, almacenes, escaleras y pasillos. Intentó utilizar los ascensores, aunque ninguno parecía conducir a un lugar diferente. Incluso llegó a entrar en algunas habitaciones que recordaba haber visitado años atrás, esperando encontrar alguna diferencia que pudiera darle una pista.

Nada.

El reloj continuaba avanzando.

Fénix volvió a mirar la hora.

El tiempo que le quedaba comenzaba a reducirse.

Fue entonces cuando sintió algo.

Una presencia.

Se detuvo inmediatamente.

El ambiente había cambiado.

No había escuchado ningún ruido, pero aquella sensación era inconfundible. Alguien estaba detrás de él.

Fénix giró lentamente.

Una figura permanecía al otro extremo del pasillo.

Cabello oscuro.

Ropa negra.

Una presencia que Fénix conocía perfectamente.

—Alucard...

El hombre permaneció quieto.

Fénix retrocedió un paso y adoptó una postura defensiva. Sus manos se cerraron lentamente mientras sus ojos permanecían fijos sobre él.

—No te acerques.

Alucard arqueó una ceja.

—¿En serio?

Fénix no respondió.

Después de todo lo que había ocurrido, no podía confiar en lo que veía. Aquello podía ser otra ilusión, una copia creada por quienquiera que controlara aquel lugar para manipularlo.

Alucard lo observó durante unos segundos.

Y entonces comenzó a reír.

Una risa tranquila, casi burlona.

—Idiota.

Fénix mantuvo la guardia.

—¿Qué?

—No voy a atacarte.

Alucard comenzó a caminar hacia él.

—Y antes de que vuelvas a intentar hacer alguna estupidez, tampoco soy una ilusión.

Fénix no bajó los brazos.

—¿Cómo sé que estás diciendo la verdad?

Alucard se detuvo frente a él.

—No lo sabes.

Fénix frunció el ceño.

Alucard sonrió ligeramente.

—Pero si fuera una ilusión creada para matarte, probablemente no perdería el tiempo discutiendo contigo.

Fénix permaneció en silencio.

Aquella respuesta, aunque sencilla, tenía sentido.

Poco a poco bajó las manos.

—Me alegra verte.

La expresión de Alucard cambió ligeramente. La burla desapareció de su rostro y fue reemplazada por una expresión mucho más sincera.

—A mí también me alegra verte, Fénix.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Era extraño encontrarse allí. En medio de una versión del pasado que no debería existir, sin saber exactamente cómo habían llegado hasta allí ni cuánto tiempo permanecerían juntos.

Fénix terminó apoyándose contra una de las paredes.

—Pensé que estaba solo.

—Yo también.

—¿Sabes dónde estamos?

Alucard negó con la cabeza.

—No exactamente. Solo aparecí aquí para ayudarte, como en los viejos tiempos.

Fénix lo miró con atención.

—Jeje.

Alucard soltó una pequeña risa.

—Sigues igual.

Fénix levantó una ceja.

—¿Igual cómo?

—Incluso cuando estás a punto de morir, sigues quejándote.

Fénix sonrió brevemente.

—Eso significa que todavía estoy vivo.

Alucard volvió a sonreír.

Después de unos segundos, Fénix se quedó pensativo.

—Hay algo que quiero decirte.

Alucard lo observó.

—¿Qué?

Fénix bajó ligeramente la mirada antes de hablar.

—Gracias.

Alucard pareció sorprendido.

—¿Por qué?

—Por Darem.

La expresión de Alucard cambió por completo.

Fénix continuó:

—Sé que no fue fácil criarlo. Sé que tuvo sus problemas y que tampoco es precisamente el chico más sencillo del mundo. Pero lo hiciste bien.

Alucard guardó silencio.

—Lo convertiste en alguien capaz de seguir adelante —continuó Fénix—. En alguien que no se rindió a pesar de todo lo que le pasó. Y sé que gran parte de eso fue gracias a ti.

Alucard apartó la mirada durante unos segundos.

—Darem hizo muchas cosas por sí mismo.

—Lo sé.

Fénix sonrió ligeramente.

—Pero alguien tenía que enseñarle cómo hacerlo.

Alucard volvió a mirarlo.

—Supongo que solo intenté hacer lo que pude.

—Y funcionó.

Hubo un breve silencio.

Fénix respiró profundamente.

—Así que sí. Gracias por haberlo criado tan bien.

Alucard esbozó una sonrisa discreta.

—No esperaba escuchar eso de alguien que hace años murió.

—Si es medio raro...

Ambos soltaron una pequeña risa.

Por unos instantes, la tensión desapareció.

Pero entonces Fénix miró nuevamente el reloj situado al final del pasillo.

La aguja había avanzado.

Su expresión volvió a endurecerse.

—Tengo que salir.

Alucard lo observó en silencio durante unos segundos antes de asentir.

—Entonces escucha. Hay una forma de salir de esta ilusión.

Fénix levantó la mirada.

—¿Cuál?

—Un efecto reacción.

—¿Un efecto reacción?

—Sí. Esta ilusión está construida para mantenerte dentro de ella. Todo lo que ves, todo lo que tocas y todo lo que recuerdas está siendo utilizado para convencerte de que esto es real. Pero hay algo que la ilusión no puede controlar completamente.




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