CAPÍTULO 7 : Rumbo
A la mañana siguiente, el sol de la madrugada se filtraba por las ventanas sucias de la posada, pintando de dorado el aire polvoriento. Fénix y Caín bajaron las escaleras de madera, que crujían bajo sus pies. Abajo, en el comedor principal, ya estaban sentados. Elira, con una taza humeante entre las manos, Nym, flotando sobre una jarra de miel con una cucharita diminuta, y Robin, que parecía haber dormido en el suelo y ahora se devoraba un plato de huevos y tocino con un entusiasmo que era contagioso.
Se acercaron a la mesa. Fénix se sentó con un suspiro, su cuerpo aún dolorido por la noche de insomnio, mientras Caín lo hacía con su gracia habitual, como si la noche no hubiera existido para él.
—¿Qué tal la noche? —preguntó Fénix, rompiendo el silencio y sirviéndose un poco de café de una jarra en el centro de la mesa.
Elira levantó la vista de su taza, con los ojos un poco cansados. —Tranquila, gracias. Demasiado tranquila, si me preguntas. Nym y yo estuvimos hablando un rato, pero aparte de eso, nada. ¿Y ustedes dos? ¿No se mataron el uno al otro? Parece que sobrevivieron a su noche de cita. Qué alivio.
Nym voló desde la jarra de miel y aterrizó en el hombro de Fénix, limpiándose el bigote con la pata. —¡Yo diría que fue una noche de pasión contenida! ¡Toda esa tensión en el aire! Casi se podía cortar con un cuchillo. ¡O con la espada gigante de Fénix! ¡BZZZ! ¿Verdad, Robin?
El mono se tragó un trozo de tocino entero y asintió con la cabeza con una solemnidad exagerada. —¡Es verdad! ¡La tensión era tan densa que podría usarse para construir una casa! ¡Yo estaba despierto, por supuesto, vigilando, protegiendo a mis héroes de los peligros de la noche! ¡Y del romance no correspondido!
Caín soltó un sonido que podía haber sido una risa o un bostezo, era difícil de distinguir. —El único romance aquí es el de un hombre y su propio ego. Y ese romance, al menos, nunca muere.
—Bueno, al menos no tuvimos que lidiar con fans nocturnos —dijo Elira, lanzando una mirada a Robin, que se sonrojó y se dedicó a atacar su plato con más ferocidad—. Aunque no sé qué es peor, un mono entusiasta o un primer asesino malhumorado.
—Yo soy un placer, pequeña hechicera —dijo Caín, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Te enseño a ver el mundo como es realmente. Sin las mentiras piadosas. Es un servicio que debería cobrar.
Fénix tomó un sorbo de su café, amargo y fuerte. Miró a su alrededor: a la joven hechicera que lo veía con una mezcla de preocupación y cariño, al duende que lo trataba como una leyenda viva, al mono que lo adoraba por razones que no entendía, y al primer asesino que lo despreciaba pero que, por alguna razón, ahora lo entendía. Eran un desastre. Un grupo de inadaptados y rotos.
Y por primera vez en mucho tiempo, mientras el sol de la mañana los bañaba a todos, se sintió como en casa.
En la cima de una montaña pelada, donde el viento soplaba libre y frío, Marius se encontraba recostado contra una roca, los ojos cerrados, absorbiendo el silencio del mundo. Su caballo, un corcel negro y fuerte, pacía a pocos metros de él, su aliento formando pequeñas nubes en el aire gélido. La paz, sin embargo, no duró.
El sonido de cascos contra la roba rompió la quietud. Darem, su segundo al mando, un hombre corpulento, se acercó y se detuvo a respetuosa distancia.
—Mi lord Marius —dijo Darem, su voz tan ronca como la tierra—. Las tropas ya están listas para partir. Esperan tu orden.
Marius abrió los ojos lentamente, como si despertara de un largo sueño. Se incorporó, con una elegancia que parecía desafiar la inclinación de la montaña. —Bien, Darem. ¿Qué te parece? ¿Dónde crees que sería una buena idea construir mi nuevo reino?
Darem se quedó pensativo, su mirada recorriendo el valle que se extendía debajo de ellos. —Bueno, mi lord. Podríamos tomar las Tierras Bajas del Este. Son fértiles, tienen ríos y una población abundante. O quizás las Colinas de Hierro, ricas en minerales. Desde allí podríamos forjar un ejército imparable. O incluso la Costa del Esqueleto, con sus puertos estratégicos para controlar los mares...
Marius escuchó cada sugerencia con una expresión de aburrimiento cortés, como si estuviera escuchando la lista de la compra. Cuando Darem terminó, Marius se levantó y se subió a su caballo con un movimiento fluido.
—Todo eso es tan... predecible, Darem —dijo Marius, su voz suave pero con un filo de acero—. Tierras bajas, colinas, costas... Es lo que haría cualquier rey mortal. Pero nosotros no somos mortales, ¿verdad? Somos algo más. Nuestro reino debe ser algo más.
Miró hacia el horizonte, hacia el este, donde las nubes se arremolinaban sobre una cadena de montañas que parecían colmillos rotos. Su sonrisa se ensanchó, una expresión de pura y deleitosa maldad.
—No construiremos nuestro reino en un lugar ya existente. Lo crearemos desde la nada. Iremos a las Ciénagas de la Desolación. Un lugar sin valor para los mortales, un páramo de barro y muerte. Allí, levantaremos nuestra capital. No con piedra y madera, sino con huesos y sufrimiento. Una colision de mundos.
Darem se quedó en silencio, asintiendo lentamente. La visión de su señor era aterradora, pero indudablemente brillante.
—Es hora de partir, Darem —dijo Marius, dando la vuelta a su caballo—. Reúne a los demás. Es hora de ir a construir un infierno en la tierra.
El anochecer caía sobre el camino como un manto de terciopelo, tiñendo el cielo de naranjas y violetas que se desvanecían en la oscuridad. El grupo avanzaba en fila, con Fénix a la cabeza, su espada golpeando rítmicamente contra su espalda con cada paso. Elira caminaba en silencio, su bastón dejando pequeñas marcas en la tierra, mientras Caín se movía como una sombra, sin hacer ruido. Nym revoloteaba alrededor de Robin, que arrastraba los pies con evidente cansancio.
—Si caminamos durante la noche —dijo Fénix, sin volver la cabeza—, seguramente llegaremos a Santa Helena al amanecer. El camino es recto y no hay peligros conocidos. Podemos hacerlo.