CAPÍTULO 249: Regreso a la Muerte
El bar olía a tabaco viejo, alcohol barato y decisiones equivocadas.
Las luces amarillentas parpadeaban sobre una clientela compuesta por perdedores funcionales, alcohólicos profesionales y tipos que ya habían renunciado a fingir que sus vidas iban a mejorar.
Fénix encajaba perfectamente allí.
Hacía meses que Marcus había muerto entre sus manos. Meses desde su regreso a Berlín. Y, contra toda lógica, las cosas seguían encontrando maneras nuevas de empeorar.
Con la mano izquierda sostuvo la botella de whisky y dio un trago largo.
—Berlín… —murmuró con una sonrisa torcida—. La ciudad de los sueños rotos, el vodka barato y mi brazo derecho. Qué detalle tan bonito dejarlo aquí.
Golpeó la barra suavemente con los nudillos.
—Aunque, mirándolo por el lado bueno… me volví ambidiestro.
El camarero le lanzó una mirada extraña.
Fénix la ignoró.
Otro trago.
Whisky. Desayuno, almuerzo y cena.
Mucho más económico que mantener hábitos saludables.
Se giró en el taburete y observó el local.
No tenía casa.
No tenía trabajo.
Bueno, nunca había tenido un trabajo precisamente legal.
Ahora, técnicamente, era un indigente con problemas de ira y excelente puntería.
Progreso.
Sacó un cigarrillo de la chaqueta y lo encendió. Inhaló profundamente.
Ni siquiera tosió.
Eso sí era desarrollo de personaje.
—Marcus se volvió esa cosa y... —dijo, mirando el humo elevarse—. Terminó arrancándome un brazo en el proceso. Muy emotivo todo. Un auténtico momento entre hermanos de armas.
La broma murió rápido.
Debajo del sarcasmo seguía doliendo.
Siempre dolía.
Pensó en Enid. En Marcus. En todas las promesas hechas cuando todavía creía que las promesas servían para algo.
Soltó el humo lentamente.
—Le dije que reharía mi vida, que viviría por los dos.
Miró alrededor.
Botellas vacías.
Humo.
Berlín.
—Bueno… técnicamente sigo intentándolo.
Terminó el whisky y dejó el vaso sobre la barra.
Cuando el camarero se acercó, Fénix levantó apenas la mano izquierda.
—No voy a poder pagar.
El hombre cruzó los brazos.
—Otra vez.
—Sí, estoy intentando construir una tradición.
—Mira, amigo, ya te dejé pasar demasiado. La próxima vez te saco yo mismo.
Fénix soltó una pequeña risa cansada.
No tenía energía para pelear.
Ni ganas.
Se levantó del taburete.
—Tranquilo. Algún día te pagaré.
—Claro.
—No pongas esa cara. Hasta yo me creo mis mentiras de vez en cuando.
Empujó la puerta y salió al frío.
La niebla cubría Berlín como una sábana húmeda.
Las farolas apenas conseguían iluminar el pavimento mojado.
Fénix encendió otro cigarrillo mientras caminaba.
—Estoy bien —dijo al aire.
Hizo una pausa.
—Entre muchísimas comillas, pero bien.
Sus pasos resonaban sobre las baldosas mojadas.
—¿Cielo? ¿Infierno? Ni idea.
Exhaló humo.
—Creo más en los infiernos personales. Todo el mundo tiene uno. Hecho a medida. Como un traje caro… pero mucho menos elegante.
Siguió caminando en silencio hasta detenerse bajo otra farola.
Metió la mano dentro de la chaqueta y sacó su Magnum.
La observó bajo la luz temblorosa.
—Ahí estás.
Su compañera más fiel.
No discutía.
No juzgaba.
No daba discursos sobre sanar emocionalmente.
Solo hacía ruido y destrucción cuando él lo pedía.
Relación sana, dentro de lo posible.
Sonrió para sí.
—Si hablaras, probablemente tendrías mejores conversaciones que yo.
Guardó el arma.
Continuó avanzando entre la niebla.
—Mi infierno personal… —murmuró—. Supongo que lo que estoy viviendo es uno, a veces me pregunto, que quiere de mi la vida.
Silencio.
Luego soltó una carcajada áspera.
—Dios… qué pregunta tan estúpida.
La risa duró unos segundos más de la cuenta.
Después empezó a sonar menos a humor y más a agotamiento.
—Aunque pensándolo bien… sigo con la duda.
El verdadero infierno no era morir.
Era quedarse.
Seguir respirando rodeado de recuerdos que no sabían desaparecer.
Tras varios minutos llegó a un parque vacío.
Una banca húmeda descansaba bajo las farolas.
Perfecto.
Su suite presidencial para esa noche.
Se dejó caer pesadamente.
El frío atravesó la ropa casi de inmediato.
Miró el cielo encapotado.
—Qué vista de mierda.
Se quedó un momento en silencio.
Luego suspiró.
—Así que Alucard sigue vivo…
Claro que sí.
Destruyeron su cuerpo, pero no su alma. Doce años esperando reconstruirse solo para volver a tocarle las narices.
Muy propio de él.
Muy propio de su suerte.
Fénix se prendió un cigarrillo como pudo, mientras su mirada se desenfocaba.
—Lo he intentado, ¿sabes?
Su voz bajó apenas.
—Intenté seguir adelante. Encontrar a alguien. Amar a otra persona.
Sacudió la cabeza.
—No funciona.
Romances rápidos.
Conexiones vacías.
Gente que desaparecía con el amanecer.
Nada permanecía.
Nada era ella.
Se reclinó un poco sobre la banca.
—Supongo que la única mujer a la que voy a amar… incluso después de todo… sigue siendo Enid.
Fénix permaneció inmóvil unos segundos.
Completamente solo.
Miró el cigarrillo consumirse entre sus dedos.
Finalmente se acomodó sobre la banca.
Su cama improvisada.
Su reino miserable.
Su pequeña parcela del infierno.
Cerró los ojos.
—Mi vida ya es un puto chiste sin gracia.