Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 250: Sin dirección

CAPÍTULO 250: Sin dirección

El bar estaba igual que siempre.

Oscuro.

Sucio.

Lleno de humo, vasos vacíos y gente intentando negociar con sus propios demonios.

Fénix ocupaba su rincón habitual, hundido en la silla, con un cigarrillo entre los labios y una botella de whisky medio muerta frente a él.

Sus ojos recorrían el local sin verdadero interés.

Como quien mira un incendio que ya aceptó que no va a apagarse.

—¿Saben qué es gracioso? —murmuró, dirigiéndose a sus invisibles espectadores—. La gente cree que mi vida está llena de peleas, misiones imposibles y toda esa basura.

Dio una calada.

—La realidad es bastante menos cinematográfica.

Miro la botella.

—Beber.

Luego el cigarro.

—Fumar.

Y miró alrededor.

—Y encontrar un sitio donde dormir sin que me apuñalen. Fin del gran espectáculo.

Exhaló humo lentamente.

No había gloria.

No había épica.

Solo un hombre cansado sobreviviendo a otro día más.

—Nueve meses.

Su mirada cayó sobre el whisky.

—En nueve malditos meses mi vida consiguió implosionar de formas que ni yo sabía posibles.

Silencio.

Las risas ajenas y el sonido de vasos chocando llenaban el bar.

El mundo seguía avanzando.

Él no.

—Lo perdí todo, pensé que tal vez podía comenzar de nuevo, conseguir un trabajo, rentar un apartamento y tal vez conocer a alguien.

La frase salió simple.

Sin dramatismo.

Peor así.

—Y lo más divertido… es que no pude hacer nada.

Tomó un trago largo.

No alivió nada.

Nunca lo hacía.

Solo compraba un poco de tranquilidad.

—A veces pienso que debería rendirme.

Lo dijo casi casualmente.

Como quien comenta el clima.

—Dejar de existir. Ahorrarle tiempo al universo.

Sus dedos golpearon suavemente la mesa.

—Y aun así… ni siquiera soporto estar solo conmigo mismo.

La botella ya estaba vacía.

El cigarrillo cayó de su mano y rodó lentamente sobre la madera.

Fénix observó el techo durante unos segundos.

Qué extraño.

Había enfrentado monstruos, guerras, demonios, inmortales.

Y al final, lo que estaba ganando era una mesa pegajosa y depresión crónica.

El sonido de la puerta abriéndose resonó en el local.

No levantó la vista.

Otro idiota entrando en el mismo infierno.

Su mano izquierda se deslizó dentro de la chaqueta.

El metal frío de la Magnum recibió sus dedos.

Familiar.

Pesado.

Real.

La desenfundó lentamente.

Observó el reflejo deformado en el cañón.

Luego apoyó el arma contra sus labios.

Frío acero.

Silencio absoluto.

Una bala.

Solo una.

No más vacío.

No más culpa.

No más recuerdos.

Su dedo descansó sobre el gatillo.

Listo.

Solo necesitaba un pequeño movimiento.

Pero no ocurrió.

Su respiración empezó a romperse.

Intentó hacerlo.

De verdad lo intentó.

Nada.

El gatillo pesaba toneladas.

Una lágrima le cruzó la mejilla.

Después otra.

Finalmente apartó el arma lentamente.

El leve clic del metal resonó más fuerte de lo que debería.

Se sostuvo la cabeza.

Los dedos tensos entre su cabello.

Y entonces se quebró.

Sin gritos.

Sin espectáculo.

Solo lágrimas silenciosas cayendo sobre una mesa manchada de alcohol barato.

Fénix.

El guerrero.

El inmortal.

El monstruo que había sobrevivido a todo.

El hombre que asesino a Enid Drakewood.

Incapaz de apretar un maldito gatillo.

—¿Por qué siempre termina igual…?

La pregunta apenas escapó de sus labios.

Siempre los perdía.

Siempre.

Los nombres aparecieron uno tras otro en su cabeza como heridas mal cerradas.

Y él…

Seguía vivo.

Siempre él.

Maldito privilegio.

Maldita condena.

Unas pisadas suaves lo arrancaron de sus pensamientos.

El camarero se acercó, limpiándose las manos en el delantal.

Parecía incómodo.

Curioso.

Quizá ambas.

—Señor… alguien dejó esto para usted.

Fénix levantó la vista, todavía desorientado.

El hombre le tendió una carta sellada.

Extraño.

Demasiado elegante para un sitio como ese.

La tomó.

Rompió el sello.

Leyó.

Una invitación.

Chamäleon.

Estimado Fénix,

Sabemos quién eres y lo que has pasado. La eternidad puede ser solitaria, pero no tiene por qué ser siempre así. Te extendemos una invitación exclusiva para una noche inolvidable. Ven a Chamäleon, en Berlín, y únete a nosotros en nuestra celebración anual. Es una fiesta solo para aquellos que conocen los secretos más oscuros del mundo, una reunión de inmortales.

La fiesta comenzará a medianoche. El acceso es exclusivo para vampiros y sus invitados... aunque estamos dispuestos a hacer una excepción contigo.

Nos vemos pronto.

—Un amigo.

P.D.: Habrá mucho alcohol. Y tal vez algo más que despierte tu interés.

Fiesta privada.

Vampiros.

Alcohol.

Excelente.

Exactamente lo que necesitaba su estabilidad mental.

Terminó de leer.

Volvió a leer.

Después dejó escapar una pequeña risa seca.

—Una fiesta de vampiros…

Miró la carta otra vez.

—Porque claramente mi vida necesitaba peores decisiones.

Los vampiros no solían invitar licántropos a bailar.

Generalmente preferían matarlos primero.

Pero…

No tenía nada.

Ningún plan.

Ningún propósito.

Y la carta prometía alcohol.

Eso ya la colocaba por encima del noventa por ciento de sus opciones actuales.

Dejó un billete sobre la barra.

Se levantó lentamente.

El cansancio colgaba de sus hombros como un abrigo mojado.

—Supongo que iré.

Guardó la carta dentro de la chaqueta y caminó hacia el baño público del local.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.