Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 254: El día de la caza

CAPÍTULO 254: El día de la caza

La luna llena dominaba el cielo de Berlín como un ojo gigantesco observando desde las alturas.

Su luz fría se derramaba sobre el parque abandonado, bañando los senderos vacíos, las bancas húmedas y los árboles cuyas sombras parecían deformarse con cada ráfaga de viento. El lugar estaba muerto. Silencioso. Demasiado silencioso.

Fénix permanecía inmóvil junto a Xavier.

Un cigarrillo ardía entre sus dedos.

Xavier sostenía su revólver con manos tensas, intentando ocultar el temblor que recorría su cuerpo.

Había llegado la hora.

La cacería comenzaba.

A lo lejos, unos faros atravesaron la oscuridad.

Una limusina negra avanzó lentamente por el sendero principal del parque hasta detenerse en el centro del claro.

El motor se apagó.

Las puertas se abrieron.

Lilith descendió primero.

Elegante. Impecable. Vestida de negro absoluto.

Parecía una reina bajando al escenario de una ejecución.

Detrás de ella, cinco figuras abandonaron el vehículo.

Y la temperatura del lugar pareció bajar varios grados.

Fénix los observó.

No necesitó instinto sobrenatural para comprenderlo.

Aquellos tipos eran monstruos.

Monstruos de verdad.

Lilith avanzó unos pasos sobre la hierba húmeda. Sus ojos azules brillaban bajo la luz lunar.

Una sonrisa tranquila apareció en su rostro.

—Bienvenidos al juego.

Su voz sonó suave.

Demasiado suave.

—No hay reglas. No hay límites. No hay árbitros. Solo una condición: sobrevivir.

Se giró ligeramente hacia Fénix y Xavier.

—Ustedes son la presa.

Después señaló a las cinco figuras detrás de ella.

—Ellos... los cazadores.

El primero dio un paso al frente.

Musashi.

Un vampiro japonés de siglos de existencia.

Su rostro permanecía calmado, casi sereno, pero algo en él resultaba profundamente perturbador.

Una katana descansaba a su costado.

No necesitaba mostrar agresividad.

Su simple presencia bastaba.

Los rumores decían que podía desenvainar, cortar y volver a guardar su espada antes de que su enemigo entendiera que había muerto.

Sus ojos oscuros se posaron sobre Fénix.

Fríos.

Evaluándolo.

Midiéndolo.

Como un duelista observando una futura ejecución.

Después apareció Judas.

Enorme.

Marcado por cicatrices antiguas.

Un lycan deformado por algo mucho peor que la infección.

Poder demoníaco.

Sus músculos parecían tensarse bajo la piel como animales intentando escapar de una jaula.

Sonreía.

Pero no era una sonrisa humana.

Era la sonrisa de alguien que disfrutaba escuchando huesos romperse.

Sus ojos se clavaron en Xavier durante un segundo.

Xavier sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Luego vino Boris.

Dos metros cuarenta de puro terror biológico.

Un vampiro ruso cuya silueta parecía bloquear la propia luz lunar.

Su cuello era tan grueso como el torso de un hombre normal.

No llevaba armas.

No las necesitaba.

Sus colmillos bastaban.

Su mirada transmitía una certeza absoluta.

La certeza de un depredador que nunca había tenido que preguntarse si podía ganar una pelea.

Solo cuánto tardaría en terminarla.

A continuación apareció el Dr. Schrödinger.

Pulcro.

Silencioso.

Vestido con una elegancia casi clínica.

Sus ojos carecían de emoción.

Eso lo hacía mucho peor.

Era un cirujano lycan obsesionado con la anatomía del dolor.

Las historias sobre él circulaban como leyendas urbanas entre los Lycan y Vampiros.

Se decía que podía incapacitar a un pelotón entero en segundos cortando exactamente donde debía.

Sin desperdiciar movimientos.

Sin alterar el pulso.

Por último…

Boaz.

El anciano vampiro.

El más pequeño del grupo.

El más silencioso.

Y, extrañamente…

el más inquietante.

No imponía por tamaño.

Imponía por experiencia.

Parecía un cadáver elegante que había olvidado morirse hacía cientos de años.

No hacía falta verlo moverse para saber que era peligroso.

Su quietud ya resultaba antinatural.

Fénix los observó uno por uno.

Y por primera vez en muchísimo tiempo…

sintió miedo.

No simple tensión.

No nervios.

Miedo real.

Su cuerpo lo reconoció antes que su mente.

Aquellos cinco podían matarlo.

Todos.

Individualmente.

Lilith notó la reacción.

Su sonrisa se ensanchó apenas un poco.

—¿Qué pasa, Fénix? —preguntó con una calma venenosa—.¿Te arrepientes de haber aceptado?

Fénix dio una última calada a su cigarro.

—He tenido citas menos incómodas.

Lilith soltó una pequeña risa.

—Tienen cinco minutos.

Miró su reloj.

—Cinco minutos para desaparecer tan lejos como puedas.

Luego levantó la vista.

Su expresión se volvió completamente fría.

—Después de eso… empieza la caza.

El reloj había comenzado.

Fénix lanzó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota.

—Muévete —dijo secamente.

Xavier no discutió.

Ambos desaparecieron entre los árboles.

Lilith observó cómo las sombras se los tragaban.

Luego volvió la mirada hacia los condenados.

El ambiente cambió inmediatamente.

La tensión contenida se convirtió en hambre.

Boris fue el primero en romper el silencio.

—El lobo es mío.

Su voz retumbó como un trueno contenido.

Mostró los colmillos.

—Voy a arrancarle la garganta con los dientes.

Musashi permaneció inmóvil.

Ni siquiera lo miró.

—Fénix será mío.

Su tono era tranquilo.

Demasiado tranquilo.

—Un guerrero merece una muerte adecuada.

Boris soltó una carcajada áspera.

—¿Adecuada? ¿Estamos dando clases de filosofía ahora?




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