Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 258: Hundidos en las sombras de Berlín

CAPÍTULO 258: Hundidos en las sombras de Berlín

El cuerpo de Fénix todavía no terminaba de responderle.

El impacto de Boaz contra las góndolas le había dejado el cuerpo hecho pedazos. Dolor en las costillas. Sangre en la boca. La vista ligeramente doble.

Apenas logró incorporarse.

Entonces—

¡BOOM!

El estruendo de una escopeta sacudió el supermercado.

Boaz retrocedió un paso.

Luego otro.

No por daño.

Por sorpresa.

Xavier, temblando pero decidido, sostenía la escopeta recortada de Fénix con ambas manos, disparando cartucho tras cartucho mientras el retroceso le destrozaba los brazos.

¡BOOM!

¡BOOM!

Las balas impactaban contra la piel endurecida del anciano vampiro... y rebotaban, deformadas, cayendo sobre el suelo entre charcos de sangre, vidrio roto y productos aplastados.

Pero estaba funcionando.

No para herirlo.

Para distraerlo.

—¡CORRE, FÉNIX! —gritó Xavier.

Boaz giró lentamente la cabeza hacia él.

Error.

Pequeño error.

Suficiente error.

Los ojos de Fénix recorrieron frenéticamente el caos del pasillo.

Latas.

Cristales.

Hierro retorcido.

Entonces lo vio.

Un pedazo arrancado de una góndola metálica.

Filoso.

Irregular.

Perfecto.

Fénix no dudó.

Lo agarró con la mano izquierda y se lanzó.

Un movimiento salvaje.

Directo.

Violento.

CRACK.

El metal improvisado se hundió en el cuello de Boaz.

El vampiro soltó un rugido gutural que hizo vibrar los estantes.

Su mano se disparó hacia la herida.

Sus ojos, normalmente fríos, estallaron en una furia animal.

—¡ES AHORA! —rugió Fénix—. ¡MUÉVETE!

No necesitaron repetirlo.

Corrieron.

Atravesaron pasillos destrozados.

Pisaron vidrio.

Sangre.

Envases aplastados.

Detrás de ellos resonaban los gruñidos de Boaz mientras arrancaba el metal de su garganta.

Las puertas automáticas del supermercado cedieron con un golpe brutal.

El aire helado de Berlín les golpeó la cara.

Noche.

Asfalto húmedo.

Luces lejanas.

Y ninguna seguridad.

Solo siguieron corriendo.

Porque detenerse significaba morir.

Las calles berlinesas parecían un laberinto de neón, sombras y silencio industrial.

Fénix avanzaba tambaleándose.

Xavier apenas lograba seguirle el ritmo.

La sangre seguía bajando por el rostro del lycan.

Cada respiración parecía atravesarle las costillas.

Detrás.

Lejos.

Pero no lo bastante lejos.

El eco de unos pasos.

Pesados.

Constantes.

Persistentes.

Boaz seguía cazando.

—¿¡A dónde demonios vamos!? —jadeó Xavier.

Fénix escupió sangre hacia un costado sin reducir el paso.

—Solo... sigue corriendo.

—¡Ese no es un plan!

—No podemos enfrentarlo así... no ahora.

Doblaron una esquina.

Otra.

Luego otra.

Ruinas antiguas emergieron entre edificios modernos.

Piedra ennegrecida.

Vitrales rotos.

Una vieja iglesia abandonada.

Fénix levantó ligeramente la vista.

Sonrió cansadamente.

—Perfecto...

La iglesia estaba devorada por el tiempo.

Columnas fracturadas.

Bancos cubiertos de polvo.

Velas olvidadas frente a un altar destruido.

Silencio.

Un silencio distinto al de la ciudad.

Más pesado.

Más antiguo.

Xavier cerró las puertas con violencia mientras intentaba recuperar el aire.

Fénix ya estaba trabajando.

Había encontrado un viejo cuenco ceremonial de piedra agrietada.

Dentro, agua bendita olvidada.

O lo bastante cercana a serlo.

Sacó las balas de plata.

Una por una.

Las dejó sumergirse lentamente.

Xavier observaba, confundido.

—¿Qué demonios haces?

Fénix no respondió enseguida.

Solo continuó hundiendo las municiones en el agua.

Después habló.

—Las leyendas antiguas tenían razón... a medias.

El agua reflejaba las llamas de las velas.

El humo de un cigarro sin encender descansaba entre los dedos de Fénix.

—Las iglesias eran consideradas santuarios. Lugares donde los vampiros no podían entrar.

Xavier miró alrededor.

Los vitrales destruidos.

Las cruces partidas.

La humedad filtrándose por las paredes.

—¿Y eso funciona?

Fénix soltó una pequeña risa cansada.

—No son las piedras.

No son las puertas.

No son los vitrales.

Es la idea detrás del lugar.

Fe.

Consagración.

Lo divino.

Eso es lo que puede joderles la noche.

Sacó una bala.

La inspeccionó.

Volvió a sumergirla.

—Agua bendita. Cruces. Reliquias. Dependiendo del vampiro... pueden debilitarlos bastante o no pueden acceder directamente .

Xavier tomó una de las balas bendecidas entre los dedos.

—Las de plata normales no les hicieron absolutamente nada.

—Porque Boaz no es un vampiro normal.

Fénix finalmente se llevó el cigarro a los labios.

Todavía sin encenderlo.

—Pero una bala de plata consagrada...

hace el trabajo sucio desde dentro.

Les pudre la regeneración.

Les quema la sangre.

Los destroza.

Xavier permaneció callado unos segundos.

Luego señaló el techo derruido de la iglesia.

—Entonces estamos aquí porque esos monstruos no pueden entrar.

Fénix guardó las balas lentamente en la cartuchera.

—Los vampiros.

Sí.

Para ellos este sitio puede sentirse como una trampa de clavos.

Pero—

Xavier lo interrumpió.

—Hay dos lycan en la cacería.

El silencio cayó entre ambos.

Fénix quedó pensativo un instante.

Después soltó una pequeña carcajada cansada.

Sacó el encendedor.

Click.




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