Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 259: Trampa

CAPÍTULO 259: Trampa

Capítulo 13: Atardecer Bajo el Fuego — Remasterización

El sol descendía lentamente sobre las afueras de Berlín, tiñendo el horizonte con tonos anaranjados y dorados que contrastaban de forma cruel con la noche de cacería que todavía los esperaba.

Fénix permanecía sentado entre la hierba alta, con un cigarro consumiéndose lentamente entre sus labios.

En su mano sostenía una bala de plata bendecida.

La giraba entre los dedos, observando cómo el último reflejo del atardecer recorría su superficie.

Silencio.

Viento frío.

El olor lejano de tierra húmeda.

Durante unos segundos, el mundo parecía haberse olvidado de ellos.

—Los planes siempre se ven mejor antes de que alguien intente arrancarte la cabeza —murmuró Fénix para sí mismo, dejando escapar humo por la nariz.

Guardó la bala en su cinturón.

A lo lejos, una estructura abandonada sobresalía entre la maleza.

Un viejo granero.

Grande.

Oxidado.

Olvidado por el tiempo.

Perfecto.

Fénix se incorporó lentamente, sacudiéndose el polvo de la ropa.

Escuchó pasos acercándose detrás de él.

Xavier.

Venía caminando entre los pastizales, todavía cargando cansancio, heridas y demasiadas preguntas acumuladas.

Fénix levantó una mano.

—Xavier… más rápido.

Xavier soltó un resoplido mientras terminaba de acercarse.

—Sabes… normalmente los planes buenos incluyen explicaciones.

—Y normalmente los planes con muchas planificaciones salen mal.

Xavier rodó los ojos.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Claro que lo tiene. Solo que todavía no lo entiendes.

El viento volvió a soplar.

Fénix clavó la mirada en el granero.

Su expresión cambió apenas.

Más seria.

Más fría.

Algo estaba mal.

Lo llevaba sintiendo desde hacía kilómetros.

Los estaban siguiendo.

Y estaba cansado de correr.

—Vamos —dijo finalmente—. El escenario ya está listo.

Las enormes puertas del granero crujieron con violencia cuando Fénix las empujó.

El sonido de los goznes viejos retumbó por toda la estructura.

Oscuridad.

Polvo suspendido.

Madera húmeda.

Viejas herramientas oxidadas colgando de las paredes.

Dos pisos.

Múltiples ángulos de visión.

Varias rutas de escape.

Fénix sonrió apenas.

Sí.

Podía funcionar.

—Bueno… —dijo entrando lentamente—. Bienvenido a nuestro pequeño suicidio táctico.

Xavier observó el interior con cautela.

—¿Suicidio táctico?

—Suena mejor que “esperar a que un monstruo nos encuentre”.

Fénix comenzó a recorrer el lugar con rapidez, inspeccionando columnas, escaleras, vigas y accesos.

No caminaba como alguien improvisando.

Caminaba como alguien construyendo un campo de ejecución.

—Escucha bien —dijo sin detenerse—. Alguien viene detrás de nosotros. No sé quién… todavía.

Xavier ajustó su arma.

—¿Una corazonada?

—No. Instinto.

Y mi instinto rara vez se equivoca.

Señaló la entrada principal.

Luego el segundo piso.

Luego el techo.

Su mente ya estaba varios pasos adelante.

—Convertiremos este lugar en una trampa viviente.

Xavier cruzó los brazos.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

—Debería.

Comenzaron a trabajar.

Cadenas viejas.

Tablas rotas.

Clavos oxidados.

Herramientas olvidadas.

Todo servía.

Todo podía matar.

O al menos ganar tiempo.

Fénix sujetó una pesada cadena oxidada y la levantó hacia las vigas superiores.

—La colocamos aquí.

Cuando entren… soltamos esto.

—¿Y si no entra solo uno?

Fénix lo miró.

—Entonces improvisamos.

Xavier suspiró.

—Espero que esto salga bien.

—Ya sabes que siempre tengo suerte, en estos casos.

El tiempo pasó entre polvo, óxido y preparativos.

La tensión se acumulaba lentamente dentro del granero.

Como electricidad antes de una tormenta.

Cuando terminaron, ambos subieron al segundo piso.

Desde allí podían ver toda la planta baja.

Las trampas estaban listas.

El silencio volvió a instalarse.

Fénix sacó otro cigarro.

Lo encendió.

Calada larga.

Humo lento.

—Ahora solo queda esperar.

—Y rezar por salir vivos.

—Correcto.

—Okey.

Fénix no respondió.

Porque Xavier tenía razón.

Minutos después, Fénix salió del granero para despejar la cabeza.

El aire del atardecer golpeó su rostro cubierto de pequeñas cicatrices recientes.

Encendió otro cigarro.

No porque lo necesitara.

Porque necesitaba algo que mantener entre los dedos para evitar pensar demasiado.

Dentro del granero, Xavier continuaba revisando los alrededores.

Fue entonces cuando encontró algo.

En una esquina cubierta de polvo.

Una katana envainada.

Antigua.

Hermosa.

Extrañamente intacta.

La tomó.

La desenfundó lentamente.

La hoja reflejó la luz moribunda del exterior.

Plata.

Plata pura.

Xavier arqueó una ceja.

—No jodas…

Afuera, el ambiente cambió.

Sutilmente.

Demasiado sutil para un humano normal.

Pero Fénix lo sintió inmediatamente.

El viento disminuyó.

El sonido del campo desapareció.

Hasta el humo de su cigarro pareció quedarse inmóvil.

Entonces la vio.

Enid.

A pocos metros de él.

Quieta.

Serena.

Imposiblemente real.

Fénix se quedó completamente inmóvil.

El cigarro se consumía entre sus dedos.

Su respiración se volvió irregular.

No.

No podía ser.

—…Enid.

Ella dio un paso adelante.

Su expresión era tranquila.

Demasiado tranquila.

Como un recuerdo al que el tiempo se negaba a matar.

—Sigues haciendo exactamente lo mismo.

La voz golpeó a Fénix como una bala.




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