CAPÍTULO 264: Los Roger
Capítulo 17: Alemania, Siglo XVIII
En algún punto del siglo XVIII, mucho antes de Berlín, de las balas de plata y de las guerras contra monstruos…
existía un pequeño pueblo perdido entre los bosques de Alemania.
No aparecía en la mayoría de los mapas.
No tenía nada extraordinario.
Solo caminos de tierra húmeda, casas de madera envejecida, humo saliendo de las chimeneas al amanecer y el sonido constante de animales, ruedas de carretas y vidas sencillas intentando continuar.
Era un día más.
Uno exactamente igual a tantos otros.
Dentro de una modesta casa cercana al borde del pueblo, el desayuno ya estaba servido.
Pan negro.
Mantequilla casera.
Algo de queso.
Una jarra de leche caliente todavía humeando sobre la mesa.
Fénix se encontraba sentado frente al plato, desayunando con la tranquilidad mecánica de quien llevaba años viviendo la misma rutina.
Su madre terminaba de servir la mesa.
Solo estaban ellos dos.
La casa se sentía más vacía de lo habitual.
Hacía una semana que Karick se había marchado.
Sin discusiones.
Sin dramas.
Simplemente había tomado sus cosas y se había ido con una idea tan ambiciosa como absurda: recorrer el mundo.
Desde entonces, el silencio parecía haberse instalado entre aquellas paredes.
Su madre tomó asiento lentamente frente a él.
Lo observó durante unos segundos mientras Fénix partía un trozo de pan con aparente indiferencia.
—Entonces… —preguntó ella finalmente—. ¿Qué harás hoy?
Fénix ni siquiera levantó la vista del desayuno.
—Lo mismo de siempre.
La respuesta llegó automática.
Sin emoción.
Como si ya la hubiera pronunciado demasiadas veces.
Su madre soltó un pequeño suspiro resignado.
—¿Lo mismo de siempre?
—Sí.
Fénix tomó la taza entre las manos.
—Ayudar con algunas cosas, pasar por el pueblo… quizá dormir un poco.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Nada nuevo.
Su madre lo observó en silencio.
Había algo en aquella rutina que empezaba a preocuparla.
No porque fuera peligrosa.
Precisamente porque no lo era.
Porque Fénix parecía demasiado cómodo permaneciendo quieto mientras el mundo seguía avanzando.
Karick había partido hacía siete días persiguiendo horizontes imposibles.
Fénix, en cambio, parecía perfectamente dispuesto a quedarse allí para siempre.
Ella apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
—Sabes… no tienes que vivir exactamente igual todos los días.
Fénix levantó finalmente la mirada.
Una pequeña sonrisa cansada apareció en su rostro.
—Alguien tiene que quedarse para asegurarse de que esta casa siga en pie.
—No intentes cambiar de tema.
—No estoy cambiando de tema.
—Sí lo estás haciendo.
Fénix dejó escapar una breve risa por la nariz.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Durante un instante, el ambiente se suavizó.
Solo un poco.
Afuera, el pueblo continuaba con su rutina habitual.
El ruido distante de una carreta atravesó el camino principal.
Un perro ladró a lo lejos.
El viento agitó suavemente las hojas de los árboles.
Un día normal.
Completamente normal.
O al menos…
tan normal como podía serlo antes de que la vida decidiera cambiarlo todo.
Su madre permaneció unos segundos en silencio, observándolo mientras terminaba de desayunar.
Parecía estar pensando en algo.
Finalmente apoyó los codos sobre la mesa.
—Ahora que lo pienso... quizá podrías ayudar a tu abuela hoy.
Fénix levantó una ceja.
—¿Mi abuela?
—Sí.
Tomó un sorbo de leche antes de continuar.
—Ya van dos noches seguidas que algo le está matando el ganado.
La expresión relajada de Fénix desapareció ligeramente.
—¿Qué paso?
—Dos ovejas murieron la primera noche. Y una vaca anoche.
Fénix dejó el trozo de pan sobre la mesa.
—¿Lobos?
Su madre se encogió de hombros.
—Probablemente. Aunque no parece un ataque normal, dice que los animales aparecieron destrozados casi como si algo los hubiera despedazado por diversión.
El joven frunció el ceño.
Los lobos eran comunes en aquellos bosques.
Pero incluso para ellos aquello sonaba extraño.
—¿Y la abuela está bien?
—Sí.
Por ahora.
Pero está preocupada.
Y siendo sincera, yo también.
El silencio volvió a instalarse entre ambos durante unos segundos.
Afuera, el viento golpeó suavemente las ventanas.
Fénix observó su taza vacía.
Luego soltó un pequeño suspiro.
—Supongo que puedo pasar por allí.
Su madre sonrió inmediatamente.
—Sabía que dirías eso.
—No te emociones demasiado. Solo voy a echar un vistazo.
—Claro.
Y seguramente volverás diciendo que era un simple lobo.
—Porque probablemente sea un simple lobo.
—Probablemente.
La forma en que respondió hizo que Fénix sospechara que ella no estaba tan convencida.
Se puso de pie lentamente.
Tomó su abrigo de una de las sillas cercanas y comenzó a colocárselo.
—Pasaré por la granja después del desayuno.
—Tu abuela estará contenta de verte.
—Eso depende de si vuelve a criticar mi corte de pelo.
Su madre soltó una carcajada.
—Lo hará.
—Entonces quizá debería quedarme aquí.
—Ni se te ocurra.
Fénix sonrió por primera vez aquella mañana.
Una sonrisa pequeña, sincera.
Después tomó su bolso de cuero y se dirigió hacia la puerta.
Todavía creía que sería un día normal.
Ir a la granja.
Revisar unas huellas.
Ahuyentar algún lobo perdido.
Nada más.
No tenía forma de saber que aquella decisión aparentemente insignificante sería el primer paso hacia algo mucho más grande.
Algo que cambiaría su vida para siempre.