Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 265: Los Roger-2

CAPÍTULO 265: Los Roger-2

La noche había caído por completo sobre las afueras del pueblo.

El viento soplaba entre los árboles, haciendo que las ramas se balancearan lentamente bajo la luz de la luna. Todo estaba en silencio, salvo por el ocasional sonido de algún insecto o el nervioso cacareo de las gallinas dentro del corral.

Fénix permanecía oculto detrás de una vieja pila de sacos y herramientas agrícolas. Tenía el rifle apoyado sobre una de sus rodillas mientras observaba atentamente la oscuridad que rodeaba la granja.

Habían pasado varias horas.

Demasiadas horas.

—Genial... —murmuró para sí mismo—. Voy a congelarme hasta la muerte por culpa de un lobo que probablemente ni exista.

Se acomodó el abrigo y bostezó.

Durante un momento comenzó a preguntarse si no habría sido una pérdida de tiempo. Tal vez algún animal salvaje había encontrado una fuente fácil de comida y simplemente estaba aprovechándose de ella.

Nada más.

Solo un lobo.

O un perro hambriento.

Entonces lo escuchó.

Un ruido.

Un crujido.

Fénix abrió los ojos inmediatamente.

La mano se cerró con fuerza alrededor del rifle.

Otro ruido.

Esta vez provenía de la maleza situada al otro lado del corral.

Algo se estaba moviendo allí.

Algo grande.

Las ramas comenzaron a apartarse lentamente.

Fénix levantó el arma y apuntó.

Su corazón empezó a acelerarse.

—Vamos... —susurró—. Sal de una vez.

Esperaba ver aparecer el hocico de un lobo.

Quizá un perro salvaje.

Tal vez un oso.

Cualquier cosa que tuviera sentido.

Las hojas volvieron a moverse.

Y entonces la criatura emergió de la oscuridad.

Fénix sintió que la sangre se le helaba.

Aquello no era un lobo.

Ni un oso.

Ni nada que hubiera visto jamás.

La criatura medía más de dos metros de altura.

Caminaba sobre dos patas.

Su cuerpo estaba cubierto por un pelaje grisáceo y sucio que parecía mezclarse con las sombras de la noche.

Los músculos sobresalían bajo la piel como si estuvieran tallados en piedra.

Gruesas venas recorrían sus brazos desproporcionadamente grandes.

Sus garras parecían cuchillos.

Y donde debería haber habido un rostro humano, había un enorme hocico lleno de colmillos amarillentos.

La bestia levantó la cabeza.

Olfateó el aire.

Sus ojos amarillos brillaron bajo la luz de la luna.

Fénix se quedó inmóvil.

Por primera vez en mucho tiempo sintió auténtico miedo.

—¿Qué demonios...?

La criatura giró lentamente la cabeza.

Y entonces lo miró directamente.

El muchacho sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aquellos ojos no eran los de un animal.

Había inteligencia en ellos.

Malicia.

La bestia enseñó los dientes.

Una sonrisa.

No.

Una mueca depredadora.

Como si supiera exactamente dónde estaba escondido.

Como si hubiera estado buscándolo desde el principio.

El corazón de Fénix golpeó con fuerza contra su pecho.

Sus dedos se tensaron sobre el gatillo.

La criatura dio un paso hacia adelante.

Luego otro.

La madera del cercado crujió bajo su peso.

Y entonces emitió un rugido.

Un sonido monstruoso que hizo temblar el corral entero.

Las gallinas comenzaron a chillar aterradas.

Fénix tragó saliva.

Todo lo que su abuela había contado.

Todo lo que él había considerado exageraciones.

Acababa de quedarse corto.

Porque aquello no era un lobo.

Aquello era un monstruo.

Y estaba avanzando directamente hacia él.

El rugido de la criatura atravesó la noche como un trueno.

Fénix se quedó paralizado durante apenas una fracción de segundo.

Fue suficiente.

El monstruo dio otro paso hacia él.

La cerca del corral se partió bajo el peso de sus patas.

Y entonces el miedo se apoderó por completo del muchacho.

—¡Mierda!

Sin pensarlo dos veces, giró sobre sus talones y echó a correr.

Ya no le importaban las gallinas.

Ni el ganado.

Ni demostrar que era valiente.

Aquella cosa medía más de dos metros, estaba cubierta de músculos y parecía salida de una pesadilla.

Fénix atravesó el corral a toda velocidad.

Saltó una pequeña valla de madera y rodeó el granero por uno de los costados.

Detrás de él escuchó un nuevo rugido.

Más cerca.

Mucho más cerca.

El corazón comenzó a golpearle con violencia dentro del pecho.

Corría tan rápido como podía.

Las piernas le ardían.

La respiración se volvía cada vez más pesada.

Al llegar a la parte trasera del granero tropezó con una piedra.

El rifle escapó de sus manos y cayó al suelo.

La madera golpeó la tierra con un ruido seco.

Fénix ni siquiera se detuvo.

Lo abandonó.

Siguió corriendo.

Desesperado.

Aterrorizado.

Las ramas le golpeaban el rostro mientras se internaba en el bosque.

La oscuridad parecía tragárselo todo.

Los árboles se alzaban como gigantes negros a ambos lados del sendero.

Detrás de él resonaron pasos.

Pasos enormes.

Pesados.

Cada impacto hacía vibrar ligeramente el suelo.

La criatura lo estaba siguiendo.

Y estaba ganando terreno.

—¡No, no, no, no!

Fénix apenas podía respirar.

El aire quemaba sus pulmones.

Sentía las piernas a punto de ceder.

Entonces vio algo.

Un enorme tronco caído.

Viejo.

Hueco por dentro.

Sin pensarlo dos veces se lanzó hacia él.

Se arrastró por una abertura lateral y se escondió en el interior.

La madera húmeda raspó su ropa.

Fénix se encogió lo más que pudo.

Conteniendo la respiración.

Esperando.

Escuchó los pasos acercarse.

Uno.

Dos.

Tres.

Más cerca.

Más cerca.




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