CAPÍTULO 267: Los Roger-4
El silencio se instaló dentro de la caravana.
Fénix permaneció inmóvil, intentando procesar todo lo que acababa de escuchar.
Una parte de él quería creer que aquello era una locura.
Que estaba delirando a causa de la fiebre.
Que despertaría en cualquier momento en la granja de su abuela.
Pero otra parte sabía la verdad.
Había visto a aquella criatura.
Había sentido sus colmillos atravesar su cuello.
Y ahora estaba sentado frente a una anciana que hablaba de maldiciones como si fueran algo cotidiano.
—¿Existe una cura? —preguntó finalmente.
Enyaba lo observó durante varios segundos.
No había compasión en su mirada.
Solo sinceridad.
Una sinceridad brutal.
—No.
La respuesta cayó como una piedra.
—Debe haber algo.
—No.
—Alguna forma de sacarlo de mi cuerpo.
—No.
Fénix apretó los dientes.
—Entonces dime que al menos hay esperanza.
Enyaba dejó escapar un largo suspiro.
Por primera vez desde que había comenzado la conversación, parecía cansada.
Muy cansada.
—Muchacho... voy a ser completamente sincera contigo.
Tom permaneció en silencio detrás de Fénix.
Como si ya conociera aquellas palabras.
—La mayoría de los que sobreviven a una mordida lycan terminan deseando no haberlo hecho.
Fénix sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué quieres decir?
La anciana sostuvo su mirada.
—Que hubiera sido más misericordioso que murieras aquella noche en el bosque.
El silencio fue absoluto.
Incluso Tom bajó la mirada.
Fénix sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—Vaya forma de animar a alguien.
—No intento animarte.
Intento prepararte.
Enyaba se acomodó lentamente en su asiento.
—Porque a partir de ahora tu vida será una batalla constante.
Contra la luna.
Contra tus instintos.
Contra tu propia sangre.
Fénix guardó silencio.
No sabía qué responder.
La anciana continuó.
—Algunos logran resistir durante años.
Otros durante décadas.
Pero tarde o temprano todos escuchan el llamado de la bestia.
Y cuando eso ocurre...
Las tragedias comienzan.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Enyaba tomó entonces un pequeño cuchillo que descansaba sobre la mesa.
La hoja plateada brilló bajo la luz de una lámpara.
Fénix apenas le prestó atención al principio.
Pero algo extraño ocurrió.
Una sensación desagradable recorrió todo su cuerpo.
Instintivamente retrocedió unos centímetros.
La anciana lo notó de inmediato.
—Ya lo has sentido.
—¿Sentido qué?
Enyaba levantó el cuchillo.
—Esto.
Fénix observó la hoja.
Era plata.
Nada más.
Y sin embargo algo dentro de él reaccionaba de forma extraña.
Como si su cuerpo rechazara su presencia.
Como si aquella simple pieza de metal representara una amenaza.
—La plata —dijo Enyaba—. Nunca vuelvas a olvidarlo.
La anciana apoyó lentamente el cuchillo sobre la mesa.
—A partir de ahora es mortal para ti.
Fénix frunció el ceño.
—¿Mortal?
—Una herida común cicatrizará.
Una herida causada por plata no.
—Eso es absurdo.
—Lo parecía también la existencia de los lycan.
Fénix no tuvo respuesta.
—La plata quema tu clase de maldición. Daña la carne, la sangre y el alma. Una pequeña herida puede enfermarte durante semanas. Una herida profunda puede matarte. Con el tiempo te adaptaras.
La anciana se inclinó hacia él.
—Así que escucha atentamente, muchacho.
Evita las armas de plata.
Evita las trampas de plata.
Evita las monedas de plata si puedes.
Y si algún día ves a un hombre apuntándote con una bala de plata...
Corre.
Porque ese hombre sabrá exactamente lo que eres.
Fénix permaneció en silencio.
La realidad de su situación comenzaba a asentarse poco a poco.
Ya no era simplemente un joven perdido lejos de casa.
Ya no era el mismo muchacho que había entrado al bosque buscando un lobo.
Algo había cambiado.
Algo dentro de él.
Y por primera vez desde que despertó en Anterville, sintió verdadero miedo.
No miedo a los monstruos.
No miedo a la muerte.
Sino miedo de sí mismo.
Tom permaneció en silencio durante unos segundos después de escuchar la respuesta de Fénix.
El anciano observó al muchacho con una mezcla de preocupación y compasión. Había visto esa mirada antes. La de alguien que todavía no comprendía del todo lo que acababa de perder.
El viento fresco de la tarde recorrió las calles de Anterville mientras ambos permanecían frente al carruaje de Enyaba.
—Fénix... —dijo Tom finalmente—. Escúchame con atención.
Fénix se giró hacia él.
—Ya escuché suficiente por hoy.
—No. Todavía no.
Tom apoyó una mano sobre el hombro sano del joven.
—Entiendo que quieras volver. Entiendo que quieras ver a tu madre y a tu abuela. Pero no estás comprendiendo la gravedad de la situación.
Fénix apartó la mirada.
—Claro que la comprendo.
—No, muchacho. No la comprendes.
Tom señaló la herida vendada en su cuello.
—Hace tres días estabas muerto.
Aquellas palabras hicieron que Fénix levantara la vista.
—Te encontramos desangrándote en el bosque. Tenías el cuello destrozado. Apenas respirabas. Cualquier hombre habría muerto antes del amanecer.
El anciano suspiró.
—Pero sobreviviste.
Fénix no respondió.
—Y ahora Enyaba te ha dicho la verdad. La sangre de un lycan corre por tus venas.
El muchacho apretó los puños.
—No importa. Sigue siendo mi vida.
—Precisamente por eso importa.
Tom señaló la enorme catedral que se alzaba detrás de ellos.
—En el sótano hay una celda reforzada. Piedra sólida. Puertas de madera firmes. La construimos hace muchos años para situaciones como esta.