CAPÍTULO 268: Los Roger-5
Horas después, el sótano de la catedral permanecía sumido en una penumbra silenciosa.
La celda era poco más que una habitación de piedra húmeda excavada bajo los cimientos del edificio. El aire era frío y olía a humedad, hierro oxidado y cera consumida. En lo alto de una pared había una pequeña ventana enrejada por donde se filtraban los últimos rayos anaranjados del atardecer.
Fénix estaba sentado contra la pared.
Gruesas cadenas rodeaban sus tobillos y su cuello. Los eslabones estaban fijados a argollas incrustadas profundamente en la piedra. Cada vez que se movía, el metal producía un leve tintineo que resonaba por toda la estancia.
A pesar de la situación, permanecía tranquilo.
La herida de su cuello ya casi había desaparecido.
Aún podía sentir una extraña presión bajo la piel, como si algo estuviera cambiando lentamente en su interior, pero el dolor era mucho menor que el que había sentido durante el día.
Frente a los barrotes apareció Tom sosteniendo una lámpara de aceite.
La luz iluminó parcialmente el rostro cansado del anciano.
—Veo que sigues despierto.
Fénix levantó la vista.
—Difícil dormir en un lugar como este.
Tom soltó una pequeña sonrisa.
—Supongo que sí.
Durante unos segundos observó las cadenas para asegurarse de que todo estuviera en orden.
Luego suspiró.
—Bien... creo que es momento de explicarte cómo vamos a proceder.
Fénix acomodó la espalda contra la pared.
—Te escucho.
Tom acercó la lámpara a los barrotes.
—Cuando la luna llena aparezca esta noche, te transformarás.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
—No será algo gradual. Ocurrirá rápido. Muy rápido.
Fénix tragó saliva.
—¿Y después?
—Después no recordarás nada.
El anciano negó con la cabeza.
—La mayoría de los recién mordidos pierden completamente la conciencia durante la transformación. Cuando vuelven a ser humanos, apenas conservan fragmentos confusos. Algunas imágenes. Algunos sonidos. Nada más.
Fénix guardó silencio.
Tom continuó.
—Por eso estás aquí.
Golpeó suavemente una de las cadenas con el pie.
—Estas cadenas fueron utilizadas durante generaciones. Son gruesas. Resistieron a otros antes que tú.
El sonido metálico resonó por la celda.
—No creo que puedas romperlas fácilmente.
El anciano intentó sonar seguro, aunque en el fondo no parecía completamente convencido.
Fénix lo notó.
—"No lo crees", ¿eh?
Tom soltó una pequeña risa incómoda.
—Digamos que prefiero confiar en ellas.
Los dos permanecieron callados unos instantes.
A través de la pequeña ventana, la luz del sol continuaba desapareciendo lentamente.
La noche se acercaba.
—Yo estaré arriba —continuó Tom finalmente—. Si ocurre algo extraño o necesitas ayuda, intentaré actuar.
—Intentarás.
—Sí.
—Eso inspira mucha confianza.
Tom volvió a reír.
—Muchacho, si lo que Enyaba dice es cierto, ninguno de nosotros sabe realmente qué va a pasar esta noche.
Aquella sinceridad resultó extrañamente reconfortante.
No estaba fingiendo tener todas las respuestas.
Simplemente hacía lo que podía.
Fénix observó las cadenas que inmovilizaban sus piernas.
Después levantó la vista hacia el anciano.
—Tom.
—¿Sí?
—Gracias.
El anciano pareció sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque no tenías ninguna obligación de ayudarme.
Tom permaneció unos segundos en silencio.
Luego apoyó una mano sobre uno de los barrotes.
—Todos necesitamos ayuda alguna vez, Fénix.
La respuesta fue simple.
Pero sincera.
El joven bajó la mirada.
—Aun así... gracias.
Tom asintió lentamente.
—Descansa mientras puedas.
El anciano tomó la lámpara y comenzó a alejarse por el pasillo de piedra.
La luz fue desapareciendo poco a poco.
Hasta que la oscuridad volvió a apoderarse de la celda.
Fénix quedó solo.
El silencio regresó.
Sin embargo, mientras observaba la pequeña ventana situada cerca del techo, notó algo que hizo que un escalofrío recorriera su espalda.
La última franja de luz solar acababa de desaparecer.
Y en el horizonte comenzaba a elevarse una enorme luna blanca.
Tom terminó de subir las escaleras de piedra y cerró la pesada puerta del sótano tras de sí.
El sonido del cerrojo resonó por la vieja catedral.
Uno.
Dos.
Tres seguros distintos.
No quería correr riesgos.
No aquella noche.
Cuando terminó, permaneció unos segundos inmóvil frente a la puerta, escuchando.
Silencio.
Todavía no había comenzado.
Exhaló lentamente.
Sus manos temblaban.
No por miedo.
O al menos eso era lo que intentaba convencerse a sí mismo.
Se alejó del acceso al sótano y caminó por la nave principal de la catedral. La luz de las velas proyectaba largas sombras sobre las columnas de piedra.
Cerca de una ventana tomó una botella de alcohol y una vieja jarra de barro.
Sirvió un poco.
Luego otro poco más.
Y finalmente se sentó frente al ventanal.
Desde allí podía verse el cielo nocturno extendiéndose sobre Anterville.
La luna llena ascendía lentamente sobre los bosques.
Era enorme.
Mucho más brillante de lo habitual.
Su luz plateada bañaba los tejados del pueblo y hacía relucir los caminos de tierra como si estuvieran cubiertos de escarcha.
Tom permaneció observándola durante largo rato.
Después introdujo la mano bajo su túnica.
Sacó una pequeña cruz de plata.
Una cruz sencilla.
Gastada por los años.
Sus dedos la rodearon con firmeza.
Al instante una columna de vapor comenzó a elevarse entre sus manos.
La piel siseó.
Un olor a carne quemada llenó el aire.