CAPÍTULO 269: Los Roger-6
La noche se había asentado completamente sobre Anterville.
La luna llena dominaba el cielo como un enorme ojo plateado, iluminando los tejados, los caminos de tierra y los campos que rodeaban el pequeño pueblo.
A las afueras de la localidad se encontraba el viejo cementerio.
Era un lugar humilde.
Pequeño.
Rodeado por una cerca de piedra desgastada por el tiempo.
Decenas de lápidas se alzaban entre la niebla nocturna, algunas tan antiguas que sus inscripciones ya eran imposibles de leer.
El guardián del cementerio realizaba su ronda habitual.
Llevaba una lámpara de aceite en una mano y una vieja pistola de chispa en la otra.
Aquella era una noche como cualquier otra.
O eso creía.
Sus botas crujían sobre la grava húmeda mientras caminaba entre las tumbas.
El viento agitaba las ramas de los árboles cercanos.
Todo parecía normal.
Hasta que escuchó el ruido.
Un sonido extraño.
Sordo.
Rítmico.
Como si alguien estuviera cavando bajo tierra.
El hombre se detuvo.
Frunció el ceño.
Volvió a escuchar.
Allí estaba otra vez.
Ras.
Ras.
Ras.
Algo removía tierra.
—¿Qué demonios...?
Levantó la lámpara.
El sonido provenía de una zona apartada del cementerio.
Avanzó lentamente.
La mano que sostenía la pistola comenzó a tensarse.
Cada paso aumentaba su inquietud.
Finalmente llegó hasta una tumba reciente.
Y se quedó inmóvil.
La sepultura estaba abierta.
La tierra había sido removida violentamente.
Montones de barro húmedo se acumulaban alrededor del agujero.
La lámpara tembló en su mano.
—¿Quién anda ahí?
No obtuvo respuesta.
Solo silencio.
Entonces algo se movió dentro de la fosa.
El guardián levantó la pistola.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
—¡Sal de ahí!
Una sombra emergió lentamente desde el interior de la tumba.
Primero apareció una enorme garra cubierta de pelaje gris.
Luego otra.
Después una cabeza monstruosa se elevó por encima del borde de la fosa.
El hombre sintió cómo toda la sangre abandonaba su rostro.
Aquello no era un animal.
No era un hombre.
Era algo situado entre ambos.
Una criatura gigantesca.
Musculosa.
Cubierta de pelaje oscuro.
Sus ojos dorados brillaban bajo la luz de la luna.
El hocico estaba manchado de tierra húmeda.
Y los colmillos parecían cuchillas.
El lycan.
La criatura observó al guardián durante unos segundos.
Inmóvil.
Silenciosa.
Como un depredador estudiando a una presa.
El hombre intentó apuntar.
Intentó respirar.
Intentó reaccionar.
Pero el miedo había paralizado cada músculo de su cuerpo.
—Por Dios...
Fue lo único que logró decir.
Entonces el lycan se movió.
Desapareció de donde estaba.
El guardián apenas alcanzó a ver una sombra cruzando la distancia que los separaba.
Ni siquiera tuvo tiempo de disparar.
La criatura cayó sobre él con una violencia brutal.
La lámpara salió despedida.
La pistola cayó entre las lápidas.
El hombre gritó.
Un único grito.
Breve.
Desesperado.
Que se perdió rápidamente entre la oscuridad del cementerio.
Después todo volvió a quedar en silencio.
El viento continuó soplando entre las tumbas.
La luna siguió brillando sobre Anterville.
Y la enorme figura cubierta de pelaje abandonó lentamente el cementerio.
Sin rumbo.
Guiada únicamente por instintos que no comprendía.
Muy lejos de allí, bajo la catedral...
Las cadenas rotas colgaban de las paredes de piedra.
La mañana llegó acompañada por el canto de los pájaros y el suave sonido del agua golpeando la orilla de un lago.
Fénix abrió lentamente los ojos.
Le dolía todo el cuerpo.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, tratando de entender dónde estaba. El cielo azul se extendía sobre él y la luz del sol le obligó a entrecerrar los ojos.
Cuando finalmente logró incorporarse, descubrió un espectáculo inquietante.
Su cuerpo estaba cubierto de sangre seca.
Había barro bajo sus uñas, tierra incrustada en su piel y su ropa apenas conservaba su forma original. Lo que quedaba de la camisa colgaba en jirones de sus hombros.
El joven se llevó una mano a la cabeza.
No recordaba nada.
Absolutamente nada.
Lo último que podía recordar era la celda de la catedral.
Entonces escuchó algo.
Caballos.
Muchos caballos.
Fénix levantó la vista.
El sonido se acercaba rápidamente.
Confundido, comenzó a caminar por la orilla del lago hasta que logró divisarlos.
Un grupo de hombres avanzaba hacia él.
Varios policías armados con rifles montaban caballos. Junto a ellos viajaban algunos habitantes de Anterville, todos con expresiones tensas y rostros pálidos.
Algunos parecían asustados.
Otros simplemente furiosos.
Fénix frunció el ceño.
—¿Qué demonios...?
Instintivamente dio un paso hacia atrás.
Fue entonces cuando escuchó una voz a sus espaldas.
—Buenos días, muchacho.
Fénix se giró bruscamente.
Sentado sobre una gruesa rama de un árbol cercano estaba Tom.
Parecía completamente tranquilo.
Balanceaba una pierna mientras dejaba que la arena escapara lentamente entre sus dedos.
Como si estuviera disfrutando de una mañana cualquiera.
—Tom... —murmuró Fénix.
El anciano sonrió.
—Veo que sobreviviste.
Fénix dio un paso hacia él.
—¿Qué está pasando?
Tom observó durante unos segundos el horizonte antes de responder.
—Fui convertido hace muchos años. Tantos que dejé de contarlos. Décadas. Quizá siglos. Ya ni siquiera lo recuerdo.
Su voz era tranquila.