Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 270: Los Roger-7

CAPÍTULO 270: Los Roger-7

Habían pasado varios días desde su captura.

Fénix permanecía tendido sobre el frío suelo de piedra de una pequeña celda. Las cadenas sujetaban sus tobillos y una gruesa argolla de hierro rodeaba su cuello, unida a la pared mediante una pesada cadena oxidada. El lugar olía a humedad, sudor y enfermedad. Las únicas luces que entraban provenían de una estrecha ventana situada cerca del techo, demasiado pequeña para permitir siquiera la esperanza de una fuga.

Se encontraba en un Zuchthaus, uno de los establecimientos penitenciarios que comenzaban a extenderse por los estados alemanes durante el siglo XVIII. Oficialmente eran centros de corrección y trabajo forzado. En la práctica, eran lugares donde terminaban los criminales, los mendigos, los enfermos mentales, los considerados peligrosos para la sociedad y cualquiera que las autoridades no supieran cómo manejar.

La Berlín de aquella época estaba muy lejos de la gigantesca metrópolis que algún día llegaría a ser. Sus calles eran más estrechas, muchas seguían siendo de tierra, y el barro cubría los caminos cada vez que llovía. Los edificios de piedra y ladrillo se mezclaban con construcciones más humildes de madera. Durante el día, comerciantes, artesanos y soldados llenaban las calles. Durante la noche, en cambio, las sombras parecían adueñarse de la ciudad.

Y en algún rincón de aquella Berlín antigua, detrás de gruesos muros de piedra, estaba encerrado Fénix.

Con el paso de los días había comprendido que nadie tenía intención de escuchar su versión de los hechos. Para las autoridades, él era el responsable de las muertes ocurridas en Anterville. Un monstruo. Un asesino. Un hombre que debía permanecer encerrado para siempre.

Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.

Lo peor no eran las cadenas.

Lo peor eran los intentos de "curarlo".

Los médicos, sacerdotes y funcionarios del establecimiento parecían convencidos de que la licantropía era una mezcla de enfermedad, locura y posesión demoníaca. Ninguno sabía realmente qué era un lycan. Ninguno entendía aquello que corría por sus venas.

Y precisamente por eso, cada tratamiento era peor que el anterior.

Lo habían sumergido en enormes bañeras llenas de agua helada hasta que su cuerpo entero temblaba sin control. Permanecía allí durante horas mientras varios hombres observaban convencidos de que el frío expulsaría al demonio de su interior.

Cuando aquello no funcionó, probaron con sangrías.

Le realizaron cortes en los brazos y extrajeron grandes cantidades de sangre, creyendo que así eliminarían la corrupción que habitaba dentro de él. Durante días caminó mareado y débil, apenas capaz de mantenerse en pie.

Después llegaron las hierbas.

Infusiones amargas preparadas por curanderos y boticarios. Brebajes tan desagradables que le provocaban náuseas apenas acercaban el recipiente a su boca. Algunos contenían acónito, otros plantas desconocidas que le hacían arder el estómago durante horas.

Y cuando nada de eso dio resultado, recurrieron a las oraciones.

Sacerdotes acudían regularmente a su celda para recitar pasajes religiosos, rociarlo con agua bendita y obligarlo a escuchar sermones interminables acerca de la salvación del alma.

Fénix había perdido la cuenta de cuántas veces le dijeron que estaba poseído.

Cuántas veces le aseguraron que todavía podían salvarlo.

Cuántas veces escuchó que debía arrepentirse.

Soltó una amarga carcajada.

Si supieran la verdad, pensó.

Si supieran que los monstruos existen de verdad.

Si supieran que la criatura que lo convirtió seguía caminando libremente bajo la luz de la luna.

Lentamente levantó la vista hacia la pequeña ventana.

El sol comenzaba a ocultarse tras los tejados de Berlín.

Otra noche se acercaba.

Y en lo más profundo de su interior, donde la rabia, el miedo y el instinto se mezclaban en una misma cosa, Fénix podía sentirlo.

La bestia seguía allí.

Esperando.

La pesada puerta de hierro de la celda se abrió con un chirrido metálico que rompió el silencio del corredor.

Fénix, que permanecía sentado contra la pared de piedra, levantó lentamente la vista. El guardia que vigilaba aquella sección del Zuchthaus apareció al otro lado de los barrotes con una expresión extraña, casi nerviosa.

—Tienes visita —dijo secamente.

Fénix frunció el ceño.

Visitas era lo último que esperaba.

El guardia introdujo una llave en la cerradura y abrió la puerta de la celda. Detrás de él apareció un hombre que destacaba de inmediato. Era enorme. Debía medir cerca de dos metros de altura y poseía una complexión imponente incluso bajo las elegantes prendas que vestía.

Llevaba un largo abrigo oscuro confeccionado con telas costosas, botas perfectamente limpias y guantes de cuero fino. Su aspecto era el de un noble o un comerciante extremadamente rico, alguien completamente fuera de lugar en un sitio tan miserable como aquel.

El hombre entró con tranquilidad.

El guardia cerró la puerta detrás de él y se retiró sin decir una sola palabra.

Durante unos segundos reinó el silencio.

El desconocido observó la celda con calma antes de acomodarse en una sencilla silla de madera situada frente a Fénix.

—Así que tú eres el muchacho del que hablan todos los periódicos —dijo finalmente con una voz grave y serena—. Debo admitir que esperaba encontrar a alguien diferente.

Fénix permaneció en silencio.

El hombre apoyó las manos sobre sus rodillas.

—Me enteré de todo lo ocurrido en Anterville. Las historias han llegado bastante lejos. Cuando eres una persona conocida, los rumores y las noticias suelen llegar rápido.

Su mirada se suavizó ligeramente.

—Lamento lo que te ocurrió.

Aquellas palabras tomaron a Fénix por sorpresa.

No había escuchado compasión desde que llegó allí.




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