CAPÍTULO 271: Los Roger-8
La oportunidad llegó cuando menos lo esperaba.
Aquella mañana, dos guardias acudieron a la celda de Fénix para llevarlo a otra de sus supuestas terapias de recuperación. Durante las últimas semanas se había acostumbrado a aquellas sesiones absurdas en las que médicos, sacerdotes y curanderos intentaban "curar" algo que ni siquiera comprendían.
Le colocaron los grilletes en las muñecas y lo guiaron por los pasillos de piedra del Zuchthaus.
Fénix caminó en silencio.
La cabeza baja.
La mirada aparentemente cansada.
Pero por dentro estaba atento a cada detalle.
A cada puerta.
A cada guardia.
A cada posible oportunidad.
Finalmente llegaron frente a una pequeña sala de tratamientos. Uno de los guardias se adelantó y comenzó a abrir la pesada puerta de madera.
El sonido de la cerradura resonó en el corredor.
Y entonces Fénix actuó.
Giró sobre sí mismo con una velocidad que ninguno de los dos hombres esperaba y lanzó un golpe brutal utilizando los propios grilletes como arma improvisada.
El metal impactó directamente contra la cabeza del guardia.
El hombre soltó un gemido ahogado antes de desplomarse sobre el suelo de piedra.
El segundo guardia apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Fénix lo empujó contra la pared con todas sus fuerzas.
El impacto le hizo perder el conocimiento casi de inmediato.
Durante unos segundos el corredor quedó completamente en silencio.
Fénix observó a ambos hombres.
Seguían respirando.
Eso le bastaba.
A pesar de todo lo ocurrido durante los últimos meses, no tenía intención de matar a nadie.
Se agachó y acomodó cuidadosamente al primer guardia contra la pared para evitar que se golpeara más al despertar.
—Lo siento —murmuró.
Después observó los grilletes que seguían rodeando sus muñecas.
Inspiró profundamente.
Sintió algo moverse en lo más profundo de su cuerpo.
Aquella fuerza que había aparecido después de la mordida.
Aquella fuerza que cada día parecía crecer más.
Apretó los dientes.
Los músculos de sus brazos se tensaron.
Las cadenas comenzaron a crujir.
El metal protestó bajo la presión.
Y finalmente, con un fuerte estallido, los grilletes se rompieron.
Fénix se quedó inmóvil unos segundos.
Incluso para él aquello había sido sorprendente.
Miró los trozos de hierro en el suelo.
Ya no había vuelta atrás.
La fuga acababa de comenzar.
Rápidamente se arrodilló junto a uno de los guardias y comenzó a quitarle el uniforme.
La chaqueta.
Las botas.
El sombrero.
Todo.
Minutos después vestía de forma casi idéntica a los hombres que patrullaban la prisión.
No era perfecto.
Pero a simple vista resultaría suficiente.
Escondió los fragmentos de los grilletes bajo unas cajas cercanas y salió al pasillo.
Su corazón latía con fuerza.
Cada paso podía ser el último.
Cada esquina podía contener una patrulla.
Pero siguió avanzando.
Atravesó corredores.
Bajó escaleras.
Cruzó patios interiores.
En más de una ocasión se cruzó con otros guardias.
Ninguno pareció prestarle demasiada atención.
Después de todo, solo veían a otro funcionario realizando su trabajo.
Y eso era exactamente lo que necesitaba.
Finalmente llegó a una de las puertas exteriores.
Dos centinelas custodiaban la salida.
Fénix respiró hondo.
Caminó con seguridad.
Sin apresurarse.
Sin mostrar nerviosismo.
Los hombres apenas le dedicaron una mirada antes de volver a su conversación.
Y entonces cruzó la puerta.
Por primera vez en semanas sintió aire fresco sobre el rostro.
Se detuvo unos segundos.
Frente a él se extendían las calles de Berlín.
La ciudad hervía de actividad.
Carretas avanzaban por los caminos embarrados.
Mercaderes anunciaban sus productos.
Artesanos trabajaban frente a sus talleres.
El humo de cientos de chimeneas ascendía hacia el cielo gris.
Y entre toda aquella multitud, Fénix desapareció.
Sin cadenas.
Sin celda.
Sin muros.
Libre.
Por primera vez desde Anterville.
Pero mientras avanzaba entre la gente, sabía que aquella libertad sería breve.
La luna llena seguía acercándose.
Capítulo 272: El Cañón de Mano
Las calles de Berlín se extendían frente a Fénix como un laberinto de piedra, barro y humo. Había logrado escapar del Zuchthäuser sin levantar demasiadas sospechas, pero sabía que no disponía de mucho tiempo. En cualquier momento descubrirían la ausencia del guardia y comenzarían a buscarlo.
Con la gorra baja sobre el rostro y el uniforme robado cubriendo parcialmente su aspecto desaliñado, caminó entre comerciantes, carreteros y ciudadanos que iniciaban sus actividades diarias. El bullicio de la ciudad apenas lograba distraerlo de los pensamientos que martilleaban su cabeza.
Necesitaba un arma.
Y la necesitaba antes de regresar a Anterville.
Tras recorrer varias calles, encontró una pequeña tienda situada entre una herrería y una talabartería. Un viejo cartel de madera colgaba sobre la entrada, balanceándose suavemente con el viento.
Fénix empujó la puerta.
Una campanilla sonó sobre su cabeza.
El interior estaba lleno de armas de distintas clases. Mosquetes colgados en las paredes, pistolas de chispa cuidadosamente alineadas sobre estantes y espadas de diversas longitudes descansando en soportes de madera.
Detrás del mostrador se encontraba un anciano de cabello completamente blanco. Sus ojos grises parecían haber visto demasiadas guerras para sorprenderse por nada.
El viejo levantó la vista.
—Buenos días, joven. ¿Qué puedo hacer por usted?
Fénix se acercó al mostrador.
—Necesito un arma.
El anciano arqueó una ceja.