Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 272: Los Roger-9

CAPÍTULO 272: Los Roger-9

Cuando Fénix divisó las primeras construcciones de Anterville, el sol ya se estaba ocultando detrás de las colinas. Los últimos rayos anaranjados teñían los tejados de madera y las calles de tierra con una luz tenue que anunciaba la llegada de la noche.

Se detuvo entre unos arbustos a varios metros del pueblo y observó en silencio.

Algo había cambiado.

Varios hombres patrullaban las calles montados a caballo. Llevaban antorchas encendidas y rifles de chispa apoyados sobre los hombros. Algunos recorrían los límites del pueblo mientras otros vigilaban las entradas principales.

Parecía que el miedo se había instalado definitivamente en Anterville.

Y Fénix entendía perfectamente por qué.

Los recientes asesinatos habían transformado aquel lugar tranquilo en una comunidad aterrorizada.

—Siguen buscando monstruos... —murmuró para sí mismo.

Sin perder tiempo, comenzó a avanzar utilizando la vegetación como cobertura. Se movía con cautela entre los árboles y los matorrales, procurando mantenerse siempre lejos de la luz de las antorchas.

Cada vez que escuchaba cascos acercándose se agachaba inmediatamente.

Más de una vez los jinetes pasaron a pocos metros de su posición.

Pero ninguno llegó a verlo.

Finalmente alcanzó la parte trasera de la catedral.

La enorme construcción de piedra se elevaba sobre el resto del pueblo como una sombra silenciosa. Las últimas luces del día iluminaban parcialmente sus muros mientras la oscuridad comenzaba a extenderse por el valle.

Fénix rodeó el edificio lentamente.

Fue entonces cuando vio una pequeña puerta lateral entreabierta.

La observó durante unos segundos.

Nadie vigilaba la entrada.

Parecía que alguien la había dejado abierta para permitir el acceso antes del cierre nocturno.

Sin pensarlo demasiado, avanzó hacia ella.

La puerta emitió un leve crujido cuando la empujó.

El interior estaba completamente silencioso.

No había fieles.

No había sacerdotes.

No había nadie.

Solo largas filas de bancos vacíos y el eco distante del viento golpeando los vitrales.

Fénix cerró la puerta detrás de sí y permaneció inmóvil unos instantes, escuchando.

Nada.

Ni una sola voz.

Ni un solo paso.

Solo silencio.

Aquello no le gustó.

Tom siempre parecía saber más de lo que debería.

Y una parte de él sospechaba que el anciano ya podía estar esperándolo.

Su mano descendió hasta el cañón de mano que llevaba sujeto al cinturón.

Lo extrajo lentamente.

El arma ya estaba cargada.

La bala de plata descansaba en el interior del cañón.

Lista para disparar.

Fénix comenzó a avanzar por la nave principal de la catedral.

Sus botas resonaban suavemente sobre el suelo de piedra.

A medida que se acercaba al altar principal, algo llamó su atención.

Una puerta permanecía abierta al fondo del edificio.

Detrás de ella podía verse una estrecha escalera de madera que ascendía hacia los niveles superiores.

Los aposentos de Tom.

El joven apretó la empuñadura del arma.

Había llegado hasta allí por ese momento.

Subió el primer escalón.

La madera crujió bajo su peso.

Luego el segundo.

Y el tercero.

Cada peldaño parecía aumentar la tensión que sentía en el pecho.

La noche terminaba de caer sobre Anterville.

Y en algún lugar sobre aquellas escaleras se encontraba el hombre que había destruido su vida.

El hombre que lo había convertido en un monstruo.

El hombre que había sonreído mientras lo enviaban a prisión.

Fénix continuó ascendiendo lentamente, manteniendo el cañón de mano apuntando hacia delante.

El silencio de la catedral era tan profundo que podía escuchar los latidos de su propio corazón.

Y mientras se acercaba al final de las escaleras, una única pregunta ocupaba su mente.

¿Tom estaba durmiendo...

...o lo estaba esperando?

Capítulo 273: El Pastor y la Bestia

Fénix alcanzó el último escalón con el cañón de mano firmemente sujeto entre ambas manos. Su respiración era lenta y controlada, aunque por dentro sentía la sangre hervir de rabia.

Empujó la puerta con cuidado.

La habitación estaba iluminada por el resplandor anaranjado de una estufa de leña que crepitaba suavemente en una esquina. El lugar era sencillo pero acogedor. Había una cama, una biblioteca repleta de textos antiguos, varios mapas colgados en las paredes y una mesa de madera sobre la que descansaban una botella de vino y dos copas.

Sentado junto al fuego estaba Tom.

El anciano parecía completamente tranquilo.

Como si hubiera estado esperando aquella visita desde hacía horas.

Sostenía una copa de vino entre los dedos mientras observaba las llamas.

Ni siquiera se giró cuando Fénix entró.

Simplemente habló.

—"Porque el hombre no conoce su hora. Como los peces que son atrapados en la red maligna y como las aves que caen en el lazo, así son enlazados los hijos de los hombres." —Tom tomó un pequeño sorbo de vino antes de continuar—. Eclesiastés. Un libro interesante.

Fénix apretó los dientes.

—Levántate.

Tom sonrió.

—Buenas noches para ti también, muchacho.

—Levántate —repitió Fénix.

Esta vez con más fuerza.

Tom dejó escapar una pequeña risa.

Finalmente levantó la mirada hacia él.

—Sabía que regresarías.

—Y yo sabía que encontraría a la rata escondida detrás de todo esto.

Tom asintió lentamente.

—Justo donde me dejaste.

La mirada de Fénix se endureció.

—¿Cuántos?

Tom arqueó una ceja.

—¿Cuántos qué?

—¿Cuántas personas mataste?

El anciano permaneció en silencio unos segundos.

Luego se encogió de hombros.

—Después de tantos años uno deja de contarlas.

Aquella respuesta hizo que los nudillos de Fénix se pusieran blancos alrededor del arma.




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