Code Fénix Maximum

CAPÍTULO 273: Los Roger-10 FIN

CAPÍTULO 273: Los Roger-10 FIN

La batalla continuó con una violencia cada vez mayor. Las garras chocaban contra piedra antigua, arrancando fragmentos de los muros de la catedral. Los bancos de madera volaban por los aires, convertidos en astillas bajo la fuerza monstruosa de ambos licántropos.

Tom era más viejo, más experimentado y mucho más fuerte.

Con un rugido ensordecedor, atrapó a Fénix por el torso y lo lanzó con una fuerza brutal. El joven lycan salió despedido varios metros antes de estrellarse contra una de las paredes laterales de la catedral. La piedra se agrietó bajo el impacto y una lluvia de polvo cayó desde el techo.

Aturdido, Fénix se levantó tambaleándose.

El dolor recorría cada músculo de su cuerpo, pero no le importaba.

Volvió a lanzarse contra Tom.

Los dos monstruos chocaron en medio de la nave principal como bestias salvajes. Fénix logró clavar sus garras en el costado de Tom, arrancándole varios mechones de pelo y parte de la carne. La herida sanó casi de inmediato, pero aun así consiguió hacerle daño.

Tom respondió con una sonrisa salvaje.

Un instante después lo golpeó con una garra en el pecho y luego lo derribó de una embestida.

Antes de que Fénix pudiera reaccionar, Tom se colocó encima de él.

Sus enormes manos peludas rodearon el cuello del joven.

Comenzó a girarlo.

Lentamente.

Con una fuerza aterradora.

Los huesos de Fénix empezaron a crujir.

Entonces, en un acto desesperado, Fénix lanzó una de sus garras hacia arriba y logró rasgar parte del rostro de Tom.

La piel se abrió.

La sangre salpicó el suelo.

Tom rugió de dolor y retrocedió varios pasos mientras una profunda herida cruzaba uno de sus ojos.

Durante unos segundos ambos permanecieron inmóviles, respirando con dificultad.

Y fue entonces cuando ocurrió.

Las nubes cubrieron el cielo.

La luna llena desapareció.

La transformación de Fénix comenzó a revertirse de inmediato.

El pelaje cayó.

Los músculos se encogieron.

Las garras desaparecieron.

El hocico volvió a convertirse en un rostro humano.

En apenas unos segundos, Fénix estaba de rodillas sobre el suelo de piedra, desnudo, herido y completamente vulnerable.

—No... no... no ahora... —murmuró entre jadeos.

Intentó ponerse de pie.

Intentó correr.

Pero apenas podía mantenerse en equilibrio.

Frente a él, Tom observaba la escena con tranquilidad.

Su transformación no desapareció por completo.

Su cuerpo adoptó una forma intermedia, casi humana, pero todavía monstruosa. Sus ojos seguían brillando con un resplandor dorado y sus colmillos sobresalían de su mandíbula.

Caminó lentamente hacia Fénix.

Sin prisa.

Como un depredador que sabe que su presa ya no tiene escapatoria.

—Pudiste haberlo tenido todo —dijo con voz grave—. Pudiste aprender. Pudiste unirte a otros como nosotros.

Fénix retrocedió unos pasos.

Tom continuó avanzando.

—Pero elegiste regresar a Anterville.

Su mirada se endureció.

—Elegiste venir aquí a morir.

Tom extendió una mano y sujetó a Fénix por el cuello.

Lo levantó del suelo como si no pesara nada.

Fénix intentó liberarse, pero era inútil.

Sus pies colgaban en el aire.

Su respiración comenzaba a fallar.

Tom lo observó durante unos segundos.

—Qué desperdicio...

Entonces las nubes comenzaron a moverse.

Lentamente.

La luz plateada regresó.

Un único rayo de luna atravesó una de las ventanas de la catedral.

Después vino otro.

Y otro más.

La luna llena volvió a mostrarse sobre Anterville.

Tom abrió los ojos con sorpresa.

Demasiado tarde.

El cuerpo de Fénix comenzó a cambiar mientras aún colgaba de su mano.

Los huesos crujieron.

Los músculos se expandieron.

El pelaje gris emergió por todo su cuerpo.

Los colmillos crecieron nuevamente.

En cuestión de segundos, Tom ya no sostenía a un hombre.

Sostenía a un lycan.

Uno furioso.

Uno desesperado.

Uno dispuesto a matar.

—¿Qué...? —alcanzó a decir Tom.

Fénix reaccionó primero.

Sus fauces se cerraron brutalmente sobre el brazo que lo sujetaba.

Los colmillos atravesaron carne y hueso.

Tom rugió de dolor.

La extremidad prácticamente quedó destrozada.

Fénix cayó al suelo y, sin darle tiempo a recuperarse, se lanzó sobre él.

Los dos chocaron contra el altar.

La piedra se rompió.

Tom intentó defenderse.

Intentó apartarlo.

Pero Fénix ya había cruzado un límite.

Toda la rabia acumulada.

Todo el dolor.

Toda la traición.

Todo explotó de golpe.

Sus colmillos se hundieron en el cuello de Tom.

La sangre brotó en abundancia.

Tom golpeó una y otra vez a Fénix para apartarlo.

No funcionó.

Fénix siguió mordiendo.

Siguió desgarrando.

Siguió destruyendo.

Hasta que finalmente reunió toda la fuerza de su cuerpo y hundió una garra directamente en el pecho de Tom.

La mano atravesó músculos.

Atravesó costillas.

Atravesó órganos.

Y llegó al corazón.

Por un instante ambos quedaron inmóviles.

Tom bajó lentamente la mirada.

Observó la garra atravesando su pecho.

Luego levantó los ojos hacia Fénix.

No había odio.

Solo resignación.

Un segundo después, la vida abandonó su cuerpo.

Tom cayó de rodillas.

Y después cayó al suelo.

Muerto.

La transformación comenzó a desaparecer.

Su cuerpo regresó lentamente a su forma humana.

Allí quedó tendido.

Inmóvil.

Silencioso.

El hombre que había gobernado aquellas tierras durante generaciones acababa de caer.

Fénix permaneció de pie en medio de la catedral destruida.

La luz de la luna iluminaba su figura cubierta de sangre.




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