El portal no fue luz, fue un grito.
Los ocho — los cuatro guardianes y los cuatro herederos — fueron succionados por esa esfera del sótano. No cayeron, fueron ¡ESCUPIDOS!.
— ¡AHHH! —
Cayeron de golpe sobre algo suave, no era pasto, no era tierra.
Aelira fue la primera en abrir los ojos y se quedó sin aire.
Estaban en un campo infinito de rosas azules pero, no eran rosas normales, eran de cristal y brillaban, cada pétalo latía como si tuviera un corazón adentro, la luz azul les iluminaba la cara, el olor era dulce, pero triste a a vez.
— No puede ser... — susurró Aelira con lágrimas — El Valle de Lamentos... mi mamá me contaba que aquí lloraban las primeras reinas.
Thaelor, Nova y Ezrion se levantaron lentamente, atónitos.
Nunca habían pisado Rofreya, pero la sentían en la sangre. La conocían, cada calle, cada piedra, se las habían contado desde niños.
— Es más hermosa de lo que decían... — dijo Nova, tocando una rosa que brilló más fuerte al tocarla — Y más triste.
Los guardianes aterrizaron detrás. El papá de Aelira miró el horizonte y su cara se endureció.
— No tenemos tiempo para admirar, el campo es hermoso, pero a dos kilómetros empieza la ciudad y si nos ven podríamos morir. ¡Muévanse!
Se taparon con las capas nuevas. Aelira sacó el mapa viejo que brillaba solo y los guió pero, lo que vieron al entrar a la ciudad les rompió el alma.
Rofreya no era la ciudad moderna y brillante que les habían dibujado. Era una ruina esclavizada.
Las calles estaban llenas de gente flaca, con ropa rota, pidiendo limosna. Niños descalzos y en cada esquina, soldados de Seraphine con látigos de luz negra, gritando.
— ¡MÁS RÁPIDO, BASURA! ¡ESTA PIEDRA ES PARA EL NUEVO PALACIO DE SU MAJESTAD SERAPHINE!
Vieron a un anciano caer bajo el peso de una roca y un soldado patearlo sin piedad.
Los cuatro herederos se escondieron detrás de un muro destruido, temblando.
— ¿Esto... esto hizo Seraphine? — dijo Thaelor con la voz quebrada— ¿Convirtió nuestra casa en esto?
— Tenía entendido que aquí no había esclavos desde hacía 300 años... — susurró Ezrion, con asco y furia — Y ahora mírala... la atrasó 500 años en 19 años. Es una dictadora.
Se miraron los cuatro, tenían miedo, pero era un miedo diferente, ya no era de niños. Era la rabia de quien ve su casa arder.
— Tenemos que dividirnos — dijo Aelira, seria, como una verdadera líder — Si nos atrapan juntos, se acabó todo—Papás, ustedes vayan por el este, busquen a la directora. Nosotros cuatro por el oeste, al Templo del Núcleo. Es donde Seraphine está sacando la energía.
Los guardianes dudaron, pero asintieron. Era el plan de los herederos ahora.
Se separaron en tres grupos. Aelira y Thaelor por un callejón, Nova y Ezrion por otro, y los guardianes por otro lado.
Fue ahí cuando pasó.
Nova y Ezrion iban agachados, corriendo. Una antorcha de un soldado iluminó de golpe el callejón.
El soldado los vio, vio la silueta de Nova.
— ¡EH! ¡USTEDES DOS! ¡ALTO AHÍ!
Todo fue en un segundo.
Ezrion no lo pensó, no se mareó, no dudó. Se lanzó delante de Nova y la pegó contra su pecho, cubriéndola por completo con su cuerpo, con sus brazos. Como un escudo humano.
— ¡Si la tocas, te mueres! — gritó Ezrion, con una voz que ni él mismo se conocía.
Nova, pegada a su pecho, escuchando su corazón a mil, no tenía miedo. Por primera vez, tuvo una visión no fue un sueño, fue el futuro. Vio a Ezrion sangrando por protegerla, vio fuego y se vio a ella misma gritando su nombre.
— Ezrion... — susurró.
En el otro callejón, al mismo tiempo, otro soldado levantó su látigo para golpear a una niña esclava, Thaelor, sin pensar, se puso en medio.
Y su poder despertó.
¡PUM! Un campo magnético rojo, transparente, gigante, salió de su pecho. El látigo chocó contra el campo y se desintegró. La niña salió corriendo.
— ¿QUÉ?!— gritó el soldado.
Thaelor miró sus manos, brillando. — Yo... yo soy el escudo ahora pensó para sí mismo.
Y Aelira cayó de rodillas, se llevó las manos a la cabeza y empezó a llorar, pero no de tristeza, escuchaba, escuchaba todo.
Escuchaba los lamentos de todos los Rofreyans pobres, los que pedían limosna, los que eran golpeados, los que dormían en la calle por culpa de Seraphine. Cientos de voces en su cabeza, llorando, pidiendo ayuda.
— Los escucho a todos... — dijo Aelira entre lágrimas — ¡Estamos de vuelta!
Los cuatro se encontraron de nuevo en el centro, en una fuente seca. Sus ojos brillaban, cada uno con sus respectivos colores.
No se asustaron, entendieron.
— No es magia — dijo Aelira, limpiándose las lágrimas — Es Rofreya. Nuestra casa, nos está dando lo que nos pertenece por nacimiento, nos está respaldando porque por fin volvimos.
Nova agarró la mano de Ezrion, que aún la protegía.
Thaelor agarró la mano de Aelira y la ayudó a levantarse.
— Entonces no la decepcionemos — dijo Thaelor.
Detrás de ellos, se escucharon los pasos de todo un batallón de Seraphine corriendo hacia la fuente.
Habían sido detectados.
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