El sonido de los cascos de los caballos contra la piedra del camino real era lo único que rompía la monotonía de la tarde. A mi lado, mi dama de compañía, Amelia, contenía el aliento cada vez que el carruaje se inclinaba ligeramente hacia la izquierda, convencida de que en cualquier momento caeríamos por el precipicio directo a los picos helados del Norte.
Yo, a diferencia de ella miraba por la ventana del carruaje con el mentón apoyado en una mano, con una calma que a mí familia siempre le resultó insoportable, aunque después de tres días de viaje estaba más aburrida que nunca.
- Princesa, por favor, cambia esa cara - susurró Amelia, mientras me acomodaba por octava vez los pliegues del vestido que llevaba junto a la cinta que rodeaba mi cintura. - Estamos a menos de una legua de la fortaleza de Escarcha, el príncipe Axel va a recibirnos en las puertas y no sería decoroso que te viera con esa actitud.. ausente. -
- La ausencia también es una forma de presencia, Amelia - respondí con una sonrisa medio forzada, sin apartar la vista de los pinos cubiertos de nieve que se alzaban en el camino, dudo que al príncipe le importara si estaba mirando los árboles o el tapizado, lo único que le importaba era que mi padre firmara los documentos de la alianza con su reino, y yo solo era el sello que cerraba todo.
Amelia soltó un suspiro resignado, sabía que discutir sobre estas cosas conmigo era algo imposible.
Desde que tengo uso de razón he estado envuelta en las cosas reales y en las cortes, que siempre me pareció una obra de teatro mal escrita, todos siempre tratando de impresionar a otros nobles, usar joyas y vestidos pomposos que solo te hacían sentir incomoda y adolorida al final de la noche, todas esas sonrisas falsas y protocolos que había que seguir para poder encajar de forma correcta, ese ambiente toxico no me interesaba demasiado, había nacido en la familia noble, un privilegio para cualquiera que lo pensara, pero a veces me gustaría haber vivido una vida normal, sin tantas máscaras ni mentiras.
Debajo de las pesadas faldas y pliegues de mi vestido, mis pies hicieron un movimiento automático, flexioné los dedos dentro de los zapatos, trazando una perfecta primera posición en el suelo del carruaje, y luego elevé los talones apenas unos centímetros. Sentí el estiramiento en mis pantorrillas, el despertar de los músculos que llevaba días conteniendo debido al viaje.
Ese pequeño movimiento era mi ancla.
Mi verdadero secreto.
En un mundo donde todo me era impuesto, mi cuerpo y la forma como podía liberarlo mediante las melodías era de lo poco que me mantenía realmente viva.
Mis pensamientos quedaron tan absortos en esos movimientos, que no me había dado cuenta de que el carruaje se había detenido, fue solo hasta que el aire helado se filtró por las rendijas de madera, haciendo que se me erizara la piel.
- Hemos llegado - anunció el conductor con una sonrisa.
Acto seguido abrieron la puerta del carruaje y el aire frío y espeso del Norte me chocó directamente en la cara, frente a mí se alzaba el castillo del reino Skardor, una fortaleza enorme de piedra gris oscura, imponente y libre de cualquier decoración innecesaria, parecía construido no para ser un hogar sino más bien para ser un lugar donde todo tenía que ser bajo las reglas y la perfección, y justo en las puertas principales de esa majestuosa estructura, estaba él.
El príncipe heredero, Axel.
Incluso desde la distancia se notaba su postura recta e impecable, vestía con un uniforme militar negro con detalle de plata, sin la más minina imperfección, el viento de invierno movía su cabello oscuro y liso en pequeñas ondas, pero él parecía no reaccionar a ello, su rostro parecía tallado con el mismo mármol que las columnas del palacio, con facciones detalladas, labios firmes y unos ojos grises claros que eran casi perturbadores, su mirada no tenía ningún atisbo de calidez o curiosidad, solo una evaluación fría y matemática que no dejaba pasar ningún detalle por alto de la mujer que acababa de bajar del carruaje.
Caminé hacia él con calma, con pasos ligeros, manteniendo una respiración tranquila. Tenía más que claro lo que la corte y la mayoría de nobles decían de mi: que era dócil, sumisa y fácil de moldear porque nada parecía perturbarme. Iba a dejar que esa imagen se conservara ante él, al final el agua se adapta a cualquier recipiente, pero sigue siendo agua y no pensaba cambiar ese punto de ancla en mi actitud.
Al llegar frente a él, incliné la cabeza con delicadeza en una reverencia perfecta, como la que tantas veces me habían obligado a ensayar, controlando el peso de mi cuerpo con la habilidad que solo la danza me había brindado.
- Príncipe Axel - dije, mi voz sonando natural y suave en contraste con el frio del ambiente.
Él dio un paso al frente y me extendió la mano, sus dedos, cubiertos por un guante de cuero negro se cerraron sobre los míos con una presión firme, casi brusca pero escaso de cualquier emoción.
- Bienvenida a Skardor, princesa Elena - su voz era baja, profunda, que desprendía pura autoridad. - Espero que el viaje no haya sido demasiado para ustedes, el Norte no suele compadecerse de los Sureños.
— El clima es frío milord — respondí mirándolo directo a los ojos, sin apartar la mirada — Pero el frío tiene la ventana de mantener las cosas claras. No me molesta en absoluto.
Una fracción de segundo fue lo que duró la sorpresa en sus ojos, antes de volverse de nuevo dos trozos de hielo. Axel asintió ligeramente, una aprobación formal.
— Muy bien, entremos entonces, hay mucho de que hablar y el tiempo es algo que no me gusta desperdiciar.
Dió media vuelta y yo me dedique a seguirlo dejando que guiara mis pasos hacia el interior del castillo. Mientras avanzábamos sentía el peso de su mirada sobre mi, analizando mi forma de caminar, mi postura, buscando algún error o debilidad que pudiera usar en mi contra dentro de su tablero político. Sonreí para mis adentros, Axel creía que había recibido a una princesita frágil que podía dirigir a su antojo, pero lo que no sabía era que yo estaba acostumbrada a estar bajo presión incluso mientras bailaba.