Quince minutos.
Ese era el tiempo exacto que había reservado en mi agenda para el recibimiento de la princesa Elena del Valle. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Los informes de mi red de espías en la corte del Sur habían sido categóricos: una joven de temperamento apático, educada para no incomodar, sin inclinaciones realmente políticas ni ambiciones territoriales. "Una presencia transparente", así la había descrito uno de mis informantes en su último reporte. Una pieza inerte en el tablero geopolítico que los reyes de ambos reinos habían creado.
Un reino que limita con tres fronteras enemigas no necesita una consorte con ideas propias. Necesita un sello de cera, una garantía biológica de sucesión y la ratificación de los graneros del Sur antes de que las ventiscas del invierno bloqueen los pasos hacia la montaña. Ya tenía suficientes problemas lidiando con los nobles disidentes del Norte como para preocuparme por una consorte rebelde, por lo que aunque no era la mejor de las mujeres, al menos no sería un estorbo demasiado grande en el control de mi reino.
Cuando el carruaje se detuvo, me preparé para el teatro habitual. Esperaba lágrimas por el clima, quejas sobre la distancia o, en el peor de los casos, un intento ensayado de coquetería para ganarse mi favor.
Sin embargo mi primer encuentro con Elena no tuvo nada de eso.
Se movía con una ligereza extraña, como si apenas tocara el suelo cubierto de nieve, su vestido azul a simple vista se notaba que era costoso, pero ella lo llevaba con un desapego absoluto, como si solo fuera un trozo de tela más. Cuando se acercó y me miró, lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos: de un castaño cálido, pero completamente serenos, no había miedo en ellos, tampoco sumisión, lo que encontré era que había una desconcertante paz que me resultó molesta de inmediato. En mi mundo, la paz era una ilusión o una debilidad.
—Príncipe Axel —dijo. Su voz no tembló a pesar del viento que congelaba los labios.
Le tomé la mano por protocolo. Esperaba notar la vibración del frío en su piel o el temblor involuntario de alguien a quien su cuerpo delata a pesar de sus máscaras. Pero, en su lugar, sus dedos, envueltos en seda, se amoldaron a los míos con una suavidad firme. Cuando le advertí sobre la crueldad del clima del Norte, esperaba una respuesta educada y sumisa. En su lugar, me miró fijamente y soltó: «El frío tiene la ventaja de mantener las cosas claras».
Analicé su respuesta mientras subíamos la escalinata hacia el gran vestíbulo. Una respuesta inteligente, pero pronunciada con una apatía que me desconcertó. ¿Estaba intentando desafiarme o realmente le importaba tan poco todo lo que la rodeaba? La incertidumbre me irritó con la fuerza de un dardo invisible.
Al entrar al gran vestíbulo, el calor de las chimeneas gigantes nos envolvió, pude percibir un sutil suspiro viniendo de ella. Los sirvientes se apresuraron a retirar su capa de viaje. Me detuve bajo el gran arco gótico, manteniendo mi postura militar estándar: hombros hacia atrás, una mano apoyada en la empuñadura de mi espada ceremonial, la otra oculta en la espalda.
—Sus aposentos han sido puestos en el ala este, princesa —le informé, usando el tono frío e impersonal con el que solía atender los asuntos del consejo. — Es la zona más resguardada y tranquila del castillo. Cenaremos a las ocho en punto, no tolero la impuntualidad. Mañana a primera hora se presentarán los notarios para que revisemos las cláusulas del acuerdo matrimonial que nos competen.
Elena asintió de la misma manera pausada en que hacía todo.
—A las ocho estaré lista, príncipe Axel. Y respecto a las cláusulas... puede disponer de ellas como mejor le parezca. Confío en su criterio para el orden, sé que se le da bien.
Sentí una sutil contracción en el músculo de mi mandíbula. ¿Se estaba burlando de mí?
—El matrimonio es un contrato, princesa. Sugiero que lea detenidamente lo que va a firmar.
—Lo haré, si eso lo deja más tranquilo —respondió, ladeando la cabeza con una sonrisa casi imperceptible—. Pero los contratos regulan las acciones, no los pensamientos. Mientras mis pensamientos sigan siendo míos, nuestros padres y usted pueden repartirse las tierras como les plazca. Si no hay nada más de lo que debamos hablar me disculpo, iré a descansar del viaje.
Hizo una última e impecable reverencia y comenzó a subir las escaleras seguida por su aburrida dama de compañía.
Me quedé inmóvil en el centro del vestíbulo, observándola hasta que desapareció por el pasillo del ala este. Mis manos se cerraron en puños detrás de mi espalda, había planeado este matrimonio milímetro a milímetro, calculando sus reacciones basándome en los perfiles psicológicos de su familia, pero la princesa Elena no encajaba en ninguno de mis cálculos; no mostraba resistencia, pero tampoco se doblaba, era como intentar atrapar el humo con las manos; Y aunque algo en ella me hacía sentir extrañamente intrigado, su apatía y formalidad me estaban sacando de mis casillas demasiado pronto, había dejado muy claro que mi poder no alcanzaba a rozar el verdadero centro de su ser.
—Lord Brandon —llamé a mi consejero principal, que aguardaba entre las sombras del pasillo.
—¿Sí, alteza?
—Duplica la guardia en el ala este —ordené, mi voz recuperando su habitual frialdad—. Y quiero un informe diario de cada persona con la que hable la princesa, cada libro que pida a la biblioteca y cada lugar que visite en este castillo.
—¿Sospecha de algo, señor?
—Sospecho de todo lo que no puedo predecir, Brandon —respondí, fijando la vista en la gran escalinata por donde ella había desaparecido—. Y la princesa Elena es una pared blanca en la que no puedo leer absolutamente nada. Averigua qué oculta detrás de esa maldita tranquilidad. No me iré a la cama hasta tener su perfil completo.
Volví a mi despacho, pero por primera vez en años, los informes de impuestos sobre las minas de carbón me parecieron una lectura insípida. Cada diez minutos, mis ojos se desviaban hacia una de las ventanas. Terminando, inevitablemente, posándose en el lugar donde quedaban los aposentos del ala este.