Compás de Hielo y Seda

Elena

El ala este del castillo era lo más parecido a un desierto de piedra con calefacción. Las habitaciones eran gigantescas, con techos tan altos que las esquinas se perdían en las sombras, y las paredes estaban cubiertas por tapices descoloridos que narraban batallas sangrientas de antepasados que, francamente, parecían haber tenido muy mal genio.

—¡Es un insulto! —exclamó Amelia, abriendo de par en par las puertas del enorme armario de roble—. No hay seda en las cortinas, las sábanas son de un lino tan grueso que parece saco de papas y ese príncipe... ¡Ese hombre tiene los modales de un oso de las cavernas! ¿Viste cómo te miró? Como si estuviera contando los botones de tu vestido para ver si le faltaba alguno.

Me senté despacio en el borde de la cama, dejando que mis piernas colgaran libres. Con un movimiento pausado, me desabroché las botas de cuero del viaje y las dejé caer al suelo una a una, soltando un suspiro de alivio mientras lo hacía.

—Axel no es un oso, Amelia, los osos son ruidosos e impulsivos. Él es más bien como un arquitecto que teme que el suelo se hunda bajo sus pies, todo en él está medido, seguro que hasta cuenta sus parpadeos.— dije riéndome de mi propio comentario.

—¿Y te agrada eso? Un hombre así puede ser demasiado cruel.

—Para mi es indiferente —respondí, aunque una pequeña chispa de curiosidad se encendió en mi pecho—. Es más fácil lidiar con alguien genuinamente frío que con alguien falsamente cariñoso, al menos sé a qué atenerme.

Me puse de pie, apoyándome solo en las puntas de los pies descalzos sobre la alfombra de piel de oso, caminé hacia la ventana principal. La nieve había comenzado a caer de nuevo, fina y constante; desde allí, la vista del patio de armas era perfecta. Abajo, un grupo de soldados entrenaba con espadas de madera que chocaban con un sonido seco que trepaba por la pared de piedra, y, en el centro de la plataforma, observándolos con los brazos cruzados y la espalda recta como una lanza, estaba Axel.

Incluso desde la altura de mi segundo piso, su presencia era aplastante. Llevaba una capa militar oscura sujetada por correas de cuero cruzadas sobre el pecho. No llevaba casco ni guantes gruesos. Observaba a sus hombres con los brazos cruzados tras la espalda, sin moverse un solo milímetro a pesar del viento helado que le azotaba el cabello oscuro. Había en él una disciplina aterradora, irradiando esa tensión constante, esa rigidez de quien cree que si se relaja un solo segundo, el mundo a su alrededor se desmoronará.

«¿Qué es lo que te mantiene tan despierto, príncipe?», me pregunté, apoyando las yemas de los dedos contra el cristal helado.

Me retiré del vidrio y miré la hora en el reloj de pared. Eran las seis de la tarde. Tenía dos horas antes de la cena, dos horas en las que nadie me reclamaría, nadie me pediría que sonriera y nadie esperaría nada de mí.

Cerré los ojos y respiré hondo, dejando que el frío que se colaba por la rendija de la ventana llenara mis pulmones, necesitaba moverme. Mi cuerpo lo exigía a gritos tras días de confinamiento en el carruaje.

Me deshice del incómodo vestido azul y me quedé en mi combinación interior de seda blanca, una prenda ligera que me permitía total libertad de movimiento. Amelia ya había bajado a las cocinas para supervisar que no me sirvieran los pesados e hipercalóricos guisos del Norte, así que estaba sola. Me coloqué en el centro de la habitación y separé los pies, rotando las piernas desde la cadera hasta que los talones se tocaron y las puntas señalaron en direcciones opuestas. Primera posición.

Cerré los ojos e imaginé la música en mi cabeza: el suave compás de un piano que solía escuchar en los jardines del Sur.

Plié.

Flexioné las rodillas lentamente, manteniendo el torso perfectamente erguido, sintiendo cómo los músculos de mis muslos se tensaban y trabajaban.

Relevé.

La alfombra era demasiado blanda, inestable, pero busqué el centro de mi masa muscular con una precisión milimétrica. Sostuve el equilibrio. Un segundo. Dos segundos. Tres. El dolor en los gemelos fue una descarga de vida que me hizo sonreír en la penumbra.

Extendí los brazos hacia los lados, dibujando una línea horizontal limpia con las yemas de los dedos. Di un paso largo hacia atrás, pasé a un tendu y giré sobre mí misma en un pirouette lento y controlado. El tejido blanco de mi prenda interior se abrió a mi alrededor como una corola de flor nocturna.

En ese instante de rotación, la imagen de la mirada gris y penetrante de Axel cruzó mi mente. Sentí un pequeño vuelco en el estómago. Sabía que sus espías estaban al otro lado de la puerta de roble; podía percibir la tensión de las sombras en el pasillo. Pero no me importaba.

Era libre.

En esta habitación, bajo las leyes de mi propio cuerpo, yo gobernaba un reino al que el príncipe de hielo jamás tendría acceso.

Terminé la secuencia cayendo en una cuarta posición profunda, con el pecho agitado y los músculos ardiendo de un calor bendito. Me miré las plantas de los pies: estaban enrojecidas y marcadas por el esfuerzo.

Me pasé una mano por la frente húmeda, sintiendo que la calma de mi espíritu había regresado. Axel podía preparar sus contratos y sus ejércitos, él creía que el Norte era un lugar duro, pero no tenía idea de la disciplina que se necesitaba para hacer que el dolor pareciera una caricia.




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