—Los impuestos de la lana han sido reclamados en su totalidad por los cobradores del distrito sur, su alteza —declaró Brandon, colocando una pila de legajos sobre la mesa de caoba de mi despacho personal—. Sin embargo, la tensión entre las familias nobles va en aumento. El duque de Vane ha estado sugiriendo en los pasillos que la presencia de una princesa del Valle es un síntoma de debilidad por nuestra parte. Exige saber si la futura consorte se someterá a los ritos de fe del Norte o si mantendrá la fe de las flores del Sur.
—El duque de Vane habla demasiado porque sus minas están produciendo un diez por ciento menos de mineral que el año pasado —dije sin levantar la vista del mapa de fortificaciones—. Quiere una distracción para que el consejo no revise sus libros contables. Dígale que la princesa cumplirá con todos los protocolos oficiales de la corona. Lo demás no es asunto suyo.
—Entendido, señor. Por cierto... el guardia de turno en el ala este ha entregado el primer reporte sobre la princesa Elena.
Dejé caer la pluma de ganso. La tinta negra dejó una pequeña mancha redonda sobre el pergamino.
—Habla.
—La princesa apenas ha tocado el equipaje. Además de eso su dama de compañía ha pedido que el menú de la cena sea modificado: nada de carnes con excesos en grasa de cerdo ni caldos pesados. Ha solicitado verduras cocidas y pescado blanco. Su dama de compañía afirma que la princesa tiene un estómago delicado.
Entorné los ojos, sintiendo que una pieza del rompecabezas no encajaba.
—¿Estómago delicado? Pasó tres semanas viajando en carruaje por caminos destruidos comiendo raciones y no presentó un solo síntoma de fatiga. ¿Y ahora no puede digerir la comida de mi castillo? Es totalmente absurdo, en fin. ¿Hay algo más?
Brandon vaciló un segundo, consultando una nota escrita a toda prisa por el sargento de guardia.
—El guardia ubicado junto a la puerta principal afirma haber escuchado ruidos extraños hace media hora.
—¿Qué tipo de ruidos? ¿Gritos? ¿Cartas rompiéndose?
—No, señor. Golpes secos y rítmicos contra el suelo. Como si estuviera moviendo bultos pesados o... saltando. Pero cuando el sirviente entró con las jarras de agua caliente para el baño, la princesa estaba sentada junto a la ventana, vestida con extrema corrección, leyendo un volumen de lírica antigua que trajo consigo. No había nada fuera de lugar.
Un escalofrío sutil me recorrió la nuca. Golpe secos. Movimientos repetitivos. Una mujer que finge desinterés por la política, que no come lo que se le ofrece y que hace ruidos extraños en su habitación cuando cree que nadie la observa.
Elena estaba jugando conmigo. Estaba creando una fachada perfecta mientras realizaba alguna actividad que no quería que yo descubriera. ¿Estaba buscando pasadizos secretos en las paredes del ala este? ¿Estaba probando la resistencia de la madera para alguna vía de escape?
—Limpia el pasillo del ala este antes de las ocho —ordené, poniéndome de pie y ajustándome el cinturón de la espada—. Iré al comedor privado. Quiero comprobar personalmente hasta qué punto llega la comedia de nuestra princesa.
A las ocho en punto me encontraba de pie junto a la chimenea del comedor pequeño. Es un salón íntimo, revestido de paneles de roble oscuro que absorben el sonido, iluminado por un candelabro plateado con pequeños cristales incrustados donde descansaban doce velas. Prefiero este espacio al gran comedor de gala; la cercanía física obliga a las personas a mostrar sus microexpresiones bajo la luz directa de las llamas.
La puerta de roble se abrió exactamente cuando el mecanismo del reloj de pared dejaba caer el primer martillazo de la hora.
Puntualidad impecable. Ni un segundo de retraso. Un punto a su favor.
Elena atravesó el umbral. Llevaba un vestido de terciopelo verde musgo con bordados en hilo de plata en el cuello y las mangas. El diseño era sobrio, casi monacal en comparación con la moda recargada del Sur, pero la tela se ceñía a su cintura con una elegancia natural. No llevaba coronas, ni joyas llamativas, solo un pequeño anillo de plata en su dedo medio con una pequeña gema de esmeralda y un pequeño colgante de plata con la silueta de un tulipán grabado en el.
Me acerqué con paso medido y le aparté la silla de roble.
—Espero que el alojamiento en el ala este sea de su entera satisfacción, princesa —dije, ocupando mi asiento frente a ella, a escasos dos metros de distancia.
—Es un espacio muy sereno, gracias —respondió, acomodándose con una ligereza que volvió a llamar mi atención. Ningún crujido de crinolina, ningún gesto de incomodidad—. Y las vistas del patio de armas son llamativas. Tiene una guardia muy bien entrenada, príncipe Axel. Aunque me pareció notar que sus movimientos responden más al miedo de cometer un error ante su presencia que a la devoción por la causa.
La audacia de su comentario cayó sobre la mesa como una daga de cristal.
—En el Norte no nos alimentamos de devoción, princesa. La disciplina es lo único que mantiene a este reino a salvo de los clanes salvajes y de las ambiciones de su propio padre —repliqué, cortando con violencia el pan que el sirviente acababa de colocar en mi plato—. Un soldado que piensa por su cuenta en el campo de batalla es un soldado que provoca la muerte de su pelotón. La imprevisibilidad es el peor enemigo del orden. Así que no podemos darnos el lujo de la improvisación que tanto disfrutan en el Sur.
—Oh, claro, pero hasta el soldado más firme, obediente y atento, no se salva de que le llegue la muerte en algún momento.— dijo, con un atisbo de desafío en los ojos, como si le pareciera un juego.
Tenía algo de razón, aunque jamás lo admitiría en voz alta, primero preferiría salir al viento helado y dejar que me congelara.
Iba a responder a su lógica con algún comentario pasivo-agresivo, pero justo en ese instante los sirvientes entraron, sirviendo los platos. Para ella, los vegetales solicitados; para mí, un filete de ciervo ahumado con papas al vapor.