El tercer día en el castillo amaneció con un cielo de un gris denso que avisaba la llegada de más nieve. A través de los ventanales del ala este, vi cómo Axel abandonaba el castillo a primera hora hacia los cuartos del oeste para reunirse con los líderes de las guarniciones fronterizas. El patio quedó envuelto en un silencio denso, interrumpido solo por las pisadas pesadas de los guardias de las murallas.
Era la oportunidad perfecta.
—Amelia, voy a caminar por los terrenos del palacio. Necesito estirar las piernas —dije mientras me abrochaba una capa pesada de lana de tono verde oliva.
—¿Sola, su alteza? Este lugar es un laberinto de piedra y nieve. Además, esos guardias con cara de pocos amigos no apartan los ojos de nuestro pasillo.
—Precisamente por eso necesito salir —sonreí con suavidad, ajustándome la capucha—. Un paseo por los límites del castillo no atenta contra el orden del príncipe. Si alguien pregunta, simplemente estoy admirando la arquitectura del Norte.
Para evitar el patio central y las miradas inquisidoras de los sirvientes, tomé una escalera lateral de servicio que serpenteaba hacia los cimientos del castillo. Los peldaños de piedra eran estrechos y desiguales, pulidos por siglos de uso. A medida que descendía, el olor a resina de pino y leña quemada fue reemplazado por el aroma húmedo y penetrante de la tierra congelada y el musgo.
Salí por una pequeña puerta de madera reforzada con hierro que daba a la cara posterior del castillo, donde la muralla se alzaba directamente al borde de un abismo impresionante. Abajo, el cañón del río Serpe era una cinta de agua oscura que rugía entre las rocas; arriba, las torres de la fortaleza se clavaban en el cielo gris como agujas de piedra.
El aire helado me golpeó el rostro con una fuerza limpia que me hizo inhalar hondo. Durante días me había sentido comprimida por la etiqueta del viaje, por las miradas calculadoras de Axel y por el papel de "pieza de negociación diplomática" que la corte del Sur me había asignado. Necesitaba recordarme constantemente quién era yo cuando nadie me observaba. De lo contrario, iba a volverme loca.
Avancé despacio por un sendero estrecho de piedra, cubierto parcialmente por parches de hielo cristalino y nieve pisada. El camino llevaba entre los viejos contrafuertes góticos del castillo, adentrándose en una zona donde la arquitectura comenzaba a desmoronarse bajo el peso del tiempo y la falta de mantenimiento.
Al doblar una esquina oculta por uno de los contrafuertes, me detuve de golpe. El aliento se me congeló en los labios.
Frente a mí yacía un antiguo jardín de invierno abandonado. El suelo estaba sepultado bajo una capa de nieve intacta, pero lo que realmente me dejó sin aliento fue la colección de esculturas que emergían de la penumbra: decenas de estatuas de ángeles talladas en mármol blanco, recubiertas por una fina capa de hielo que relucía bajo la luz plomiza del cielo.
Me acerqué despacio, fascinada, a diferencia de las grotescas gárgolas del frente del castillo, estos ángeles eran belleza y gracia pura en medio de tanta rigidez y tensión. Sus alas estaban extendidas en diferentes posiciones, algunas dobladas con delicadeza, otras alzadas hacia el cielo en un gesto de liberación.
Avancé entre las figuras hasta detenerme ante una que capturó mi atención por completo. Era la estatua de un ángel inclinado hacia delante, sosteniendo el equilibrio sobre una sola pierna mientras la otra se extendía hacia atrás en un ángulo perfecto. Los brazos estaban abiertos con una fluidez casi humana.
—Una arabesque... —susurré, fascinada.
Era la encarnación exacta del ballet. La personificación del movimiento eterno capturado en la piedra. El escultor que había creado esa figura comprendía a la perfección la física de la danza: la tensión necesaria en los músculos de la espalda, la fuerza invisible que debe partir del centro del cuerpo para sostener la pierna en el aire y la ilusión de extrema ligereza que oculta un esfuerzo sobrehumano.
—¿Quién los diseñó en un lugar tan hostil? —susurré, extendiendo mi mano enguantada para rozar la punta del ala helada del ángel.
Sentí una conexión inmediata con ese lugar. Me transmitía una paz que no había sentido en mucho tiempo, un segundo después levanté la mirada hacia la estructura que conectaba con el jardín: la torre oeste. Sus grandes ventanas de arco apuntadas estaban cubiertas de polvo y telarañas, pero la solidez de sus paredes prometía un espacio aislado, protegido de los vientos helados del Norte y, sobre todo, de las miradas inquisidoras de los espías de Axel.
Sonreí para mis adentros, sintiendo cómo una calidez reconfortante se extendía desde mi pecho hasta la punta de los dedos. Axel creía que me había confinado en un castillo desprovisto de belleza, una prisión de piedra donde solo valían los negocios y las apariencias. Pero la verdad es que rodeada de ángeles helados y bajo la sombra de la torre oeste, había encontrado la única cosa que me permitiría sobrevivir a su reino de hielo: un escenario secreto.