Compás de Hielo y Seda

Axel

— El reporte de las patrullas fronterizas confirma que el clan del Glaciar no ha cruzado el río —informó Brandon, cerrando el mapa estratégico en la mesa de mi despacho—. Sin embargo, el duque de Vane insiste en aumentar la presencia militar en el paso del norte.

—El duque busca una excusa para justificar el gasto de sus impuestos —respondí sin levantar la vista de los documentos de la tesorería—. No enviaremos más tropas hasta que no haya una amenaza real. Un despliegue innecesario solo alterará la diplomacia con los clanes libres.

Dejé la pluma a un lado. Mi mente, habitualmente enfocada en la estrategia militar, se desvió hacia la pregunta que llevaba rondándome desde que regresé de la reunión.

—¿Dónde está la princesa Elena?

Brandon carraspeó levemente antes de responder.

—Nuestros hombres la han estado siguiendo a distancia, su alteza. Ha estado recorriendo el perímetro exterior del ala oeste. Específicamente, los jardines abandonados de las alas.

Fruncí el ceño. El jardín de las alas era un vestigio de la época de mi bisabuelo, un espacio olvidado que nadie visitaba desde hacía décadas. Mi padre siempre consideró ese lugar un desperdicio de mármol y espacio útil, pero para mi bisabuelo ese lugar era un sitio que guardaba muchos recuerdos. Yo mismo lo había olvidado por completo.

—¿Qué busca en un lugar en ruinas? —pregunté, poniéndome de pie.

—Los guardias afirman que se queda inmóvil frente a las esculturas de mármol durante largos períodos. No habla con nadie, no lleva ningún paquete y tampoco parece buscar nada en particular. Simplemente... observa.

Apreté los puños tras la espalda. La falta de un motivo claro en sus acciones era lo que más me desquiciaba. Elena no encajaba en los patrones de los rehenes políticos comunes; no lloraba, no tramaba fugas, no buscaba alianzas entre los sirvientes. Se dedicaba a deslizarse por mi castillo como un fantasma tranquilo, observando estatuas abandonadas.

— Bien, podemos dejar los reportes por hoy, iré a comprobar la seguridad de la zona en la torre oeste.—declaré, tomando mi capa de pieles.

No era una mentira total y la torre oeste quedaba justo al lado de los jardines abandonados, diciéndole aquello a Brandon lograría quitármelo de encima sin sospechas y lograría averiguar que era lo que hacía la princesa rondando por el cementerio de estatuas. Avancé por los pasillos exteriores del castillo con pasos silenciosos, amortiguados por la nieve suave. Al llegar al arco de piedra que daba acceso al viejo jardín, me detuve entre las sombras para no ser detectado.

Allí estaba ella.

Elena vestía su capa verde oliva que se mezclaba en el paisaje sobre la nieve blanca. Estaba parada frente a una de las estatuas de mármol. Durante unos segundos, permaneció completamente inmóvil. Luego, con un movimiento tan fluido que pareció borrar la fricción del suelo helado, inclinó el torso hacia delante y elevó la pierna izquierda hacia atrás en una línea recta impecable.

Sus brazos se abrieron hacia los lados, imitando exactamente la postura de la escultura.

Me quedé paralizado en el sitio. No había vacilación en su cuerpo; su pie de apoyo se clavaba en el hielo con una estabilidad que desafiaba las leyes de la física. Su figura recortada contra las ruinas congeladas era una lección de simetría y fuerza reprimida. Mantener esa posición sobre una superficie resbaladiza requería un control muscular extraordinario, un entrenamiento riguroso que no encajaba en absoluto con la imagen de una princesa "indolente y frágil" que vendía la corte del Sur.

Sentí que el pulso se me aceleraba en la garganta. La princesa Elena no era transparente. Ocultaba una disciplina férrea bajo su capa de pasividad, una fuerza oculta que se negaba a mostrar en los salones del trono.

—Es una postura arriesgada para un suelo tan inestable, princesa —dije, saliendo de las sombras con los brazos cruzados detrás de la espalda, tenía una extraña sensación de nervios o quizá fascinación que logré ocultar con la voz teñida de una frialdad calculada.

Elena no se asustó. Bajó la pierna con la misma parsimonia suave con la que la había alzado, girándose despacio hacia mí. La capucha de su capa cayó levemente, dejando al descubierto su rostro tranquilo. Sus ojos castaños me miraron sin un solo atisbo de culpa o nerviosismo, aunque detecté un destello muy fino, casi imperceptible, de cautela.

—El equilibrio no depende del suelo, Axel, sino del centro de uno mismo —respondió con sencillez—. Si mantienes el control interior, el hielo es solo otra superficie.

Di un paso hacia ella, reduciendo la distancia entre ambos mientras mis ojos escudriñaban cada rasgo de su rostro.

—Este jardín lleva años abandonado. Las esculturas son reliquias inútiles de una época en que este reino gastaba recursos en ornamentos innecesarios.

Elena contempló las estatuas a nuestro alrededor con una sonrisa diminuta, casi imperceptible.

—No son inútiles. Son el reflejo perfecto de una búsqueda de armonía. Realmente me sorprende. Pensé que a un hombre tan obsesionado con el orden y las estructuras como tú le atraería la precisión de sus líneas.

Tragué saliva en silencio. Una vez más, tomaba mis propios conceptos —el orden, la precisión, la estructura— y los utilizaba para desarmar mis críticas.

—Regresemos al interior —dije finalmente, como una orden, dándole la espalda para ocultar el desconcierto que amenazaba con alterar mi compostura —. La nieve se está intensificando y no quiero que mi "factor de estabilidad" falle por un resfriado justo antes de la firma del tratado.

—Como ordene, mi rígido príncipe —escuché su voz suave con una pizca de diversión a mis espaldas, seguida por el leve crujido de sus pasos sobre la nieve, siguiéndome el ritmo con esa ligereza irritante y fascinante que se negaba a abandonar mis pensamientos.




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