Axel caminaba tres pasos por delante de mí, con los hombros rectos y esa rigidez militar que parecía su armadura natural. Su silueta era como la de un gigante de sombra: la ancha capa de pieles oscuras se mecía con una cadencia pesada al ritmo de sus pasos, y sus hombros, firmes y rígidos, no se estremecían ni un solo milímetro a pesar de las ráfagas de viento que golpeaban cada vez con más fuerza.
Estaba segura de que me estaba vigilando. Cada cierto tiempo, el crujido del hielo bajo las suelas de sus botas militares disminuía imperceptiblemente de ritmo; era el único indicio de que atenuaba su paso para asegurarse de que yo no quedara atrás en el camino helado. El destello que había brillado en sus ojos grises cuando me descubrió junto al ángel de piedra no había sido el de una simple curiosidad; había sido la mirada penetrante de un estratega que acaba de percatarse de que su pieza más importante tiene un movimiento que no estaba anotado en su libro de tácticas.
Cruzamos el pesado umbral de hierro que devolvía la calidez al interior del castillo. El contraste fue instantáneo: el vapor de las grandes chimeneas del vestíbulo nos envolvió con olor a leña de pino, cera de abejas y la grasa aromática de los grandes candelabros. Me deslicé la capa verde oliva de los hombros con una lentitud estudiada y la entregué a uno de los sirvientes que aguardaban con la cabeza gacha.
Axel se detuvo en seco en medio del vestíbulo. Se giró hacia mí con una brusquedad elegante, cruzando los brazos tras su espalda. No utilizaba frases de cortesía para enlazar temas; pasaba del silencio a la autoridad militar como quien gira una llave en un cerrojo.
—Mañana a primera hora se celebrará el Consejo de los Cuatro —dijo, fijando sus ojos grises en las míos—. Su presencia es un requisito formal de Estado. Los señores feudales del Norte, en especial los de las tierras del oeste, necesitan ver que la princesa del Valle se incorpora a la corona sin vacilaciones. Quieren comprobar con sus propios ojos que el Sur se somete al tratado de manera voluntaria y sin condicionamientos ocultos.
Mantuve las manos entrelazadas a la altura de mi cintura, relajando la tensión que el frio me había dejado en los hombros y dejando que mi rostro conservara esa expresión de serenidad imperturbable que tanto parecía irritarle.
—No me someto, Axel, me adapto —corregí con suavidad—. Son dos conceptos muy diferentes. La sumisión implica doblar la estructura hasta que cruje y termina por quebrarse bajo el peso del domador; la adaptación, en cambio, consiste en fluir alrededor del obstáculo para conservar la forma original intacta.
Él entrecerró los ojos, sus oscuras pupilas analizándome como si intentara descifrar un puzle imposible en mi rostro.
—Para los señores del Norte, la diferencia es irrelevante —sentenció con voz baja y profunda—. Les importa que usted se siente a mi derecha, que vista con la dignidad requerida y que no interrumpa las deliberaciones a menos que se le pida de forma explícita. Quieren una reina de hielo, Elena, no una filósofa.
—Entonces les daré exactamente lo que quieren ver —respondí con una inclinación de cabeza casi imperceptible—. Una impecable estatua de carne y hueso. Puede contar con mi silencio, milord. Al fin y al cabo, es mi especialidad.
Sin esperar su respuesta —un pequeño e imperceptible desafío al protocolo que me concedí—, me di la vuelta con paso ágil y comencé a subir la gran escalinata de piedra hacia el ala este. Mientras ascendía, conté mentalmente mis pasos sobre los peldaños de granito: veinticuatro hasta la primera cornisa, veinticuatro más hasta la galería principal. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Un compás de tres tiempos perfecto, el latido invisible que mantenía a mi mente a salvo de su fortaleza de hielo.
Al entrar en mis aposentos, Amelia ya había preparado una tina llena de agua humeante impregnada con aceites de lavanda y pino. Me despojé de las ropas pesadas y me sumergí en el agua hasta el cuello, dejando que el vapor aflojara la rigidez de mis músculos. El paseo por el jardín abandonado y el esfuerzo de mantener el equilibrio sobre el hielo me habían dejado los músculos resentidos.
Cerré los ojos en la penumbra de la tina. Mañana me esperaba la comedia del consejo: un salón lleno de hombres "importantes" discutiendo sobre tributos de trigo y limites de pastoreo. Soportaría sus miradas, sus prejuicios sobre las mujeres del Sur y las exigencias de Axel. Porque sabía que cuando la noche cayera y los candelabros del castillo se apagaran uno a uno, la gran sala redonda de la torre oeste seguiría allí, esperándome en las sombras para devolverme la libertad.