Compás de Hielo y Seda

Axel

«No me someto, me adapto».

Las palabras de Elena seguían repitiéndose cual disco rayado en mi mente mientras revisaba los informes finales para el consejo de la mañana. Mojé la pluma en la tinta y taché una línea del protocolo. Había planeado obligarla a leer una declaración pública de fidelidad a la corona del Norte, pero su advertencia sobre la sumisión y la estructura me hizo reconsiderarlo. Un material que se dobla bajo demasiada presión termina por quebrarse, y no podía permitirme que la alianza con el Valle se rompiera antes de que pasara el invierno.

Un golpe seco en la puerta interrumpió mis notas.

—Adelante —ordené sin levantar la vista.

Brandon cruzó el umbral con una carpeta de cuero bajo el brazo y la expresión grave de quien trae noticias que alteran la rutina.

—Su alteza, los preparativos para la sesión de mañana están listos —dijo, colocándose al otro lado de la gran mesa de caoba—. Sin embargo, hay dos asuntos que requieren su atención inmediata. El primero es que el duque de Vane ha llegado con su escolta personal al ala sur y exige una audiencia privada con usted antes de que abra el consejo. Dice que tiene "condiciones irrenunciables" sobre los impuestos de las minas de carbón.

—Dile que no habrá audiencias privadas —respondí de inmediato, mi voz cortante como el filo de una espada —. El duque de Vane utiliza las audiencias privadas para tantear la debilidad de la corona y negociar favores a cambio de su voto. Si tiene algo que exigir, que lo haga mañana a la vista de los otros tres grandes señores. La transparencia despoja a los conspiradores de su mayor ventaja: el rumor.

—Entendido, señor. El segundo asunto concierne al ala este.

La pluma se detuvo a medio milímetro del pergamino. Una extraña sensación de inquietud se instaló en mi pecho, levanté la mirada lentamente hacia mi consejero.

—¿Ha ocurrido algo con la princesa?

—No directamente, su alteza. Pero su dama de compañía ha presentado una solicitud formal a la capitanía de la guardia. Ha pedido que se apaguen todas las antorchas del pasillo principal del ala este a partir de las diez de la noche. Asegura que el resplandor de estas le provocan a la princesa migraña severa que le impide conciliar el sueño.

Entorné los ojos, sintiendo cómo una alarma de sospecha comenzaba a brillar con intensidad.

—¿Migraña?—repetí con ironía—. Los informes detallados que enviaron nuestros espías desde la capital del Sur indicaban que la princesa pasaba tardes enteras bajo el sol de mediodía en las terrazas de su palacio sin mostrar el menor signo de malestar. ¿Y ahora resulta que el resplandor de dos antorchas en un pasillo de piedra le resulta insoportable?

—Es la explicación oficial que ha dado la sirvienta, señor —añadió Brandon con cautela—. Los guardias de puerta preguntan si deben mantener la iluminación por razones de seguridad.

Me puse de pie despacio, rodeando la gran mesa hasta llegar a la ventana alta de mi despacho, desde la que se apreciaba el patio interior y las sombras del ala este. Apreté las manos detrás de la espalda, analizando.

Elena me parecía cada vez más un enigma imposible de resolver, pero a la vez era fascinante. Una mujer que no protesta por su cautiverio político, que no exige joyas, que tiene un control absoluto sobre su cuerpo que oculta bajo una capa de tranquilidad y que ahora solicita que suman su pasillo en la absoluta oscuridad a las diez en punto de la noche. Elena no estaba pidiendo alivio para un dolor de cabeza. Estaba despejando el terreno. Estaba creando una zona ciega en la vigilancia de mi propio castillo.

—Apaguen las antorchas a las diez en punto, tal como ha solicitado —ordené con voz baja y fría.

Brandon me miró con indisimulado asombro.

—¿Está seguro su alteza? Dejar el ala este a oscuras facilitaría cualquier intento de intrusión o de...

—No habrá intrusiones —lo interrumpí, girándome hacia él con los ojos fijos y calculadores—. Retiren también al guardia de la puerta principal del pasillo a esa misma hora. Ubíquenlo en la parte inferior de la escalera.

—Señor, dejar a la futura consorte sin custodia en medio de la noche es un riesgo injustificado...

—No estará sin custodia, Brandon —sentencié, y una chispa de una oscura y desconocida expectación cruzó mi pecho—. La custodia la haré yo mismo. Esta noche haré la ronda en el ala este personalmente. Quiero ver con mis propios ojos qué es lo que la tranquila princesa del Valle necesita hacer en la oscuridad cuando cree que el reino entero está durmiendo.

Brandon inclinó la cabeza, comprendiendo que cualquier objeción posterior sería inútil ante la determinación de mi orden.

—Se hará según su voluntad, su alteza.

Cuando mi consejero abandonó el despacho, regresé a la ventana. El cielo nocturno sobre Skardor se había vuelto de un azul cobalto profundo, salpicado de estrellas frías. Miré hacia las ventanas del ala este: las luces de las velas de la habitación de Elena parpadearon un instante antes de extinguirse una a una.

Un "factor de estabilidad". Eso era lo que se suponía que debía ser para mi reino. Pero mientras apretaba los puños detrás de mi espalda, fui consciente de que la princesa de voz suave y movimientos de aire se había convertido en la única incógnita que amenazaba con desmontar toda mi arquitectura mental.

Y aunque era un riesgo enorme, no iba a parar hasta conocer incluso lo más profundo de ella.




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