Compás de Hielo y Seda

Elena

El Consejo de los Cuatro era exactamente el infierno que había imaginado. El gran salón del trono estaba iluminado por enormes antorchas que llenaban el aire con un olor espeso a resina y humo. En el centro de la sala, una mesa rectangular de roble macizo acomodaba a los cuatro señores más poderosos del Norte, hombres corpulentos, barbudos y vestidos con pieles pesadas que los hacían parecer osos enfurecidos.

En la cabecera de la mesa se erguía Axel. Su uniforme militar negro, sin un solo adorno innecesario o costura fuera de lugar, encajaba con la sobriedad del salón. No había ni un gramo de vacilación en su postura. A su derecha me encontraba yo, sentada en una silla de respaldo alto y labrado, vistiendo un traje de terciopelo gris perla cuyos bordados en plata emulaban el patrón de la escarcha. Mantuve las manos reposadas sobre el regazo en la posición clásica de descanso: una sobre la otra, sin tensión en los nudillos, los hombros bajos y la columna extendida sin tocar el respaldo.

—¡El paso del río Serpe no puede quedar sujeto a las leyes del Sur! —bramó el duque de Vane, golpeando la mesa con un puño cerrado que hizo temblar las jarras de estaño. Las venas de su cuello se hincharon visiblemente—. ¡El acuerdo que firmó el rey Alistair es un insulto a nuestras familias! Nos exigen ceder los peajes de la harina mientras nos entregan a una princesa que apenas habla y que mira este salón como si fuera un establo. ¡Exigimos garantías reales, no una figura de adorno para las fiestas de invierno!

Las miradas de los otros tres señores feudales se clavaron en mí de inmediato. Eran ojos hambrientos de flaqueza, buscando el rubor de la vergüenza, el temblor involuntario de las manos o la mirada evasiva de una joven asustada.

Permanecí inmóvil. En el ballet aprendes a sostener el peso de la mirada del público cuando la música se detiene y te quedas suspendida en el aire sobre una sola punta. La mirada de esos hombres no era distinta a la de una audiencia exigente. No pestañeé. No cambié el ritmo de mi respiración. Mantuve los ojos fijos en el duque de Vane con un desapego tan absoluto que la agresividad de su gesto pareció perderse en el vacío de la sala.

—La princesa Elena está presente en este consejo como consorte de la corona y garante del tratado —la voz de Axel cortó el aire como el filamento de una cuchilla helada. No levantó el tono, pero el murmullo de la sala se extinguió en el acto—. Y las tarifas del paso del Serpe no están sujetas a la interpretación de este consejo, duque. Quedaron fijadas en la cláusula doce del protocolo que su propio canciller firmó el mes pasado. Si las minas del oeste no producen lo suficiente para cubrir el peaje, el problema radica en la gestión de sus canteras, no en la presencia de la princesa.

Vane apretó los dientes, cambiando el foco de su ira de Axel hacia mí, buscando la vulnerabilidad que el príncipe le negaba en los documentos.

—¿Y la princesa no tiene nada que decir al respecto? —escupió el duque, inclinándose sobre la mesa con una sonrisa amarga—. ¿O es que en las cortes del Sur las mujeres solo aprenden a vestirse de seda y a guardar silencio mientras los hombres deciden su destino?

Axel se tensó a mi lado; vi el sutil endurecimiento de su mandíbula, la inclinación imperceptible de su cuerpo hacia delante, listo para responder con una sanción de disciplina militar sobre el señor del oeste. Pero antes de que hablara, me incliné levemente hacia el frente, apoyando las yemas de los dedos sobre el borde de la mesa de roble.

—El silencio no siempre es una muestra de ignorancia, duque de Vane —dije. Mi voz no buscó competir con el volumen de su rugido; sonó limpia, pausada y clara, atravesando el salón como una nota solitaria en mitad de una tormenta—. En el Sur nos enseñan que quien grita en una negociación suele ser quien se ha quedado sin argumentos sólidos que presentar. El tratado ya ha sido ratificado por la corona de mi padre y por el príncipe Axel. Exigir que yo reescriba con palabras lo que la diplomacia ya fijó con leyes no es una muestra de firmeza por su parte; es simplemente un gasto innecesario de aliento.

El salón quedó sumido en un silencio denso. El duque de Vane abrió la boca para replicar, pero se encontró con una muralla de serenidad tan pulida que cualquier exabrupto adicional lo habría dejado en ridículo ante los demás señores.

A mi lado, pude percibir cuando Axel exhaló lentamente por la nariz. Oculta por el borde de la mesa, la mano del príncipe descendió un centímetro y el dorso de sus dedos rozó el terciopelo de mi falda por una fracción de segundo. Fue un contacto efímero, invisible para el resto de los presentes, pero cargado de un reconocimiento helado y certero. Un roce accidental, quizás. O tal vez su propia forma de decir "bien jugado".




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