«Quien grita en una negociación suele ser quien se ha quedado sin argumentos».
Habían pasado tres horas desde la clausura de la sesión del consejo, pero las palabras de Elena continuaban fijadas en mi pensamiento llenándome el pecho del mismo orgullo que sentí cuando la escuché expresar aquellas palabras por primera vez. El duque de Vane se había retirado a sus aposentos con la autoridad mermada, incapaz de romper la compostura de una mujer a la que pretendía aplastar mediante la intimidación. Elena no había necesitado alzar la voz ni buscar mi protección; simplemente se había apartado del impacto, dejando que el duque tropezara contra la brusquedad de sus propias formas.
—Ha sido un giro imprevisto, su alteza —admitió Brandon desde el extremo del escritorio, organizando los sellos de cera sobre la bandeja de plata—. Los señores del oeste esperaban a una joven frágil a la que manipular para renegociar los peajes. Se han encontrado con una presencia que no pueden acorralar.
—Ese es precisamente el detalle que me preocupa, Brandon —respondí, caminando hacia la chimenea sin probar el vino de la copa que descansaba sobre la repisa—. Su prudencia no proviene de una instrucción militar ni del orgullo de su linaje. Es un desapego absoluto. No le teme a las amenazas de Vane porque da la impresión de que nada de lo que ocurra en este palacio puede alterar su centro. Y no se puede controlar a alguien a quien no le importa lo que pueda perder.
—¿Considera que representa un riesgo para la corona?
—Considero que representa una grieta en mi capacidad de observación —corregí, apretando los puños a la espalda—. Sé cuántos batallones tiene el Sur, sé cuánto trigo almacenan sus graneros y conozco las deudas de su rey. Pero no sé qué piensa la mujer que duerme en el ala este de mi castillo. No puedo prever sus reacciones porque no se rige por la vanidad, la ambición o el miedo, que son las palancas habituales para dirigir a la nobleza.
Me giré hacia el ventanal. La bruma nocturna comenzaba a cubrir los patios inferiores, ocultando las escaleras de acceso a la torre oeste.
—Recuerden mis órdenes para esta noche —añadí, bajando la voz hasta convertirla en una instrucción privada—. A las diez en punto, las antorchas del pasillo principal del ala este deben ser retiradas. El guardia de la puerta se replegará a la galería inferior.
—Señor… sigo pensando que dejar esa zona sin vigilancia fija es una imprudencia.
—No quedará sin vigilancia —sentencié, fijando mis ojos en el reflejo del cristal—. Yo mismo me ocuparé de la ronda. Si la princesa necesita la penumbra para llevar a cabo sus verdaderos planes, se la concederé. Pero seré el único en ver lo que intenta ocultar.
Cuando Brandon se retiró, me desabroché las correas pesadas del uniforme de gala y vestí una túnica de lana oscura, ligera y silenciosa, adecuada para desplazarme por las galerías del castillo sin llamar la atención. Ajusté la daga militar a mi costado y esperé a que el gran reloj del vestíbulo diera las diez campanadas.
El castillo de Skardor se sumió gradualmente en ese adormecimiento nocturno en el que las piedras parecen crujir bajo la presión del frío exterior. Avancé por los pasillos de servicio utilizando los atajos de la guardia, pisando con la parte delantera de las botas sobre las uniones de las losas para no producir el menor chasquido.
Al llegar al ala este, la oscuridad era completa, tal como Elena había solicitado. El pasillo era un túnel de sombras interrumpido solo por la débil luz de la luna que se filtraba a través de los ventanales altos. Me apoyé en el hueco de un arco en ruinas, oculto por el grosor del muro de piedra.
No tuve que esperar mucho.
A las diez y catorce minutos, la pesada puerta de roble de los aposentos de la princesa se abrió sin un solo chirrido. Una silueta envuelta en una capa oscura se deslicó hacia el pasillo con una agilidad sorprendente, moviéndose no con la cautela torpe de quien teme ser descubierto, sino con la fluidez de una sombra que conoce exactamente el terreno que pisa.
Elena no miró hacia atrás. Avanzó por el pasillo a oscuras con una precisión sobrehumana, esquivando los desniveles del suelo de piedra sin dudar un solo instante. Su destino no era la salida del castillo ni los aposentos de ningún diplomático del Sur. Se dirigía directamente hacia el pasadizo exterior que conectaba con la torre oeste.
Sentí una sacudida eléctrica en la base del cuello. Un impulso frío y posesivo me empujó a seguirla a través de las sombras, manteniendo una distancia prudente, midiendo cada uno de sus movimientos mientras la oscuridad del castillo nos envolvía a los dos.