Compás de Hielo y Seda

Elena

El aire dentro de la torre oeste era de una densidad distinta a la del resto del castillo. Olía a madera de pino antigua, a polvo acumulado durante décadas y al frío limpio que se colaba por las rendijas de las altas ventanas góticas. Cuando la pesada puerta de roble se cerró tras de mí con un chasquido sordo, dejé escapar un largo suspiro que se convirtió en una pequeña nube de vapor frente a mis labios.

Me deshice de la pesada capa que me había servido para cruzar los pasillos a oscuras. Debajo llevaba únicamente mi ropa de ensayo: una túnica ajustada de algodón gris y mis zapatillas de raso rosa, cuyas cintas ya estaban fuertemente sujetas alrededor de mis tobillos y gemelos.

El salón circular era amplio, despejado de muebles, con un suelo de tablas de pino que la luz de la luna llena teñía de un azul helado. No necesitaba música de laúdes ni el compás de los violines que solían acompañar las fiestas del Sur. El ritmo estaba en mi mente, marcado por la cadencia constante de mi respiración y por el latido firme de mi corazón.

Me coloqué en el centro de la sala, sobre la franja donde la luz lunar era más intensa. Deslicé los pies sobre la madera hasta fijar la primera posición: talones unidos, puntas abiertas hacia fuera en una línea recta.

Cerré los ojos un segundo, expulsando de mi mente la imagen de los señores feudales, el rostro enojado del duque de Vane y la mirada omnipresente de Axel. Aquí, en esta torre olvidada, el mundo volvía a tener el tamaño de mi propio cuerpo.

Comencé con un adagio lento. Deslicé el pie derecho hacia delante en un tendu limpio, rozando la madera con la punta de la zapatilla hasta extender la pierna por completo. Elevé los brazos en una curva suave frente al pecho, buscando esa alineación perfecta donde cada músculo trabaja para crear la ilusión de una fragilidad sin esfuerzo.

Développé.

Flexioné la rodilla y eleve la pierna derecha por el costado hasta desplegarla en el aire, sosteniéndola a la altura del hombro mientras mantenía todo el peso de mi cuerpo sobre la pierna izquierda. Sentí el temblor sutil de la fibra muscular resistiendo la gravedad, el calor intenso que comenzaba a extenderse por mi espalda, disolviendo la rigidez que las horas de protocolo me habían dejado.

Pasé a una serie de pirouettes. Tomé impulso con una flexión profunda de rodillas y giré sobre la punta del pie izquierdo. Uno, dos, tres giros veloces sobre el eje de mi columna, viendo pasar ante mí el patrón de los ventanales, las vigas del techo y las sombras de las paredes en un torbellino azulado, antes de detener el movimiento en seco en una cuarta posición impecable, sin un solo balanceo en los tobillos.

Me detuve un instante para recuperar el aire, sintiendo las gotas de sudor frío en la nuca. El pecho me subía y bajaba con rapidez, pero la sensación de libertad que recorría mis venas era un bálsamo. En este espacio no era la moneda de cambio de dos reinos ni la esposa decorativa de un príncipe sin emociones. Era dueña de cada milímetro de mi piel, de cada tensión y de cada descanso.

Inicié la secuencia final: una diagonal de grands jetés. Di dos pasos cortos para tomar velocidad y me lancé al aire en un salto amplio, extendiendo las piernas en una línea horizontal perfecta en medio de la luz de la luna, como si pudiera quedarme suspendida en el vacío antes de tocar de nuevo el suelo.

Aterricé con la suavidad de una pluma, absorbiendo el impacto con la flexión de las rodillas, y me dejé llevar por la inercia hasta quedar con una rodilla inclinada sobre la madera y los brazos desplegados hacia los lados en una postura de reverencia hacia la nada.

Fue en ese preciso instante, mientras el eco de mi aterrizaje se extinguía en el silencio de la torre, cuando escuché el sonido.

Un chasquido seco. El roce de una suela de cuero contra la piedra suelta del primer peldaño de la escalera de acceso.

Me congelé en el sitio. La respiración se me atascó en la garganta y mis ojos se abrieron de golpe, fijándose en la sombra densa que se recortaba en la penumbra del arco de entrada.




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