Lágrimas de sangre, en su despacho, derramaba el codicioso autor mientras escribía, solo iluminado por la tenue luz de una vela moribunda sobre la mesa, mientras que en su mente aquel sujeto se preguntaba, se cuestionaba: ¿valía la pena sacrificar la cordura de sus lectores? ¿No era el objetivo del horror causar justamente eso, horror? ¿Por qué debía de tener este dilema? ¿Qué había de incorrecto en saber y querer plasmar el peor de los horrores?